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El cólera se agudiza en las afueras de Puerto Príncipe

Una mujer con cólera yace bajo la tienda de campaña. Recibe suero intravenoso y las enfermeras se aseguran de que tome agua de tanto en tanto. Pero todos los esfuerzos para rehidratarla son en vano: se desmaya y tras 20 minutos de masaje cardíaco los médicos la declaran muerta.

“Van cuatro muertos hoy. Era joven: 30 años. Hay algo que está mal en este servicio de urgencias. Tenemos que hacer algo”, dijo el médico estadounidense que se ocupó de ella, miembro de la ONG Partners in Health.

El Hospital Therese está en Hinche, una ciudad del centro de Haití bañada por el río Artibonito en la que fueron detectados a mediados de octubre los primeros casos de lo que luego se convertiría en una epidemia.

La tienda es una de las grandes carpas azules o caquis instaladas frente al pequeño hospital para tratamiento del cólera.

Dos hombres trasladan un ataúd, las gallinas corretean bajo las camillas y luego entre la chatarra de un auto ubicado entre dos tiendas. Las enfermeras con túnicas azules se afanan en ocuparse de todos los pacientes. Los cuatro cadáveres fueron colocados sobre el pasto, a pocos metros de una pila de desechos en llamas.

Desde el inicio de la epidemia, las muertes por cólera registradas en este hospital se elevan a 22. “Evoluciona de forma negativa”, se inquieta el doctor Prince-Pierre Sonçon, director del centro de salud. “Al principio de la epidemia teníamos cuatro casos por día, luego 15, luego 35. Esta mañana vamos en 60”, dijo.

Sin Internet, el hospital enfrenta dificultades a la hora de transmitir los balances a las autoridades de Puerto Príncipe. No obstante, el sábado un grupo de médicos y epidemiólogos franceses y haitianos fue a buscar los datos. “Necesitamos más cloro, suero hidratante, dispositivos gota a gota, antibióticos. Tenemos reservas, pero la demanda es tan grande que no va a alcanzar”, prosigue Sonçon, un médico haitiano.

Marie-Lourde Denis, de 37 años, fue hospitalizada el miércoles. “Tuve cansancio y mareos después de lavar la ropa”, en el vecino río Guayamouco, explica. Se mejoró y dentro de poco le darán el alta. “Me lavé la cara con agua del río. Creo que esa fue la causa”, comenta. “Tres días después, tuve diarreas, vómitos y dolores muy fuertes de barriga”.

En Hinche, los cascos azules nepaleses, acusados por parte de la población de haber ingresado el cólera en Haití, de donde había sido erradicado casi 100 años atrás, fueron blanco de pedradas el lunes pasado, durante una protesta de unos 400 manifestantes que dejó seis heridos entre los soldados de la Misión de la ONU para la Estabilización de Haití.

Desde entonces la situación se calmó. “Igual limito mis salidas todo lo posible”, explica Antonin Danalet, un joven suizo profesor de matemáticas de la universidad local. “La gente me trata de forastero, me ve como alguien que puede traerles el cólera”.

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