6 de noviembre de 2019 14:04

Jhajaira Urresta: ‘Un policía me quedó viendo con ira contenida, apuntó y disparó una bomba lacrimógena’

Jhajaira Urresta recibió el impacto de una bomba lacrimógena en su ojo, afuera de su casa en Quito, el 12 de octubre del 2019. Ayer, 5 de noviembre del 2019, fue recibida en la Comisión Multipartidista para Investigar los Hechos relacionados al Paro Nacio

Jhajaira Urresta recibió el impacto de una bomba lacrimógena en el ojo, afuera de su casa en Quito, el 12 de octubre del 2019. Ayer, 5 de noviembre del 2019, fue recibida en la Comisión Multipartidista para Investigar los Hechos Relacionados al Paro Nacional, en la Asamblea Nacional. Ella dio su testimonio. Foto: Tomada del Flickr de la Asamblea Nacional

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Redacción Elcomercio.com
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Jhajaira Estefanía Urresta es comunicadora social y madre. La noche del sábado 12 de octubre del 2019 salió al cacerolazo, en las afueras de su casa, en el sector de La Tola, en Quito, cuando un policía le disparó una bomba lacrimógena. La joven de 27 años perdió el ojo izquierdo.

Este es su testimonio:

“Me encontraba en el barrio La Tola, en el centro de Quito. Salimos junto a mi madre, mi hermana, mis dos primos al cacerolazo por la paz, el día sábado 12 de octubre, a las 8 de la noche, debido a que horas antes, en nuestro barrio nos habían quitado el agua, la luz y las tiendas no tenían abasto.

Junto con mis vecinos nos convocamos en la avenida Oriental en el sentido norte-sur, debido a que la sur-norte estaba cerrada, porque grupos de antimotines de la Policía se encontraban en la parte de El Trébol. No queríamos afectarlos ni que nos afecten.

Nosotros no hicimos ninguna marcha. Estábamos parados en la Oriental. Habían niños, niñas, adultos mayores parados en la vía. Las consignas eran que queríamos paz, teníamos hambre, queríamos que la situación pare. Esto pasó hasta las 9:15 de la noche.

Comprendo ahora lo que es un convoy: un camión militar de color verde. Ellos pasaron el puente peatonal de La Tola y detrás llegó un camión mucho más grande de color negro con grupos de policías antimotines.

Se detuvieron y comenzaron a lanzar bombas lacrimógenas sin criterio alguno. Yo alcé los brazos, porque había niños en las vías; boté mi olla y mi cuchara y dije que no más, a una distancia de unos tres metros del muro de contención.

El policía se detuvo, me quedó viendo con una ira contenida, apuntó y disparó una bomba lacrimógena que se incrustó en mi ojo.


Por unos minutos me quedé atónita porque el golpe fue muy fuerte, la respiración se quedó en mi garganta. Cuando logré respirar, intenté sostenerme rápidamente con la mano izquierda el ojo, porque ya lo tenía en la palma de la mano. Me di la vuelta y traté de buscar a mi madre y a mi hermana. Empecé a perder el equilibrio, la sangre chorreaba por el brazo y las piernas no me daban más.

Llegué donde estaba mi madre. Un vecino, que tenía una camioneta negra de doble cabina, me llevó al Hospital Militar. Ingresé caminando, porque en el lugar hay una 'Y' con una palmera en el centro frente al hospital. Más abajo se encontraba un convoy policial. Mi madre salió por la ventana y rogó que nos dejaran entrar al hospital, porque yo me estaba desangrándome en el auto. La respuesta de una policía fue que ese no era su problema.

Mi mamá me sacó de la camioneta y llegué caminando al Hospital Militar. Los diferentes militares que se encontraban en la garita que da a la Oriental me cargaron y me ayudaron a ingresar a emergencia.

Los médico empezaron a realizar el chequeo médico, me hicieron algunos exámenes y descubrieron que la bomba había ingresado desprendiendo la cuenca del ojo. Encontraron pólvora, esquirlas y polvo adentro.

Me iban a sacar por completo el ojo, porque la bomba limó los nervios que se conectan con el cerebro. Gracias al director del hospital, el general Herrera, trajeron al doctor Álvarez, que es especialista en medicina de guerra y en cirugía en párpados, para operarme. La intervención duró 8 horas.

Reconstruyeron lo que me quedaba del ojo y pararon la hemorragia interna, porque tenía miedo de que me diera un derrame cerebral o que muera por la pérdida de sangre.

Aún sigo con pronóstico reservado, debido a que tengo que cuidarme de alguna infección o de algún residuo que provoque una. Yo tengo fracturas craneales. Tengo que someterme a otras cirugías más.

Lo que pido es justicia por parte del Estado, porque todos sabemos que ni la Policía ni las Fuerzas Armadas no hace nada bajo ninguna orden o ley directa. Responsabilizo al Estado por este ataque atroz, porque ellos ingresaron a nuestra concentración. No fue una protesta.

Salí como madre de familia a pedir comida para mi barrio, para mi hijo, porque llevábamos 12 días sin podernos mover la casa. Estábamos cercados, no teníamos agua, no teníamos luz, no teníamos comida.  

Yo soy ecuatoriana y salí por una convicción, quería paz para mi pueblo.

Desde el momento del accidente mi madre quiso contactarse con las autoridades para que sepan lo que había ocurrido. Nunca obtuvimos una respuesta. Dejé un mensaje en la Asamblea para el Presidente, ojalá lo escuche.

Yo estaba a punto de ingresar a un puesto de empleo, y por este accidente me sacan del sistema y no puedo acceder a un trabajo”.

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