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El ciudadano venezolano labora en el campo y en la construcción

Eduar Rodríguez y su primo recogían escombros en El Juncal, Imbabura, el jueves 29 de agosto del 2019. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Eduar Rodríguez y su primo recogían escombros en El Juncal, Imbabura, el jueves 29 de agosto del 2019. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Elirber Barreto (20 años) cosechaba arvejas el pasado jueves 29 de agosto del 2019 en Cuaspud, Carchi. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Una tienda de víveres, en la esquina de las calles Juan Montalvo y Cuenca, del sector Julio Andrade, en Carchi, es el punto de encuentro. Desde las 06:30 comienza a concentrarse un grupo de ciudadanos venezolanos, con la esperanza que le lleven al campo a trabajar.

El pasado jueves 29 de agosto del 2019 eran unos 20 hombres, en jeans y botas de caucho, vestidos con chompas y ponchos. Todos estaban preparados con sus palas para ir a los cultivos de papa. Pocos corrían con suerte.

Elirber Barreto
, de 20 años, esperaba su momento desde el pasado lunes 26 de agosto. Llegó hace 15 días al Ecuador junto con su esposa y sus cuatro hijos, provenientes del estado Lara, en el occidente venezolano. Gran parte del trayecto lo hicieron caminando.

En su tierra era panadero. El salario que ganaba si acaso le alcanzaba para comprar harina, arroz y una cubeta de huevos. Para poder subsistir, en sus días libres era barbero.

El jueves 29, frente a la tienda, fue de los pocos que lo logró. Pero, contrario a lo que pensaba, su primer día de jornalero fue cosechando arvejas. Al llegar al terreno le explicaron que debía sacar las vainas más amarillas y de cáscara rugosa.

USD 11 es, en promedio, el pago por una jornada en el campo. Pero en tiempos de cosecha de la papa se paga por quintal USD 1 por cada uno, con lo que la ganancia por día puede aumentar.

Eduar Rodríguez y su primo recogían escombros en El Juncal, Imbabura, el jueves 29 de agosto del 2019. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

El gobernador del Carchi, Edin Moreno, señala que solo una minoría de los ciudadanos venezolanos que ingresan al país se queda en la provincia, pero muchos de ellos sin tener papeles en regla. Considera que esta migración ha impactado en algunos sectores con desplazamiento de personal.

Este hecho, añade el funcionario, va unido a la explotación laboral, porque en muchos casos se los contrata por un salario menor al real.

Gustavo Terán, decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Politécnica Estatal del Carchi, explica que la migración venezolana ha generado una percepción de inseguridad, pero también evidencias claras de xenofobia, producto del desplazamiento laboral. La universidad participa en el Observatorio Binacional de Frontera, junto a entidades públicas y privadas.

Para brindar apoyo a la población migrante, en condiciones vulnerables, el Patronato Municipal de Tulcán, en coordinación con la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), habilitó recientemente la Casa del Caminante, un albergue con 80 camas de capacidad, que brinda hospedaje y alimentación por tres días, señaló el vicealcalde, Guillermo Cadena.

Organismos internacionales, como la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) y la Organización Hebrea para Ayuda a Inmigrantes y Refugiados (HIAS) también brindan apoyo en temas como la adquisición de alimentos.

Rolando Avis, 45 años, vende bebidas energizantes en el tráfico de Ibarra, Imbabura. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Otros venezolanos continúan su paso hasta Imbabura. En la comunidad de El Juncal, ubicada en el Valle del Chota, uno de los oficios que practican es la albañilería.

Héctor Rodríguez llegó hace seis meses desde la ciudad costera de Carúpano, en el oriente venezolano. “Vine a trabajar, porque allá no se consigue nada. Soy panadero y sé de construcción”, contaba el jueves 29 de agosto en plena faena. Ese día se lo contrató para pegar cerámicas en una vivienda en El Juncal. Recibe USD 12 por la jornada. Su esposa y sus dos hijos, de dos años y siete meses, llegaron hace pocos días.

Otra familia que salió huyendo de Venezuela es la de Eduar Rodríguez, Agnedis García y su hija de 4 años. “Allá el sueldo no alcanza para nada. Solo comíamos arroz, lenteja, yuca y sardina. Nada de carne”, cuenta Agnedis.

A Ecuador llegaron el pasado 9 de julio. Solo Eduar ha conseguido trabajos por día, como en el campo y, en ocasiones, recogiendo escombros.
“Nuestros planes son sacar la visa y tratar de tener un trabajo estable. Queremos quedarnos hasta que Venezuela se acomode”, dice Eduar. Viven en una modesta casa, junto a otros familiares.

En Ibarra es común encontrar venezolanos vendiendo diversos productos entre el tráfico. Rolando Avis, quien llegó hace unos 120 días, fue camionero durante 28 años, pero tras cuatro meses sin empleo decidió emigrar. Es padre de cuatro hijos. Ahora vende bebidas energizantes en la calle. “No consigo otro trabajo porque no tengo la visa. No me ha ido tan mal. Pero es fuerte, he aguantado humillaciones. Tristemente, por uno pagamos todos”, cuenta con lágrimas en los ojos. Hace pocos días llegaron su esposa y sus hijos.

Andrea Scacco, alcaldesa de Ibarra, recalca que la venta ambulante está prohibida en la ciudad. “Esta urbe los acoge, pero deben cumplir las reglas”. Indicó que recientemente se formalizó a un grupo de 250 comerciantes, que en su mayoría eran extranjeros.

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