27 de octubre de 2019 00:00

‘El mal está en todos nosotros’

Mendoza presentó su más reciente novela en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. “Los ideales de la modernidad se cayeron hace tiempo”. Foto: Mario Fautos / EL COMERCIO

Mendoza presentó su más reciente novela en la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. “Los ideales de la modernidad se cayeron hace tiempo”. Foto: Mario Fautos / EL COMERCIO

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Alexander García

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La justificación del mal, el tema de la culpabilidad, la debilidad ante el mal o incluso su relación con fuerzas místicas son aristas que están presentes en ‘Akelarre’, la más reciente novela de Mario Mendoza. Se trata de una temática, la del proceso de conversión de un monstruo, que ha desarrollado en novelas como la premiada ‘Satanás’ (2002). El escritor colombiano visitó Ecuador en el marco de la última Feria Internacional del Libro de Guayaquil, y habló con EL COMERCIO sobre la noción de mal en el mundo contemporáneo.

¿Cómo entender el problema del mal, qué vendría a ser ahora?
Creo que hay un libro clave para entenderlo, ‘Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal’, de la filósofa de origen judío Hannah Arendt. Ella tiene la posibilidad de entrevistar en su momento a Adolf Eichmann, a quien capturan en Buenos Aires. Fue uno de los grandes ideólogos de la solución final, la construcción de los campos de exterminio nazis. Arendt dice ‘tengo la posibilidad de entrevistar a un monstruo’, y se tropieza con un tipo magnifico, encantador, amable y gentil, un gran padre de familia.

¿Se encontró a un burócrata, un operario?

A ella le pareció terrible, porque iba detrás de un torturador, con una inmensa capacidad para la crueldad y se tropezó con un tipo fantástico, a tal punto incluso que ella tiene que reconocer que empieza a extrañar las entrevistas con él y que le hacen falta la dulzura, la amistad del entrevistado. Eso nos dice que el mal no es lo que nosotros creemos usualmente, el mal está más cerca de lo que creemos, al punto que somos nosotros mismos.

¿El mal siempre se le endilga al otro?
Uno lo piensa siempre afuera, me pongo yo en el papel de bueno. Pensamos que somos los buenos y eso no es así. El mal está en todos nosotros. Todos practicamos de alguna manera bullying o somos segregadores, consideramos inferiores a las personas que están en un bando por debajo del nuestro. Hay un maltrato laboral que va en aumento, los jefes son cada vez más déspotas con sus subalternos, hay un maltrato de género, un bullying creciendo en los colegios…

De qué manera la maldad nos constituye a todos?
No es que haya una dosis de maldad en todos, es que todos somos los malos. En América Latina nos constituye de forma especial, porque es uno de los continentes donde hay mayor distancia social entre unos y otros. Si estamos en un continente en donde hay unas enormes distancias entre los que tienen y los que no tienen, si te encuentras en una situación de privilegio, incluso si eres de clase media alta, con un buen sueldo, te conviertes en un segregador social.

¿En Colombia eso es mucho más patente?
En el caso colombiano, por ejemplo, el origen de la violencia es ese. Tú no te mezclas, tú no estableces a tus amigos en una categoría por debajo de la tuya, no estableces tus afectos en una clase social que no sea la tuya, te relacionas en tu clase social o hacia arriba. Es un arribismo del que no te das cuenta, hablas de la democracia, pero teóricamente. Te conviertes en segregador y en maltratador social sin darte cuenta.

¿La injusticia, la segregación y la exclusión se expresan en el mal según sugieren sus novelas?
El origen de la violencia en Colombia es que no nos mezclamos. También puede estar allí, en mayor o en menor medida, el origen de otras violencias en las sociedades latinoamericanas. Si no nos mezclamos, ¿dónde esta el mal? En toda la sociedad. En el 2016, por ejemplo, terminamos perdiendo el plebiscito sobre los acuerdos de paz de Colombia.

¿Usted ve allí una expresión de mal social?
En todo el planeta fue loquísimo intentar entender esa lógica, decirle no a la paz. Pero significa que los combatientes se pusieron de acuerdo, firmaron la paz y el entramado de la sociedad civil, que es el bando clave, no estaba preparada para poder entrar en el proceso. En la sociedad civil no supimos defender el proceso.

