7 de marzo de 2021 00:00

El matriarcado reina en el barrio Programa Mujer Mariana de Jesús

Las mujeres son quienes toman las decisiones en sus casas y en este barrio ubicado en Guamaní. Trabajan en minga para adecentar el sector. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Las mujeres son quienes toman las decisiones en sus casas y en este barrio ubicado en Guamaní. Trabajan en minga para adecentar el sector. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

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Evelyn Jácome
Coordinadora (I)

Ellas son todo lo contrario al estereotipo de mujer débil y dependiente que la sociedad construyó por años. Todas son cabezas de hogar, y aseguran no haber necesitado un ­hombre que las mantenga o que trabaje por ellas.

Ninguna le tiene miedo al esfuerzo físico que se requiere, por ejemplo, para palear tierra. A través del trabajo en mingas abrieron calles, construyeron escalinatas y consolidaron un sector que hoy cuenta con todos los servicios básicos.

Bienvenidos al barrio Programa Mujer Mariana de Jesús, un caserío ubicado en Guamaní, en el extremo sur de Quito, donde reina el matriarcado.

María Toro, de 64 años, es la presidenta de la comunidad, donde viven unas 160 personas. Las primeras llegaron hace más de 23 años, cuando no había agua, luz, teléfono, alcantarillado ni calles.

Las mujeres no se conocían pero tenían algo en común. Años atrás, habían sido víctimas de algún tipo de maltrato y eran madres solteras. Algunas divorciadas, otras viudas.

La Fundación Mariana de Jesús inició este proyecto de ayuda social a señoras que tenían hijos y estaban en situación de vulnerabilidad. Les dio la posibilidad de comprar una pequeña casa y pagarla en cuotas.

10 de las 31 jefas de hogar se reunieron el jueves 4 de marzo del 2021 en la casa comunal (el resto no asistió por trabajo) y recordaron que el barrio empezó a cobrar vida desde agosto de 1997. Los primeros años, con pico en mano, improvisaron formas de abastecerse de agua y luz.

Lograron tener acceso al líquido con unas mangueras que bajaban de un tanque del Atacazo. En una esquina instalaron una llave, ahí llenaban baldes para asearse y cocinar.

Como todas trabajaban, debían madrugar a las 04:00 para lavar la ropa de la familia en unas piedras ubicadas en la parte trasera del sector.

Ofelia Silva, de 78 años (izq.), vive con su familia en este conjunto habitacional del sur. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Ofelia Silva, de 78 años (izq.), vive con su familia en este conjunto habitacional del sur. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

No tenían tendido eléctrico, así que debían pagar a un barrio cercano para que les dejaran tomar luz de un poste. Solo había un foco por cada casa.

Y como, sin caminos, las caídas y enlodadas eran frecuentes, construyeron una escalinata de 60 gradas para acceder a la calle donde pasaba el bus.

Ni ampollas en las manos ni astillas ni caídas las detuvieron. Además, los hijos crecieron y ayudaron en las tareas.

La lucha para conseguir todos los servicios básicos incluyó trabajo con cinco alcaldías. Las que más colaboraron, asegura Toro, fueron las de Roque Sevilla y Paco Moncayo.

Hicieron convenios de pago para cancelar, por ejemplo, los medidores. Hoy piden un área verde para los nietos.

Actualmente, tienen un comité barrial y los estatutos internos señalan que “en caso de que una señora dueña de casa se haga de marido, el hombre puede ayudar, pero no tiene voz ni voto en el barrio”.

Están seguras de que la mujer no solo es capaz de ser buena cabeza de hogar sino incluso ser líder. La directiva se reú­ne con otros presidentes barriales y Toro asegura que en esos espacios de participación las mujeres son mayoría.

Según los informes del Municipio, de 1 356 líderes barriales registrados y que oficialmente forman parte de las asambleas, 733 son mujeres.

Cada una tiene su historia, y a pesar de que su pasado fue difícil, nadie lo recuerda con tristeza o dolor. Están orgullosas de hoy ser las jefas del hogar.

Cuando era joven, a Marina Flores, de 54 años, nadie quiso rentarle un cuarto. Dice que las madres solteras eran mal vistas y los caseros le decían que con cuatro hijos y sin esposo, no podría pagar. Se equivocaron. Hoy es dueña de casa.

Hace 22 años pudo acceder a la vivienda porque sus hijos asistían a un comedor de la fundación, en el Centro, y ella aplicó para participar. Ganaba 150 000 sucres y pagaba cuotas de 125 000 al mes por su casa de 42 m².

Trabajando de lo que sea -recuerda- nunca quedó mal en el pago de alguna cuota.

Estela Vásquez no permitió que los comentarios negativos sobre su maternidad la limitasen. A sus 53 años, repite que nunca le hizo falta un hombre en casa y que sola vio crecer a sus hijos y adquirir oficios: dos son mecánicos y una, estilista.

Lo dice con el orgullo de una madre que pudo educar por cuenta propia a sus hijos.

La mayor de las vecinas es Ofelia Silva, de 78 años. A pesar de que en su época las mujeres debían soportar maltratos y abusos, ella no lo hizo.

Recuerda que su esposo llegaba a casa ebrio y las golpeaba a ella y a sus hijas. Por eso prefirió independizarse y poner a salvo a su familia.

A Celia Asque, de 60 años, el padre de sus hijos nunca la golpeó, pero la engañaba, y eso -admite- también es agresión.

Estas mujeres han trabajado haciendo de todo: limpiando oficinas, arreglando casas, lavando ropa, elaborando artesanías o manualidades, preparando alimentos y más.

Son lo que Toro define como “una gran familia”. Si una tiene un problema, todas ayudan.

Dicen sentirse felices de estar en un barrio donde no hay gritos en las noches y donde las mujeres pueden salir vestidas como gusten sin tener que escuchar frases obscenas.

Toro sabe que la realidad en otros barrios es distinta, pero pone un pie en el suyo y se siente a salvo. No se cansa de repetirlo: ninguna mujer tiene por qué soportar maltratos. Y entre risas y bromas, celebran “la bendición de vivir en un ­barrio sin violencia”.

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