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Jurar la Bandera

Hace un año un prestigioso colegio me invitó a conversar con los estudiantes de tercero de bachillerato sobre el significado en sus vidas del juramento a la Bandera. El propósito era crear un espacio de reflexión para que los muchachos llenen de contenidos, de sus pensamientos, un rito que con los años se había tornado en un evento rutinario en el que se desfilaba al son de una marcha militar, se besa la Bandera, luego de soportar los mismos aburridos discursos patrioteros.

Luego de hablar sobre los ritos y las fechas históricas como artefactos culturales que de manera deliberada son usados para la conformación de las identidades nacionales, procedí a  preguntarles qué significaba para ellos el hecho de jurar la Bandera. Hubo respuestas de todo. Desde las más patrióticas y nacionalistas hasta las que hablaban de compromisos para consigo mismo, con sus familias y amigos. La polémica se levantó cuando uno de ellos manifestó que amparado en las libertades del colegio, no iba a jurar. Que aunque se le venga el Ministerio y el rector encima no lo haría, ya que le parecía que un juramento era un compromiso personal y colectivo tan importante y sublime, que no podía hacerlo por algo en lo que no creía. Si jurar la Bandera, era jurar por el país, no estaba dispuesto a mentir ni a mentirse, ya que no creía en él, que lo consideraba injusto, lleno de políticos aventureros  y corruptos. “Que este país le había vaciado el alma, le había dejado desde muy niño sin papá ni mamá, que estaban en España con empleo ganando algo de plata que el Ecuador nunca les dio”. No podía jurar por un Estado con tantos pobres, maltratante, racista y excluyente.

Después de semejante revelación se levantó la polvareda. El grupo se dividió. Unos a favor otros en contra. Las voces que replicaron le dijeron que no es culpa del país estar dominado históricamente por aventureros, prepotentes y corruptos que han abusado de él, que han asaltado sus recursos, que han establecido relaciones injustas y opresivas.  Que estos han estado y estarán por siempre, mientras “los otros”, “nosotros”, no nos comprometamos seriamente con su destino. Que este acto de juramento precisamente es una oportunidad para tomar conciencia, romper la indiferencia y no sólo hacer un compromiso con el cambio del país sino con el de “nuestras vidas”, “porque si uno no cambia, no puede cambiar lo demás”. “Es hora de ser ciudadanos responsables, del Ecuador, de América Latina, del mundo… ciudadanos universales”. “Luchar por un planeta más limpio”. Y sobre todo “intentar ser más objetivos y equilibrados: ver, valorar y apoyar a personas y proyectos buenos que también tiene el país… que son muchos”.

Argumentos van… argumentos vienen… las aguas se calmaron. Llegado el día, todos juraron y se comprometieron. Valió la pena el debate.

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