26 de September de 2011 00:01

Chile, un país moderno pero con inequidades

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En el twitter de la revista argentina de humor, Barcelona, se lee “ahora dicen que si la chatarra espacial cae sobre Chile, se confirmaría que (Sebastián) Piñera es mufa (mala suerte) y que los chilenos están meados por la NASA”.

El rumor, desmentido por las autoridades espaciales, de la presunta caída de chatarra espacial hubiera sido ya el colmo de un país que ha vivido en sus últimos años tragedias que han afectado su ánimo: el terremoto, el rescate de los mineros y el accidente de aviación en que murió el presentador de TV, Felipe Camiroaga.

En todos ellos, Chile se mostró como un país paradójico. Es un país moderno, pero que no deja de mostrar sus debilidades. Ha sido calificado como un país referente de desarrollo, pero también mostró negligencia e improvisación. Cuando se trata de analizar el sistema económico que ha hecho de Chile un país referente, el economista Marco Kremerman, de la Fundación Sol, prefiere llamarlo “esquizofrénico”.

“Los indicadores macro dicen que el país está sano, con inflación controlada, deuda bastante baja, Banco Central autónomo, un PIB per cápita de USD 14 000, pero detrás de la fachada se esconde un crecimiento con endeudamiento de las familias. Una familia está endeudada 7,5 meses de su salario”, añade Kremerman.

Con un crecimiento de 4%, Chile es a su vez parte de los 15 países más desiguales del mundo. Según cálculos del FMI, en cinco años alcanzará un ingreso per cápita de USD 20 000. Sin embargo, la Encuesta de Caracterización Socioeconómica Nacional revela que hay 2 508 880 pobres, de una población de 15 116 435 habitantes. De ellos 500 000 trabajan, y de estos el 75% son asalariados. Las familias del 20% con menores ingresos, gasta cerca del 40% más de lo que reciben como salario mínimo (USD 388).

Que los ricos de Chile ganen 46 veces más que los pobres es la paradoja que revela la urbanística de Santiago, una ciudad que combina lo moderno pero también pueblerina en los barrios que no pertenecen al circuito ‘alto’.

El metro de Santiago, por ejemplo, es un lujo y un orgullo de los capitalinos. Está en constante crecimiento, pero el resto del sistema del Transantiago es un verdadero caos, ineficiente, insuficiente e inseguro. “No te sientes en las últimas filas de las micros –advierten- porque vienen los ‘flaites’ (jóvenes ladrones) y te roban todo”.

Barrios como Las Condes, Vitacura, Santa María, Providencia, son verdes por los árboles y todo parece bien cuidado. Son las comunas autónomas: los ingresos de sus habitantes son altos y por lo tanto lo impositivo permite al alcalde lucirlas elegantes, prolijas.

No ocurre lo mismo en los sectores de ingresos medios, como La Florida, Pajaritos, y menos en las barriadas pobres como Pudahuel o La Granja. El pasto de las veredas, si las hubiere, crece irregular, no hay árboles o muy pocos, las calles son un tanto sucias comparadas al resto de una ciudad limpia.

Charlando con los chilenos no es tan difícil comprobar el malestar con el ‘sistema’, la palabra que más utilizan para explicar su modus vivendi. En un colectivo una charla entre Pedro y Ximena revelaba esa inconformidad perceptible, pero difícilmente alterable. Pedro insistía en que “el sistema nos vuelve egoístas y no nos preocupa lo que le pasa al de al lado”.

Y eso permitió que el sistema político de la democracia se mantenga en el mismo estado de cosas como le dejó la dictadura de Augusto Pinochet. Por eso, las masivas manifestaciones estudiantiles de los últimos meses han llamado la atención a propios y extraños.

“Eran jóvenes que no les importaba nada. Yo no creía nada en ellos. Son los que se negaban a inscribirse para votar, para ver si se podía cambiar algo. Ahora, de pronto, ellos son los que están haciendo tambalear el sistema y no me asombraría que después de la educación vayan a por la salud”, dice la profesora Astrid Miranda.

Tambalear el sistema es algo difícil de creer en lo inmediato. Ello dependería si la crisis escala “a tal magnitud que genere ingobernabilidad”, según Mario Garcés, de la Universidad de Santiago. El sociólogo Felipe Portales ve con bastante escepticismo esta posibilidad: “los cambios en Chile cuestan mucho porque la gente es conservadora. Tienen un apego al orden muy fuerte, más que en otros países latinoamericanos”.

Factores en la crisis


Son dos los puntales de la crisis chilena en los que más hincapié hacen los analistas, para poder conformar salidas a las exigencias estudiantiles por el fin al lucro y una educación de calidad garantizada por el Estado: una reforma a la Constitución o una Asamblea Constituyente.


"No estoy ni ahí" es una de esas frases chilenas que expresan la indiferencia del chileno por su paisano. Un aspecto que obstaculiza el cambio, y que se suma en esa vía al apego al orden del chileno común.


Las diferencias sociales se expresan en la conformación urbana de la capital, Santiago, donde la desigualdad es evidente entre los barrios altos y las comunas pobres.

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