25 de diciembre de 2019 00:05

La Navidad contagió a cuatro hospitales con villancicos, regalos y risas

Voluntarios y personal médico prepararon programas especiales en cuatro hospitales de Guayaquil y Quito. La solidaridad en la Navidad se sumó a los tratamientos. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Voluntarios y personal médico prepararon programas especiales en cuatro hospitales de Guayaquil y Quito. La solidaridad en la Navidad se sumó a los tratamientos. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Elena Paucar y
Valeria Heredia (I)

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La dulce melodía navideña alivió por unos minutos la tensión de una ajetreada sala de espera, por donde suelen pasar más de 500 pacientes a diario. En un escenario improvisado en el área de Consulta Externa, el coro del Hospital Francisco de Icaza Bustamante entonó su nuevo repertorio.

Son 16 cantores y cada uno ha sacrificado parte de su tiempo para los ensayos. Las voces agudas y graves de enfermeras, médicos y personal administrativo se fusionan en esta iniciativa que cada diciembre inyecta dosis de alegría en este pediátrico guayaquileño.

“Nuestra motivación es ver las sonrisas de esperanza en padres y niños. Cada cántico nos acerca, nos llena de energía”, asegura Nelson González, director del grupo y también colaborador del área de Talento Humano.

La música, las decoraciones y los regalos de Navidad calientan el ambiente en cuatro hospitales de Guayaquil y Quito. Los programas, preparados por voluntarios y personal médico, se incorporan a los tratamientos como una fórmula para calmar la angustia generada por la enfermedad.

Mateo, de 5 años, fue el viernes a una consulta, previo a una cirugía. En el área de Gastroenterología se encontró con un brillante árbol y paredes adornadas de verde y rojo. “Vino decaído, pero al ver esto se alegró -dijo Elisa Costábalos, su mamá-. Hasta en los padres el estrés se diluye”.

Títeres, teatro y música hubo en Navidad en el Hospital Baca Ortiz, en Quito, que cuenta con 365 camas. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Títeres, teatro y música hubo en Navidad en el Hospital Baca Ortiz, en Quito, que cuenta con 365 camas. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

La sicóloga Paola Córdova, quien también es parte del coro del Francisco de Icaza, explica que se enfocan en bajar los niveles de ansiedad y tratan de recrear el ambiente de los hogares, para que los pacientes no se sientan tan lejos de casa.

“En el día nos ven con batas blancas. Pero luego, al ponernos un disfraz de duendecillos o las togas del coro, la percepción cambia. Eso genera felicidad y, en ocasiones, hasta el dolor físico se puede atenuar”.

Los villancicos también contagiaron a Jefferson, un jovencito de 15 años que se recupera tras un trasplante de riñón en el Hospital Baca Ortiz de Quito. El viernes intentó seguir los pasos de Papá Noel, que bailaba sobre un escenario.

El pediátrico adecuó un espacio para que los niños, niñas y adolescentes que reciben tratamiento pudieran disfrutar de un evento planificado por distintas áreas. El hospital cuenta con 365 camas y una ocupación que alcanza el 100% en Navidad y fin de año, explica el gerente Ivar González.

La semana pasada, los profesionales que laboran en centro de diálisis prepararon el espectáculo musical y artístico al que asistió Jefferson. Títeres, teatro y música fueron parte de la agenda que también disfrutó Cristian, de 10 años.

El coro de Navidad del Hospital Francisco de Icaza de Guayaquil ha recorrido varias áreas médicas con su repertorio. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

El coro de Navidad del Hospital Francisco de Icaza de Guayaquil ha recorrido varias áreas médicas con su repertorio. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

El pequeño, oriundo de El Carmen, recibe el tratamiento cada semana. Su padre, Fabricio Bermúdez, aseguró que el festejo lo ayudó a relajarse durante la sesión de ese día.

En otro hospital de la capital también prepararon sorpresas. El área pediátrica de Solca, núcleo Quito, está adornada con un nacimiento y un árbol de Navidad. Este ha sido el punto de encuentro para las novenas y el pase del Niño.

El personal, junto con grupos de voluntarias, organiza también un agasajo para los 27 menores hospitalizados. Para la enfermera Janeth Quelal, la Navidad es una época muy emotiva en Solca, porque los pequeños reciben la visita de expacientes que comparten experiencias de cómo superaron el cáncer. “Es una forma de agradecer y brindar soporte”.

Las risas son una buena medicina. Y las dosis que aconseja la doctora Raqueta Coqueta son más elevadas en esta época de año. Con su mandil y una nariz roja, característica de los payasos hospitalarios, la presidenta de la Fundación Narices Rojas Ecuador, Raquel Rodríguez, festejó la ‘Naridad’ en el Hospital General Los Ceibos, del IESS en Guayaquil.

El viernes prescribió abrazos a los familiares de los pacientes ingresados en la Unidad de Cuidados Intensivos. El tenso ambiente, invadido por graves pronósticos, cambió repentinamente cuando su equipo de payasos hospitalarios entonó su propia versión del tradicional Burrito sabanero.

“No pensamos en la época del año, solo vamos al corazón de las personas y trabajamos para que el impacto emocional sea positivo. Entre abrazos, risas, confusiones, vemos qué está pasando. Entonces el entorno cambia, sienten alivio, baja el estrés y disminuyen esas hormonas nocivas que enferman”, explica Rodríguez.

Mientras los ‘clown’ daban su terapia muy cerca de UCI, Papá Noel y un grupo de superhéroes visitaron las salas de pediatría. A su paso, Sebastián olvidó la herida en su oreja derecha; y el brazo fracturado de Jared no le impidió abrir la caja de su nuevo juguete.

Papá Noel es en realidad Fernando Delgado, quien ha heredado de su padre la misión de repartir alegría en Navidad. “Con él visitábamos las comunas lejanas de Santa Elena. Luego vimos que en los hospitales de Guayaquil los niños necesitan una palabra de aliento, un incentivo, una visita”.

Este año, junto a familia y amigos, recorrió tres hospitales guayaquileños. Su entrada a cada habitación en Los Ceibos arrancó sonrisas y gritos de emoción en unos 60 niños.

“Estas visitas ayudan a la recuperación de los niños, pero más se recupera nuestro corazón. Lo que sentimos al verlos reír unos minutos, en medio de ese grave momento que están pasando, es algo sumamente valioso”, dijo el voluntario.

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