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Los migrantes con papeles buscan trabajo

En la Plaza Elíptica, en Madrid-España. En la esquina de esta área se concentran decenas de inmigrantes en busca de un jornal.

En la Plaza Elíptica, en Madrid-España. En la esquina de esta área se concentran decenas de inmigrantes en busca de un jornal.

Desde hace más de cinco años, la glorieta de la Plaza Elíptica, al sur de Madrid, es un símbolo del trabajo precario. Allí se dan cita, cada día, al menos medio centenar de personas en busca de un puesto en la construcción.

La diferencia es que desde hace dos años, no acuden únicamente indocumentados sino personas con los papeles en regla e incluso españoles. Para ellos: desempleados, parados o ya con la prestación agotada, es su única vía de llevar ingresos a casa. No hay contratos ni altas en la seguridad social. Tan solo una oferta de trabajo informal que les llevará a una obra en Arturo Soria o en Colmenar Viejo (localidad al norte de Madrid) -nunca se sabe- por 30 ó 50 euros la jornada de ocho horas.

Al latacungueño José Gaibor se le agotó la prestación de desempleo y no ha encontrado un trabajo estable desde entonces. Recorre Atocha, Legazpi y últimamente la Plaza Elíptica en busca de un puesto de albañil. “Antes buscaba trabajo en las empresas, fueron meses de no encontrar nada, así que opté por venir a estos sitios”, dice este compatriota de 46 años, llegado a España hace nueve.

Tres veces por semana llega a esta glorieta religiosamente a las 7 de la mañana. Cuando hay suerte le pagan 50 euros la jornada, cuando no, le han llegado a ofrecer 20. “Un trabajo así no se puede coger, es un abuso”, lamenta.

Y eso cuando pagan. En más de una ocasión alguno de sus compañeros ha sido engañado. “Les dicen que les van a pagar al día siguiente y nunca ven el dinero”.

Por eso, el boliviano Edmundo Fuentes, de 43 años, exclama: “Yo, día trabajado, día pagado”. La experiencia le hace obrar así. Desde que llegó a España, hace cinco años, su oficina de empleo es la Plaza Elíptica. Él no cobra menos de seis euros la hora, aunque sabe de amigos que exigen diez. “Les pagan eso porque tienen papeles. Los que no tenemos llevamos lo peor”. Aún así, Fuentes no se lamenta. Ha podido vivir durante estos años gracias a que hay un espacio para él en esta plaza del sur de Madrid. “Yo estoy preparado para todo, si me dicen que me llevan a otra ciudad a trabajar, me voy”. En los mejores meses gana 900 euros, en los peores 500. Con su esposa -empleada de hogar- logra sumar entre 1 800 y 1 500 euros al mes, 300 envían a sus hijos en Bolivia. La mayor, de 24 años, está a punto de terminar Medicina. “Por los hijos uno hace cualquier esfuerzo”, señala.

Quienes “llevan” a los obreros son los capataces o ‘pistoleros’. Acuden en furgonetas a captar mano de obra barata. Piden de acuerdo a las necesidades “Dos pintores, un aparejador’”. Se acercan los interesados, los que cumplen el perfil, los que llegan primero. Los ‘pistoleros’ ‘desaparecen’ fugazmente, tratan de ser lo menos visibles posible. Como si supieran que algo hacen mal. Los reclutadores son de todas partes.

“Hay muchos compatriotas que se han hecho autónomos y que han contratado con una empresa grande. Nos buscan para abaratar costos, a ellos les pagan muy bien, en cambio a nosotros nos pagan fatal. No es justo, es una estafa”, se queja Segundo Arangui, un chimboracense de 54 años.

La crisis le ha empujado a este lugar. Tiene papeles, pero se le acaba la prestación de desempleo este mes. Los dos hijos que vivían con él ya regresaron a Ecuador porque no encontraban trabajo. Uno por su cuenta y otro a través del programa de retorno español. A cambio del paro acumulado, perdió su documentación. “Yo me quedé por no perder los papeles. Pero ahora, viendo que no he conseguido nada en tanto tiempo, me pregunto ¿por qué no me fui?”. Los 700 euros de prestación se desvanecen en los gastos básicos. Alquiler, abono de transporte, supermercado y un poco de dinero para Ecuador. Sin el paro, hallar un trabajo es urgente.

Empiezan a llegar desde la 06:00. La mayoría se queda hasta las 10:00. Los afortunados que “enganchan” son pocos. “Unos 15 logran un trabajo”, dice Fuentes.

Mientras esperan se unen por nacionalidades, hay grupos de ecuatorianos, bolivianos o peruanos y también alguno que engloba a todos. Los rumanos, marroquíes y africanos también se unen por afinidad e idioma.

Para los más antiguos conseguir una ‘chapuza’ es más fácil que para los nuevos. Fuentes se ha hecho de un nombre. Los capataces ya le conocen, con ellos acuerda trabajos el día anterior o incluso antes. Las obras pueden durar un día, una semana o 10 días.

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