16 de abril de 2020 18:30

Bertha: ‘Nunca podremos decirle adiós a mi hermana Inés y Filadelfio, nunca sabremos si son sus cuerpos’

Inés Salinas y Filadelfio Asencio fallecieron el 30 de marzo del 2020 en su vivienda, ubicada en Mapasingue Este, en Guayaquil. Foto: cortesí

Inés Salinas, de 67 años, y Filadelfio Asencio, de 70 años, fallecieron el 30 de marzo del 2020 en su vivienda, en Mapasingue Este, en Guayaquil. Su familia no conoce dónde se encuentran sus cuerpos. Foto: Cortesía

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Karol Noroña
Redactora (I)

“¿Por qué te fuiste así, hermana? Ni siquiera te podemos decir adiós. Estuviste ahí, botada en el piso, pudriéndote junto a Filadelfio. Nadie quería recogerte. Los vimos así, solos, con el miedo, el terror de no poder acercarnos”. Bertha intenta que su voz no se quiebre cuando habla, porque esas son sus palabras para Inés Salinas, su hermana mayor, la mujer que no dudó en convertirse en su madre. Desde que Bertha vio morir a Inés y a su cuñado la mañana del 30 de marzo de 2020, sus cadáveres permanecieron a los pies de su casa durante cinco días, en medio de la pandemia por el covid-19 en Guayaquil, hasta que fueron recogidos. La familia lleva 16 días sin saber dónde están sus cuerpos.

Desde su casa, en Mapasingue Este, un cerro popular de Guayaquil, Bertha, de 52 años, atiende la llamada. Son las 12:30 del otro lado de la pantalla y, antes de iniciar su relato, a su mente llega un pasaje familiar. Su voz se vuelve cálida y recuerda que sentarse bajo la ciudad caliente, húmeda, era una tradición cómplice que compartía con Inés. La admiraba no solo por haberla criado, dice, sino porque era también su confidente: lloraban cuando ver crecer a los hijos dolía; reían juntas, y cuando había que ayudar, no dudaban en ‘arrimar el hombro’.

Inés tenía 67 años y luchaba con la hipertensión arterial que padecía, pero se mantenía estable, nadie esperaba que su partida se precipitara. “Asistíamos a unas terapias con máquinas calientes desde el 2019. A Inés la ayudó mucho, ya no le dolía ni el corazón, ni el brazo, ni la cabeza, por eso no entiendo qué fue lo que le pasó cuando comenzó la cuarentena”, relata Bertha.

Desde el 16 de marzo, cuando el presidente Lenín Moreno decretó el estado de excepción en Ecuador para contener al covid-19, Bertha dejó de ver a su hermana. “Ya no podíamos salir y nos quedamos en la casa. Pero ya no veía a mi hermana. Le pregunté a mi sobrina que por qué no veía a Inés por la ventana. Me dijo que estaba delicada de salud, que le faltaba el aire”, dice.

Bertha decidió ir a la vivienda de Inés, ubicada frente a su casa, para verla. “‘Hermana, no sé qué tengo, no puedo respirar’, me dijo mi ñaña. Estaba asustada porque supimos que una vecina había viajado a México y decían que tenía covid-19, pero la señora estaba bien”. Pronto, su cuñado, Filadelfio Asencio, de 70 años, comenzó a sentir que se ahogaba, aunque intentaba cuidar a su esposa con los pocos recursos que tenía.

El 28 de marzo, los síntomas de Inés se agravaron. “‘Hermana, me siento mal. Ya no puedo, ya no puedo respirar’, solo eso me decía”, recuerda Bertha. Los hijos de Inés ya la habían llevado al consultorio de un médico particular que le recetó descanso absoluto. El reposo, dice, solo empeoró su salud.

Inés y Bertha llegaron a Mapasingue Este, un cerro popular de Guayaquil, hace más de 30 años. Allí construyeron sus hogares y vieron crecer a sus hijos. Foto: Cortesía

Inés y Bertha llegaron a Mapasingue Este, un cerro popular de Guayaquil, hace más de 30 años. Allí construyeron sus hogares y vieron crecer a sus hijos. Foto: Cortesía

La familia también llamó a la línea 171, activada por el Gobierno para la habilitación de citas médicas en los centros de salud que están destinados para tratar el coronavirus. “Nos dijeron que no había, que todo estaba colapsado. No la atendieron. Solo nos dijeron que la tengamos aislada, que la cuidemos no más y que le demos paracetamol”, cuenta Bertha.

Ante la negativa de atención estatal, los hijos de Inés lo intentaron todo, incluso reunieron dinero para acceder a otro médico particular, pero no la atendieron porque “sus síntomas parecían que eran de covid-19. Una familiar nuestra también estuvo mal. La ingresaron al Hospital de Guasmo y no le dieron pastillas ni nada. Pasaron cinco días y, gracias a un contacto que se consiguió ahí, supimos que llevaba muerta tres días sin saber qué pasó. Por eso, mi ‘ñaña’ y mi cuñado querían estar juntos, en su casa”, asegura Bertha.

Si yo muero, muero en mi casa”, le decía Inés a Bertha durante sus dos últimos días de vida. El lunes 30 de marzo llegó. Pasadas las 10:00, Inés pidió salir ante la falta de oxígeno.

