4 de September de 2009 00:00

Una necedad dañina

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Abelardo Pachano

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El requisito fundamental para que una política económica tenga éxito es partir de una evaluación certera de las causas que generan la crisis y de los efectos que trae consigo. Si el diagnóstico está errado, las medicinas propuestas no conseguirán abatir el problema. Pueden incluso ocasionar daños mayores con efectos colaterales.

Intentar en un momento de recesión imponer más cargas tributarias y sostener además que ellas promueven crecimiento es desconocer los principios elementales sobre el funcionamiento de la economía.

Los tributos por definición básica extraen recursos de las actividades productivas y su utilidad social, así como el beneficio futuro dependen de la forma como el Gobierno los utilice.

Si sirven para cubrir el gasto corriente del aparato público, el daño al potencial de crecimiento es inequívoco. Si se los usa para inversión pública de baja rentabilidad, el resultado es parecido. Solo se justifica cuando la conducta pública es y ha sido consistente con los incentivos que exige una sociedad moderna de mantenerse en un plano que le permita ser competitiva y ofrezca oportunidades a todos sus miembros.

Por eso, hace algunos años ganaron el Premio Nobel de Economía los profesores Kydland y Prescott que sostienen el principio de que los países que mantienen reglas claras, definidas, estables, simples en sus políticas económicas, obtienen mejores resultados. Para poner en términos simples son más aplicados en el cumplimiento de sus obligaciones con la colectividad, que aquellos que prefieren establecer amplios campos de discrecionalidad de los funcionarios en las decisiones públicas.

De ahí que ahora el Gobierno reconozca que a pesar de haber creado un impuesto a la salida de capitales para sostenerlos dentro del país y con ello conseguir que se los utilice en la generación de proyectos, estos no solo que no se quedaron sino que han continuado esa ruta de búsqueda de seguridad con un flujo incrementado, lo cual, según la peculiar forma de ver el problema por parte del Gobierno le lleva a duplicarlo para ver si ahora logra detener esta conducta. Lo cierto es que mientras no exista la confianza que brinda una política de reglas claras, definidas y estables, el impuesto seguirá subiendo y el problema continuará su vigencia.

Incluso la prohibición total a la salida de capitales en una sociedad dolarizada no contiene al incentivo perverso creado por la desconfianza o la falta de oportunidades. Esto que ahora reconoce el Gobierno constituye una declaración de parte que se lo advirtió con la oportunidad debida.

Pero la insistencia a pesar de reconocer el daño hecho no tiene ya explicación alguna que no sea la de una necedad que va a profundizar la pérdida de capitales nacionales.

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