15 de julio de 2020 18:25

Juana Romero: 'No salíamos de las casas. Por las ventanas, de lejos, veíamos a los vecinos llorar'

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Fernando Medina
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Angela Analuisa tenía 94 años cuando falleció. El virus se apoderó de sus pulmones en menos de cuatro días. No podía respirar y la fiebre la agotaba aún más. Al final, perdió la batalla y sus ojos se cerraron definitivamente el 7 de abril de 2020.

Su nieta Isabel recuerda la fecha con tristeza, pues toda su familia estaba contagiada. Ellos viven en la calle F, entre la 25 y las 26, un sector del Suburbio oeste en Guayaquil.

Allí, los vecinos conocen de cerca lo letal que puede ser el covid-19. Entre marzo y abril, el mortal virus les arrebató a seis de sus moradores. A ninguno lo despidieron. El Gobierno prohibió los funerales y el contagio en la ciudad estaba en el nivel más alto.

“Guayaquil vivía días de terror. En las noticias pasaban las imágenes de los muertos en las casas y en las calles. La gente moría por decenas”, recuerda Isabel.

Las estadísticas oficiales también mostraban esa realidad. Los primeros días de abril, Guayas llegó a contabilizar hasta 600 muertos en un solo día.

“La gente estaba asustada. No salíamos de las casas. Por las ventanas, de lejos, veíamos a los vecinos llorar, luego nos enterábamos que la vecina o el vecino había muerto”, dice con temor Juana Romero.

Vecinos de un sector del Suburbio oeste en Guayaquil pintaron cruces con los nombres de las personas que murieron con covid-19. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Foto: cortesía

Ella es otra moradora del sector y también en esos días perdió a su primo Julián Anchaluisa. El hombre de 65 años falleció acostado en su hamaca el 2 de abril. Minutos antes había pedido a uno de sus cuatro hijos que lo ayudara a levantar para bañarse. Uno de los jóvenes fue a alistar la ducha y la ropa de su padre, pero cuando regresó él ya se había ido para siempre.

La enfermedad lo consumió en cinco días. Primero fue una tos, luego llegó la fiebre y al final la dificultad para respirar. Su familia dice que lo debilitó conocer que una de sus tías había muerto por esos días.

“No pasaban ni dos días del entierro de un vecino, cuando llegaba la noticia de la muerte de otro. Era muy triste este barrio”, cuenta Piedad Muñiz. Su casa también se vivió el luto de perder a un ser querido.

Su madre, Filomena Baque, falleció el 14 de abril. Un paro cardíaco cegó su existencia. Los médicos le dijeron que el virus no le quitó la vida, pero sí influyó en su estado emocional. En eso está de acuerdo su hija, cuenta que ella se desesperaba cada vez que escuchaba que un vecino había fallecido.

Lo mismo ocurrió cuando supo que una de sus primas y una de sus amigas habían muerto con covid-19. Ahora, sus restos reposan en el cementerio de Nobol, un cantón de Guayas. Su hija dice que la sepultaron allí porque era devota de santa Narcisa de Jesús.

Un día después de su muerte, el barrio decidió rendir un homenaje a todos los vecinos que murieron. Un grupo de jóvenes consiguió unos tarros de pintura blanca y pintaron en la calle dos cruces gigantes.

En cada una se colocaron los nombres de los seis vecinos que fallecieron durante la pandemia. El homenaje se realizó en la noche. Los asistentes llevaron velas y flores.

Tres meses después las marcas aún continúan en el piso. Las familias dicen que fue una buena idea para despedirse de todos. Además, de esta forma quieren que la gente de toda la ciudad recuerde a sus familiares fallecidos.

Los nombres que reposan en las cruces son Eduardo Guillén, Rosa Flores, Julián Anchaluisa, Juanita Zambrano, Ángela Analuisa y Filomena Baque.

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