16 de September de 2009 00:00

Hasta luego…

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Ivonne Guzmán

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Escribo estas líneas con una sola pregunta en la cabeza: ¿cómo decir adiós? Si les pasa igual que a mí y las despedidas les producen dolor de barriga -y un desasosiego que se parece a las ganas de llorar-, seguro nos vamos a entender, porque saben lo que se siente no querer decir adiós y tampoco saber cómo hacerlo…

Por ejemplo, acuérdense de esa vez que en un aeropuerto tuvieron que contener las lágrimas, poner buena cara y despedirse de esa amiga o ese pariente que se iba a estudiar o a probar suerte lejos, en un país donde nadie hablaba su idioma ni sabía sus secretos. Y ahí estaban ustedes, aguantando el dolor de barriga y las ganas de decirle: no te vayas.

O qué me dicen de esas despedidas lacrimógenas -dignas de  la pluma de Corín Tellado-, esas que protagonizamos al poner el punto final a una historia de amor, cuando ya no tenemos nada más que decir, nada a excepción de: adiós y buena suerte.

Claro que hay ‘adioses’ significativamente más dolorosos, trascendentales e irreparables, como aquellos que debemos aceptar cuando la muerte pasa de visita para cambiarnos la vida y nos deja sin palabras, sin poder ni querer decir adiós; cuando toda seguridad nos es arrebatada y, si acaso, nos quedan dos o tres preguntas: ¿por qué?, ¿dónde estás?, ¿cuándo volveré a verte?

A veces también toca decir adiós a un vicio o a una parte defectuosa nuestra, que cuesta mucho dejar, que no sabemos cómo dejar, de la que preferiríamos no despedirnos, porque es dificilísimo…Y de repente un día, a fuerza de voluntad, de lucidez, de amor propio, de valentía, dejamos atrás el vicio o la mala maña, casi sin pronunciar palabra, sin atrevernos siquiera a decir adiós, no vaya a ser que nos arrepintamos.

Talvez en este punto ya saben por qué estoy hablando de los ‘adioses’. Acertaron. He venido a despedirme de todos ustedes, de los que me han dado ánimos e ideas para seguir escribiendo; de los que me he hecho amiga a través de esta columna (de alguno hasta me enamoré, para que vean lo que 2 800 caracteres quincenales son capaces de hacer); de los que han discrepado conmigo -a veces con elegancia, a veces a los gritos y con malos modos, no importa-; en fin, de todos ustedes, a los que siempre tengo presentes: quiénes son, qué quieren, en qué sueñan, cómo viven, de qué hablan, qué les preocupa, de qué son capaces de reírse... porque soy una de ustedes.

También me despido de Diario EL COMERCIO, una casa que hace dos años me invitó con generosidad y me dio la responsabilidad y el privilegio de tener esta ventana para pensar en voz alta. Gracias.

Como dije al inicio, no me gusta decir adiós y tampoco sé cómo hacerlo; por eso mejor quedemos en que nos encontraremos pronto, y solo digamos hasta luego y buena suerte.

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