18 de agosto de 2019 00:00

El esfuerzo para hallar a los niños desaparecidos no agota a sus padres

María muestra la imagen de su hijo Alexander, quien desapareció en 1994, en Quito. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO.

María muestra la imagen de su hijo Alexander, quien desapareció en 1994, en Quito. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO.

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Ana Rosero y Lineida Castillo (I)

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La rutina de María Basantes cambió hace 25 años. Su hijo Alexander, que solo tenía 2 años y 4 meses, desapareció en la terminal terrestre Cumandá, que funcionaba en la zona céntrica de Quito.

Recuerda cada detalle de ese 6 de noviembre de 1994. A las 07:00 encargó al niño a su prima en un restaurante de la terminal, para ir a su trabajo de empleada doméstica.

En la tarde fue a recogerlo. Cuando la vio corrió, la abrazó y empezó a jugar con una pelota. Entonces, ella entró al local de comidas; segundos después volteó la cabeza y Alexander ya no estaba.

Desde entonces no ha parado de buscarlo. El jueves 15 de agosto del 2019 último tomó un cartel con la foto del bebé y fue a Cayambe, Pichincha, a un plantón por las personas desaparecidas.

Antes de iniciar el viaje revive el momento trágico: al no ver al pequeño salió presurosa del restaurante, gritó y pidió a la gente que le ayudara. Temblaba de los nervios. Preguntó a los pasajeros y a los guardias de seguridad, pero nadie lo vio.

Luego habló por un altoparlante y con lágrimas pidió a los choferes que le avisaran si veían a un niño subir a los buses. Lo buscó hasta la madrugada. “No sabía qué hacer, a dónde acudir”. Al día siguiente habló con policías y le tomaron la versión de lo sucedido.

Luego imprimió cientos de volantes con la foto del menor. Las pegó en postes, paradas de buses, tiendas, locales comerciales y las entregó a peatones de varios barrios de la ciudad. Nada dio resultado. “No pararé jamás hasta encontrarlo”.

Alexander desapareció cuando tenía la misma edad de Anahí, la niña que estuvo lejos de sus padres nueve días.

El miércoles 14 de agosto, la Policía la rescató en El Coca (Orellana) y fue entregada al siguiente día, en Quito. Dos personas están procesadas por el secuestro.

La Policía de niños, Dinapen, tiene en sus archivos decenas de casos de menores que no han regresado y sus expedientes aún son investigados.

Del año pasado quedan 41. Entre enero y el 14 de agosto pasados suman 147 en el país.

De ese número, el 8% es de niños y el 90 % de adolescentes. También se registra un 2% de adultos, porque desaparecieron junto a los menores.

Las dos ciudades con el mayor número de casos son Quito y Guayaquil. También se registran denuncias en las provincias de Manabí, Los Ríos, El Oro y Azuay.

En Cuenca desapareció Dayana. Ocurrió en el 2012 y para entonces tenía 2 años y 8 meses. Su madre Carmen recuerda que ella jugaba con otros niños fuera de la casa en la que viven sus abuelos. “Me percaté de su ausencia al mediodía”.

La familia y los vecinos la buscaron por el sector de Monjas, en El Turi. Caminaron por las montañas cercanas a la vivienda, pero no la encontraron. “Me embargó la angustia y vivo con esa sensación”.

Ese mismo día hizo la denuncia en la Fiscalía. Los agentes de la Dinapen iniciaron la búsqueda, pero no la hallaron.

“Son casi siete años de agonía y viviendo con el dolor de no abrazar a mi hija”, dice llorando. El Fiscal que investigó la desaparición le dijo que el caso ya prescribió. “Ya no hay búsqueda y eso duele, porque no hay esfuerzos para encontrarla”.

La Fiscalía de Azuay asegura que siguen las indagaciones, pero que no hay indicios.

En la habitación de Cecilia, la abuela de la pequeña, hay una foto de su nieta. Esa imagen reemplaza su presencia física en esta casa. “Rezo a diario con la esperanza de volver a ver el rostro de mi nieta”. Así tratan de mantenerse bien.

María Basantes no logró reponerse de inmediato. A los cinco años de la desaparición del pequeño Alexander, ella cayó en depresión. Solo lloraba. No quería comer. Tuvo que seguir un tratamiento psiquiátrico seis meses. “Desde que desapareció mi único hijo mi vida se volvió un infierno”.

La mujer dejó de trabajar para buscar a su hijo. Ha recorrido 22 de 24 provincias. En cada ciudad que iba revisaba el rostro de mendigos en las calles, hablaba con la gente y difundía información en los medios.

En la Dinapen hay datos que muestran que las principales causas de la desaparición de menores son los problemas familiares, como maltrato físico, psicológico y sexual. También hay casos en que los pequeños son llevados por sus padres, cuando ellos se separan.

Otras causas son los problemas psicológicos o académicos. También hay niños que se extravían y no se acuerdan cómo regresar a sus casas.

Un jefe policial dice que no se han detectado bandas delictivas detrás de las desapariciones de menores y que el caso de Anahí sería una excepción.

Con ella fue la primera vez que se activó la Alerta Emilia, un programa que comenzó a operar en el 2018 y que ayuda a difundir masivamente los rostros a través de redes sociales, correos, celulares y medios.

Hace seis meses, desapareció un niño de 8 años en Otavalo. Durante ese tiempo su madre Lilia solo se ha dedicado a buscarlo. “Es mi único hijo y pido apoyo del Estado para encontrarlo”. Ella recuerda que salió a trabajar y dejó a Joshua con su padre. Cuando regresó no había nadie en la casa, tampoco estaban la ropa ni la computadora del menor.

La mujer puso la denuncia en la Fiscalía y pidió que se revisaran los videos de las cámaras de los peajes de la Sierra. El único indicio que hay son las imágenes cuando pasan por el peaje de San Gabriel (Carchi).

El miércoles llegó a la Plaza Grande en un plantón por Anahí. Viaja permanentemente de ciudad en ciudad. Pega afiches y pide a la gente que difunda la imagen. Ese día llevaba una foto de su hijo impresa en una camiseta blanca.

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