1 de agosto de 2018 07:39

La legalización parcial del cannabis en Líbano inquieta a los agricultores

Imagen referencial. Medicplast es la encargada de la fórmula y producción  del medicamento a base de cannabis que se llama Epifractan. Foto: Pixabay

Imagen referencial. Las autoridades libanesas pretenden legalizar el cannabis con fines terapéuticos. Foto: Pixabay

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Agencia AFP

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Las autoridades libanesas pretenden legalizar el cannabis con fines terapéuticos, una medida que inquieta a los productores de marihuana, que temen una caída de sus ganancias.

“Todas estas casas alrededor nuestro fueron construidas con el dinero del hachís”, explica un campesino, que prefiere mantener el anonimato, en El Yammouné, una localidad del este de Líbano donde inmensos campos de cannabis se extienden al lado de un puesto del ejército.

Durante las últimas décadas, la producción de cannabis no dejó de crecer en esta región. Aunque su cultivo es ilegal y el tráfico de marihuana está castigado con penas de prisión, la industria del cannabis aporta millones de dólares al Líbano, lo que hace de este país el tercer productor en el mundo de plantas de cáñamo, por detrás de Afganistán y Marruecos, según la ONU.

Ante el crecimiento de la industria del cannabis en su país, el Parlamento libanés contempla la legalización del consumo terapéutico de esta hierba con efectos psicoactivos. Esta nueva legislación es impulsada siguiendo los consejos del gabinete de asesoría internacional McKinsey & Cie.

No obstante, en la localidad de El Yammouné, los dirigentes locales no disimulan su malestar ante esta medida y están expectantes ante las repercusiones para los productores locales.

“No tenemos ningún problema con la legalización, pero el principal beneficiado debe ser el agricultor”, asegura Hussein Chreif, concejal adjunto de El Yammouné.

Cuando el productor de cannabis “vende su producción a un traficante, los beneficios son diez veces más elevados que los costes de producción”, afirma.

Según Chreif, “si el Estado se implica, las ganancias no serán las mismas”.


Crece por todos lados

Ningún otro tipo de cultivo permite conseguir unos beneficios tan elevados con unos costes de producción tan bajos en zonas con un clima árido, consideran los agricultores.

El hachís crece “en los matorrales, al lado de las carreteras e incluso en los desechos”, asegura un campesino que no quiere dar su nombre.

Según otro cultivador de esta localidad, el precio de un kilo de hachís alcanza los USD 400, en función de su cualidad. Los traficantes lo venden todavía más caro a los consumidores.

El cannabis producido en el Líbano, reputado por su calidad, es distribuido en todo Oriente Próximo.

Tras la guerra civil (1975-1990), durante la cual se extendió el cultivo de hachís y opio, las autoridades libanesas impulsaron campañas de erradicación.

Pero ni las operaciones de las fuerzas de seguridad, que destruían campos enteros de cannabis, ni los programas de la ONU para impulsar cultivos alternativos resultaron fructíferos.

“Si el cultivo de hachís es legalizado, tienen que autorizarlo únicamente en aquellas regiones donde ya está presente”, defiende un responsable local, Jamal Chreif, quien teme que la producción se extienda por todo el país y esto disminuya los beneficios de los agricultores de su región.


“Dejen que lo exportemos” 

Varios países ya han legalizado el comercio del cannabis con fines terapéuticos, como Alemania, Italia, Argentina o algunos estados estadounidenses.

Según el concejal adjunto de El Yammouné, los habitantes de esta localidad esperan que la legalización venga acompañada por una “amnistía” para las más de 30.000 personas perseguidas por las autoridades por temas de tráfico de drogas.

“Si quieren legalizarlo (el hachís), dejen que lo exportemos y lo cultivemos”, pide Chreif.

Las élites libanesas están implicadas a menudo en casos de corrupción y clientelismo. El Líbano se encuentra en el puesto 143 entre los 180 países en materia de transparencia, según la ONG Transparencia Internacional.

“Lo robaron todo en el Líbano, así que lo único que nos quedaba era el hachís y también quieren quitárnoslo”, lamenta Chreif.

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