27 de enero de 2020 00:00

A 2 años del ataque, la calma y la esperanza vuelven a San Lorenzo

La Escuela 22 de Marzo, en el centro de San Lorenzo, pintó un mensaje de paz. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

La Escuela 22 de Marzo, en el centro de San Lorenzo, pintó un mensaje de paz. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

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Sara Ortiz

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La música tropical y el reguetón suenan a todo volumen en las calles de San Lorenzo, cantón fronterizo de Esmeraldas. Se oye a voceadores de almacenes; el trajín de las tricimotos por las calles es intenso.

Dos años después del ataque con coche bomba al comando de la Policía, los pobladores recuerdan sin miedo lo ocurrido.

Hablan del olor a quemado, del estruendo a medianoche, de los gritos de 28 heridos, de los vidrios rotos y las paredes derrumbadas de las casas aledañas al cuartel. No olvidan los toques de queda que siguieron en los días posteriores ni la zozobra en la que convivían.

“Fue un tiempo muy malo para nosotros. Vivíamos en alerta; todos éramos sospechosos de algo, pero también el ataque fue una oportunidad, sobre todo para nuestros niños”, dice un profesor.

Ese 27 de enero del 2018, el país conoció las amenazas que aún hoy asechan a esa población: pobreza, narcotráfico y la presencia de grupos armados irregulares en Colombia.

“No es fácil convivir con el enemigo cerca”, reconoce un poblador. Pero hoy los planes de seguridad se enfocan en la niñez y en reforzar las operaciones de Inteligencia.

Niños de Mataje van a la escuela de fútbol Nueva Generación. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Niños de Mataje van a la escuela de fútbol Nueva Generación. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Las Fuerzas Armadas crearon desde hace un año la escuela de fútbol Nueva Generación, para 125 niños de Mataje, La Florida y La Cadena. En estos poblados fronterizos operaba alias ‘Guacho’, líder del grupo armado que dirigió los ataques y a quien las autoridades atribuyen 10 muertes: cinco soldados, los novios Óscar y Katty y el periodista Javier Ortega, el fotógrafo Paúl Rivas y el conductor Efraín Segarra, trabajadores de este Diario.
Hoy los niños hablan poco de ‘Guacho’. Ya no es su héroe ni desean convertirse en gatilleros, narcos o ‘guerros’.

“El chico que va ahí corriendo quería irse a las FARC. El otro muchachito, el que está con la pelota, raspaba coca con sus padres (trabajaba en las plantaciones de cultivos ilícitos en Colombia). Hoy son muy buenos jugadores: chicos alegres, disciplinados, colaboradores”, cuenta un militar que hoy hace de entrenador.

Los menores practican todas las tardes en una cancha, en Mataje. Pero cuando tienen partidos amistosos con otros equipos van a la cancha de césped sintético, en San Lorenzo.

Un bus militar los traslada desde los caseríos rurales a la ciudad. Todos van con el equipo completo: camiseta, pantaloneta y zapatos de pupos.

¿Qué quieres ser de grande? Los pequeños responden de todo: futbolista de la Selección, marino, doctor. “Yo voy a manejar un bus”, dice un niño.
Detrás de estos esfuerzos, que emocionan a los soldados, hay una estrategia para prevenir que los menores sean reclutados por armados ilegales.

“Van a la casa de los muchachos, les entregan cinco millones de pesos (alrededor de USD 1 400). Les dicen piénsalo, en 15 días hablamos. Cuando vuelven por la respuesta, las familias ya se han gastado el dinero y entonces se los llevan”.

El cuartel que fue atacado el 27 de enero del 2018 fue reconstruido; también se reforzó la seguridad en el cantón. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

El cuartel que fue atacado el 27 de enero del 2018 fue reconstruido; también se reforzó la seguridad en el cantón. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

La persona que cuenta esta experiencia explica que eso ocurre en las zonas rurales de San Lorenzo, que están más cerca de la frontera y en donde hay una pobreza que afecta a más del 70% de la gente.

Por eso, para el alcalde de San Lorenzo, Gleen Arroyo, la seguridad implica dotar de servicios básicos a los pobladores y crear fuentes de empleo. “Somos los guardianes de la frontera ecuatoriana”.

Tras dos años del ataque, los cambios son evidentes. Se reconstruyó el cuartel policial, aunque la puerta de ingreso aún está protegida por una barricada hecha con quintales de arena y reforzada con vallas metálicas. Unas puntiagudas serpentinas rodean el muro de cerramiento del comando.
Las casas que se cayeron por explosión fueron levantadas de nuevo o se reconstruyeron techos, paredes y puertas.

Los comercios atienden hasta tarde. “Poco a poco estamos surgiendo. Queremos recibir turistas y que conozcan que somos gente buena”, comenta la dueña de una farmacia.

Allí, la presencia de militares y policías ahora es menor, pero permanente.

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