“Mi ‘ñaña’ no podía respirar. La sacamos de la casa. Y ahí, frente a nosotros, le dio un infarto y falleció. Filadelfio la vio morir. Pasaron pocos segundos y mi cuñado también sufrió un infarto. Murieron juntos. Él se fue con ella… y no pudimos hacer nada”, recuerda Bertha.

Lo que vino después fue la incertidumbre. Bertha cruzó la calle e ingresó a su hogar, no entendía lo que había ocurrido. Los hijos y nietos de Inés y Filadelfio permanecieron allí, junto a sus padres. Después de algunos minutos, los trasladaron a un dispensario médico cercano. “Ahí solo nos confirmaron sus muertes. Nos dijeron que no podían hacerse cargo y que llamemos al 911”.

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En Guayaquil, donde la temperatura puede superar los 33° C, la descomposición de un cadáver avanza contra el reloj. “Llamamos al 911 y nada. Que ya venían, nos decían. Fuimos a una funeraria..., la misma historia. Que no, que tenían que esperar porque parece ser de coronavirus, que no la podían tocar”.

Los hijos de Inés y Filadelfio embalaron sus cadáveres con sus únicos recursos: plástico y sábanas. El olor era insoportable, dice Bertha, y se esparcía en esas casas de cemento de columnas débiles y cercanas.

Una de las hijas de Inés grabó un video. Ella, que vivía en la casa de sus padres junto a sus tres hijos, clamaba por ayuda. “Miren mis viejitos cómo están, miren cómo los tengo (mientras se observan los cuerpos en el piso). Nosotros también estamos recaídos, por favor, ayúdennos...”.

Las imágenes fueron registradas el martes 31 de marzo, pero los restos de sus padres fueron recogidos la noche del viernes 3 de abril. Desde ese día, la familia solo conoció que los cadáveres fueron trasladados al Hospital de Guasmo. “Nos dijeron que si hacíamos todos los papeles y teníamos dónde enterrarla, nos entregaban los cuerpos. Mis sobrinos consiguieron dos cajitas y dos nichos en el Parque de la Paz. Pero días después, les dijeron que los dos habían muerto con sospecha de covid-19 y que ellos (el Estado) se iban a hacer cargo de su entierro”, relata.

Hasta este jueves 16 de abril, la familia no sabe dónde se encuentran los cuerpos de Inés y Filadelfio o si ya fueron enterrados. “A mí me llamaron y me dijeron que busque en coronavirusecuador.com. Que ponga su número de cédula para saber en dónde está. No sale nada. Mi sobrino fue de nuevo al hospital y le dijeron que espere, que en cualquier momento va a salir. Nosotros no podemos esperar a ‘cualquier momento’”, cuestiona.

Bertha entiende la muerte; lo que le duele es la ausencia de la despedida. “Nunca podremos decirle adiós a mi hermana Inés y Filadelfio, nunca sabremos si son sus cuerpos: ¿Cuántas personas más deben morir? Nunca vamos a tener un lugar para ir ¿Cómo vamos a saber si ellos están sepultados ahí?”, protesta, impotente.

Se siente frustrada, sí, pero Bertha dice que guarda esperanza, que quiere sobrevivir, tal como le enseñó su hermana cuando la llevó a Mapasingue, lejos de dónde nacieron, en Manglaralto, en Santa Elena.

Desde el otro lado de la pantalla muestra una foto: dos rostros, aunque apenas visibles, sonríen al lente. Ella, Inés, tiene un gorrito que le cubre el cabello. Abraza a Filadelfio y descansa su cuerpo en él. Siempre fueron buenos compañeros, confiesa Bertha. Ella fue testigo de cómo la pareja construyó un hogar, que, aunque humilde, vio crecer a cinco hijos.

Pero hoy, donde hasta hace poco más de un mes había música, donde los comerciantes salían a ganarse el pan diario y las piscinas se improvisaban con lavacaras, hay silencio. “Aquí, somos pobres. Quisiera que el Gobierno se acuerde que nosotros somos pueblo y los apoyamos para que estén en el poder. Dicen en la televisión que están dando víveres, pero aquí no han llegado. Tampoco ese bono… Aquí hay hambre, señores, somos humanos. Es como una guerra sin armas en la que tenemos que defendernos solos”.

La familia de Inés y Filadelfio lucha a diario para aceptar la pérdida, pero no es la única. “¿Usted cree que solo nosotros tuvimos un cadáver en nuestra casa?”, pregunta Bertha. “Después de que ellos fallecieron, murió otra señora que vivía a lado de su vivienda el martes 31. Al siguiente día, otra pareja de esposos falleció. Así vivimos…”.

Antes de culminar el diálogo, Bertha confiesa que le recomendaron no decir nada. “Pero yo estoy diciendo mi verdad, ésta es nuestra historia. Estamos desprotegidos”. Y no deja de enorgullecerse de Inés: “Siempre se despertaba y me decía ‘Ya pues, hermana, ven acá’. Siempre fue una buena persona, era como nuestra mamá. Desde que salimos del suburbio y se consiguió su solar (terreno) aquí y nos vio crecer. Ya no está, pero solo le puedo decir que ella nunca dejó de luchar”, rememora. Así quiere que el país la recuerde.

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