14 de abril de 2019 00:00

Los libros del archivo más antiguo del Ecuador se desempolvan

En la biblioteca del convento, los especialistas limpian los libros dentro de una cámara. Foto: Armando Prado/ EL COMERCIO.

En la biblioteca del convento, los especialistas limpian los libros dentro de una cámara. Foto: Armando Prado/ EL COMERCIO.

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Evelyn Jácome
Coordinadora (I)

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Hay libros que no han sido hojeados desde hace cientos de años. Sus páginas frágiles y amarillentas, esas pastas gruesas y añejas custodian conocimientos que fueron impregnados hace más de medio siglo.

Entrar a la biblioteca Fray Ignacio de Quezada, del Convento de Santo Domingo -la que guarda los impresos más antiguos de Ecuador- es una caída libre a través de la historia, la religión, la filosofía y la poesía.

La quietud y el silencio que gobiernan este lugar se rompieron en marzo del 2019, cuando la Fundación Conservartecuador entró con sus expertos a rescatar los textos, que luego del terremoto del 2016 quedaron cubiertos de escombros.

Tratan de recuperar los libros del archivo más antiguo del Ecuador. Captura video

El sacudón destrozó el techo del lugar y en el 2017 el Municipio reemplazó la cubierta. Cubrieron los libros con plásticos, pero la tierra y piedras hallaron aberturas y los dañaron.

Los textos -la carne de la ciencia y de la religión- peleaban una batalla silenciosa contra el olvido, condenados al deterioro. Algunos ejemplares, los más antiguos, estaban siendo atacados por microorganismos.

Los 32 500 libros que aquí reposan son considerados patrimonio. Ocho especialistas en restauración e historia se encargan, con delicadeza, del tratamiento. Entre ellos está Ramiro Endara, director de Conservartecuador. Habla de la necesidad de la intervención de lo que él llama la mayor colección del Ecuador de libros de la época colonial, y el más grande repertorio de incunables del continente.

Un libro incunable es aquel que se elaboró antes de 1 500. Son las primeras copias impresas que con mecanismos rudimentarios, en los que se acomodaba los moldes de las letras, se podían sacar hasta 300 ejemplares en un par de meses. De esos, en este lugar hay 26.

Su valor es incalculable. También hay manuscritos, trazados por copistas de ejemplar caligrafía que con pluma y tinta anotaban lo que les dictaban.

Endara sospecha que uno solo de esos ejemplares podría costar millones de dólares. Por eso están resguardados.

Fueron colocados en una caja fuerte. La gran arca de metal mide unos 2,5 m de alto y 1,5 de ancho. Tiene dos cerraduras con esas perillas redondas que giran para que una persona ingrese la clave. Esos textos, hasta el momento, no han sido recuperados ni limpiados por el equipo de Endara. Planifican hacerlo los próximos días, en presencia de autoridades y religiosos. Endara los bautiza como reliquias de la humanidad.

Allí dentro está el libro más antiguo del país. Data de 1482. Es un comentario a la metafísica de Aristóteles, hecho por un religioso.

Alfredo Armijos, historiador, revela que esos libros antiguos fueron traídos en barco desde Europa en la época colonial. Algunos como contrabando. Se los ocultaba dentro de toneles de vino y así cruzaban el océano.

En medio de la biblioteca, que empezó a formarse en la orden religiosa desde 1 540, un libro opaca al resto. Les roba, descaradamente, la atención.

Se trata de una biblia políglota escrita en siete idiomas. Gustavo Salazar, bibliotecólogo, pasa las hojas de ese libro y dice que es una de las biblias más importantes del mundo.

El tomo principal está colocado sobre un pedestal. Está encuadernado en madera con cubierta de cuero, mide 70 cm y pesa 40 kilos. Data de 1640 y recoge la palabra de Dios en sirio, árabe, hebreo, latín, caldeo, griego y samaritano.

Al ser una biblioteca religiosa tiene en su mayoría textos relacionados con la patrología, es decir la vida de los sacerdotes y santos, teología e instrucciones sobre la vida cristiana.

Pero también hay libros de literatura antigua. Hay obras de Horacio, Virgilio y de grandes poetas griegos. Además de la escritora mexicana Sor Juana Inés de la Cruz y clásicos españoles como Calderón de la Barca y Lope de Vega.

El tratamiento que reciben los textos no es sencillo. Hay unos tan antiguos que dan la sensación de que si se los toca con fuerza, podrían deshacerse. El equipo de expertos hizo un levantamiento topográfico de la organización de las estanterías y registró y codificó cada una y sus colecciones.

Para desmontar las colecciones de libros de las estanterías se forma una cadena en la que un técnico restaurador los coloca sobre la bandeja preparada técnicamente (envuelta en pelón). En la estación se hace una limpieza general y superficial en contenedores con una campana de extracción. Una especie de cajón transparente conectado a un sistema de aspiración. Luego se limpian los libros con un algodón semihumedecido con un bactericida.

Se colocan los códigos alfanuméricos. Se fijan los lomos, se corrigen las esquinas de la encuadernación y las deformaciones en hojas dobladas.
Se trabaja también en la limpieza de las estanterías y se vuelven a colocar los ejemplares, respetando la ubicación.

Este trabajo es posible gracias al financiamiento de la Fundación Príncipe Claus de Holanda, en acción conjunta con la Fundación Whiting. Ambos organismos internacionales velan por la conservación de este tipo de valores.
El equipo espera contar con más auspicios para digitalizar los libros y ponerlos a buen recaudo, como el tesoro que son.

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