18 de September de 2009 00:00

Muerte lenta

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Pablo Ortiz García

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Los viejos, cambio de palabra para decirlo en términos más convencionales y diplomáticos, las personas con un prolongado trajinar por la vida, son un grupo de personas a  respetar. No pueden quedar para irse a su casa a ‘disfrutar’ de la ridícula pensión de jubilación que graciosamente concede el Instituto Ecuatoriano de in-Seguridad Social. Los mayorcitos son otro de los grupos ‘beneficiarios’ de los efectos de la revolución ciudadana. ¡La jubilación ya es de todos! Gracias, señor Presidente.

Explico. La Constitución de Montecristi, esa obra maestra, ordena en su Disposición Transitoria Primera que la Asamblea debe aprobar hasta octubre venidero “la ley que regule el servicio público”. El Presidente, cumplidor de las tareas a él encomendadas, envió al arquitecto Cordero el proyecto de ley en la que se dispone que todos los funcionarios y empleados de 65 años de edad o más, que presten sus servicios en las instituciones públicas y en las compañías mercantiles privadas en las que el Estado posea el 50% o más del capital, no pueden ascender. Es decir, es un demérito tener la experiencia y sabiduría ganada por el transcurso del tiempo. Ser viejo para la revolución ciudadana es no contar con la capacidad para alcanzar nuevos puestos en el lugar de trabajo. No dejar que asciendan y mejoren su remuneración afecta al monto de la pensión jubilar, ya que un factor de cálculo para su determinación son sus últimos sueldos.

El proyecto de ley remitido también prevé que todo funcionario de institución pública y de empresas privadas con capital de Estado, al cumplir 70 años de edad debe jubilarse. Cuando esto ocurre, además de su pensión jubilar, se les reconocerá un número de salarios mínimos básicos unificados de los trabajadores privados. Los viejitos que todavía pueden aportar a la sociedad con sus conocimientos deben retirarse a sus hogares. Y aquellos que necesitan trabajar porque no tienen los suficientes ingresos para mantenerse deberán esperar la visita de la muerte, con el estómago vacío y sufriendo el abandono del Estado. La jubilación debe ser optativa, no obligatoria.

La vida moderna ha hecho que los mayorcitos tengan otra visión del futuro y de sus aspiraciones. El deporte y el avance de la medicina han  permitido que la esperanza de vida aumente: de 50 años en la década de los 50, a 75 años en la actualidad. La vida ha dado un salto espectacular, por lo que los viejos son gente que puede aportar a la sociedad. Es parte viviente de la historia con la sabiduría del pasado. Los nuevos viejos han incorporado la tecnología a su diario pasar. Por ello, dejarlos sin trabajo porque es política de Estado incorporar a la burocracia a jóvenes sumisos a los designios del Ejecutivo, es un crimen.

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