16 de September de 2009 00:00

El Neruda que conocí

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Patricio Quevedo Terán

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A propósito de las noticias sobre el nombramiento de nueve embajadores nuestros en países europeos, fue imposible no recordar de inmediato esa pequeña joya bibliográfica que hace bien poco publicara el doctor Enrique Sierra Castro, con el título de ‘El Neruda que conocí’.

El impreso no llega siquiera a sesenta páginas de pequeño formato; es pues, una miniatura testimonial, pero descubre con fuerza una faceta desconocidísima de su autor y hasta coincide con el ominoso mes de septiembre que no es solo el del ataque terrorista a las Torres Gemelas de Nueva York, sino también el de la caída de Salvador Allende desde la Presidencia de Chile.

La verdad es que a Sierra Castro, afincado en Ecuador desde hace un cuarto de siglo, se le había visto como un acreditado académico respecto de asuntos de planificación económica, finanzas, deuda externa y más vericuetos parecidos.

Pero de pronto el folleto ofrece la versión de un observador perspicaz, acerca del desempeño del formidable Pablo Neruda, poeta y flamante Premio Nobel de Literatura entonces, enfrascado en el huracán y las borrascas, como embajador del discutido gobierno allendista en París, nada menos con todo lo que eso significa en el universo de la cultura… y también de la política y las finanzas internacionales: “Eso de ser Embajador era algo nuevo y extraño para mí, pero entrañaba también un desafío”, no lo había ocultado el propio poeta.

Y de súbito tuvo que afrontar cuestiones que le eran ajenas a sus labores habituales de creación literaria; Sierra Castro resume la madeja en estos puntos muy concatenados entre sí, hasta formar un verdadero nudo gordiano que debía cortarse rápidamente: la nacionalización plena del cobre y otros minerales de exportación; el embargo de las remesas respectivas; el traslado de las reservas desde Estados Unidos hasta Francia; la renegociación de la deuda externa y el manejo de cuentas bancarias del Estado chileno en los bancos europeos donde acababan de abrirse.

Luego viene el relato de las febriles gestiones que se ejecutaron en cada uno de los rubros y la alusión a reveladoras sensaciones del Embajador-poeta. Pero nada es tan importante y aleccionador como el contexto que emerge de un escenario supremamente conflictivo.

En efecto, la atmósfera es antes que nada de extrema dignidad y de un prestigio que jugó muy positivamente para beneficio de su país. Hay también las alusiones a la inteligente y alerta asesoría y por supuesto al colosal trabajo y su rectitud esencial.

Al principio del folleto con gran austeridad verbal se lee la referencia a los iniciales contactos con Neruda y el drama cierra unos pocos días después del golpe de Estado, con la muerte y el entierro del propio personaje.

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