26 de August de 2009 00:00

El mejor ecuatoriano

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Patricio Quevedo Terán

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¡Justísimo el Premio Eugenio Espejo que en la categoría de instituciones culturales, le fuera conferido a la Academia Nacional de Historia, la noche del miércoles anterior!

Y muy oportuno además, porque si bien se ha progresado bastante en el conocimiento del personaje, aún quedan anchas parcelas oscuras de sus labores, ideas, proselitismo, según corresponde a época subversiva y hasta a los seudónimos tan reveladores de ‘el zapador de la Colonia’, y también ese otro de ‘médico y duende’.

Porque acaban de recordarse los doscientos años del primer grito de la independencia política, pero es bueno saber que casi con idéntica precisión, la propia Academia Nacional de Historia celebró los cien años de su establecimiento, ocurrido con mucho sentido el día 24 de julio de 1909, cuando se celebra el natalicio del Libertador Simón Bolívar.

La fundó el arzobispo de Quito Federico González Suárez, de quien escribiera Velasco Ibarra con plena razón, “que fue el más grande de todos los ecuatorianos”.

La soñó como un “Centro de investigación de la historia nacional y de América, con una docena de jóvenes muy prometedores a quienes formara el mismo Prelado.

Luego vinieron Jacinto Jijón y Caamaño, Celiano Monge Navarrete, Luis Felipe Borja Pérez, Carlos Manuel Larrea..., conduciendo una labor sistemática y benemérita.

Hasta que en pleno año del Bicentenario no han desmerecido ni mucho menos los actuales director, Manuel de Guzmán Polanco; y subdirector, Juan Cordero Íñiguez.

Dispone ahora de una excelente sede y de una estructura nacional con núcleos en Guayaquil y Cuenca.

De hecho, Guzmán Polanco acaba de aportar con un libro de síntesis, comprensivo y equilibrado en el que ha colaborado también el académico Jorge Núñez Sánchez.

Se titula ‘Quito, Luz de América’, y se explica el calificativo propuesto por el fraile chileno de aquella época, Camilo Henríquez, de quien hay un interesantísimo estudio, que no parece haber perdido su vigencia, respecto del “Catecismo de los Patriotas”, allí reproducido en forma dialogal de preguntas y respuestas.

A su vez, Cordero Íñiguez ha tenido el buen acierto de resumir los momentos estelares de la trayectoria de la Academia, los nombres de los directores honorarios vitalicios Jorge Salvador Lara y Plutarco Naranjo Vargas y el irrenunciable compromiso de la búsqueda de la verdad y también de la unidad cívica del pueblo basada en una dilatada diversidad de pueblos y regiones.

Ya que en último término sigue siendo exacta la sentencia del gran Jorge Santayana: “Un pueblo que ignora sus raíces –se entiende las verdaderas, no las inventadas, míticas ni legendarias– está condenado a repetirlas” (!!)

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