¿En qué medida la maldad es un signo de nuestro tiempo?
Lo que está pasando es que la violencia transpolítica, que es la violencia social, va en aumento. Y el problema no son los terroristas, ni las minorías ni los inmigrantes, que pueden producirnos cierto temor, el problema somos nosotros mismos. Hay una crisis de época. Vamos a expresar lo que se llama una caída de los valores de la modernidad. La modernidad surge políticamente en la Revolución Francesa, los ideales de fraternidad, solidaridad, hermandad están juego, se cayeron hace tiempo, las sociedades ya no funcionan así...

¿Hay un sistema que aboca entonces a la crueldad?
Tenemos un altísimo grado de violencia que practicamos para poder sobrevivir en un mundo en el que nos toca. Tú eres una persona muy insensible al dolor, eres muy cruel sin darte cuenta, pasas frente al dolor de los demás sin inmutarte, cuando pasas frente a unos niños en la calle que no tienen nada que comer. Las ciudades tercermundistas contemporáneas tienen zonas segregadas comparables a las de los nazis. Hay favelas, grandes barrios en donde hay un grado de marginalidad extremo, ¿cuándo te ha preocupado eso, te quita el sueño eso?

¿Qué papel juegan entonces en el problema de las ine­quidades sociales?
Las inequidades son el mal. En el 2009 pasamos del capitalismo salvaje al capitalismo depredador, cuando el profesor Noam Chomsky dice que eso significa que ahora quieren también el dinero de los impuestos, el dinero de los contribuyentes, el dinero de la sociedad civil... Y preocupa la violencia transpolítica, la mayor de todas, la que está entre nosotros internamente, la violencia infantil, la violencia de género, la violencia laboral, la violencia de la discriminación. Entonces creo que el mal es el establecimiento.

¿El mal es síntoma y causa de la enfermedad de las ciudades, como lo prefiguran sus novelas?
El arquetipo de ciudad en el siglo XIX era París, en el siglo XX cambia, pasa a ser Nueva York, la ciudad que es una cocha de retazos, que es una suma de muchas ciudades. La ciudad arquetipo a comienzos del XXI es Bangkok, Ciudad de México, Río de Janeiro, Lima, Bogotá. La ciudad arquetipo es la ciudad del tercer mundo, lo que llaman la ‘ghost city’; por eso narro Bogotá, porque a mí me interesan las claves de la nueva ciudad entrópica que era la que se avecindaba, eso al principio sonó raro, sonó muy distópico... Nosotros somos la vanguardia, porque el esquema es el caos y la entropía. No es que nosotros, si hacemos las cosas bien algún día, podemos parecernos a Europa, Canadá o Estados Unidos, es que Suiza cada vez se va a parecer más a Bogotá o a Lima.

¿La idea con ‘Akelarre’ era narrar cómo alguien “normal” puede convertirse en un monstruo?
Me interesaba cómo una determinada sociedad, brutal, despiadada, cruel, va a terminar construyendo un monstruo. El monstruo casi siempre es una metáfora de nosotros mismos, el compañerito que masacramos en el colegio, la novia a la que maltratamos, el empleado al que tratamos de forma déspota. Hay que tener cuidado, cuando la víctima reacciona entonces vamos a lavarnos las manos y a decir, es que era un psicópata. Y hay una corresponsabilidad social.

Se trata de un tema universal de la literatura. ¿De qué autor se siente cerca?
Me interesaría la imagen de (Robert Louis) Stevenson, en ‘El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde’, que es algo que vengo trabajando desde ‘Satanás’, la novela con la cual gané el Premio Seix Barral en España. Y lo que me interesa es que esa presencia de míster Hyde, la personalidad perversa de alguien respetable, de un doctor, parece desbordarse. El doctor Jekyll y míster Hyde están en el poder hoy en día. Míster Hyde está a menudo en la Presidencia de la República, o está dirigiendo los bancos, o al frente de las grandes corporaciones y multinacionales.

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