24 de enero de 2019 13:47

Gloria tomó un taxi en Quito y fue violada frente a su hijo de cuatro años

Gloria y su familia, piden a la Justicia ecuatoriana que no permita que sus agresores caminen libres en la ciudad, que no deje que violenten a más mujeres. Foto: Archivo/ EL COMERCIO.

Gloria y su familia, piden a la Justicia ecuatoriana que no permita que sus agresores caminen libres en la ciudad, que no deje que violenten a más mujeres. Foto: Archivo/ EL COMERCIO.

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Redacción Elcomercio.com

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Era una jornada normal. Gloria caminaba por las calles de La Ofelia, en el norte de Quito. Con su pequeño hijo de cuatro años en brazos buscó un taxi para regresar a su casa en la vía a El Quinche, al nororiente de la capital.

El conductor del taxi se desvió del camino e hizo una parada en una tienda de barrio. Fue forzada a beberamedrentada.

Gloria comenzó a sentirse mal. Mareada, apenas podía distinguir los colores. Temía por su hijo. Fue llevada a una casa en La Ofelia y allí, amenazada con el arma blanca, fue violada por dos hombres frente a su pequeño.

Después de pedir a sus agresores que la dejaran salir para tomar aire, corrió con su hijo y se escondió. Para entonces, la mujer y su hijo habían pasado cinco horas retenidos contra su voluntad. Contactó a un amigo y él pudo llegar al lugar; la rescató y la trasladó a una vivienda en Carcelén, en el norte de la ciudad.

La Policía Nacional rastreó su teléfono móvil. Acompañada por su madre, Gloria, 23 años, denunció la violación en la Fiscalía esa misma noche, el martes 22 de enero del 2019. Ella y su familia, piden a la Justicia ecuatoriana que no permita que sus agresores caminen libres en la ciudad, que no deje que violenten a más mujeres. Este es su testimonio:

“Eran las 14:30. Hacía un calor insoportable en el sector La Ofelia, en el norte de Quito. No pude terminar unos trámites que necesitaba completar para mi hijo, así que decidí regresar a mi casa con mi pequeñito. Mi plan era dirigirme a El Condado en taxi y después, tomar un bus a mi casa, que queda lejos de la ciudad, vía a El Quinche. Todos los días escucho sobre casos de violencia, secuestros. Por eso, quería ir segura con mi hijo. Pensé que no me pasaría nada si tomaba un taxi. 

Paré un vehículo amarillo con negro. Dos hombres estaban en el taxi, el conductor y el copiloto. Subí porque no había muchos carros. Pensé que todo estaría bien, que nada iba a pasarme. Me preguntaron a dónde me dirigía. Contesté que a El Condado. Recuerdo que me llevaron por el Estadio de la Liga. En un principio, los hombres conversaban, pero comencé a notar que me veían de forma extraña, intensa. Me sentí incómoda.

Pasaron algunos minutos y me tomaron del pecho con fuerza. Pensé que querían robarme. Les mostré mi billetera pero no tenía nada de dinero, nada. Solo mi cédula, la de mi hijo y mi papeleta de votación.

Después, pasamos por la bomba de gasolina que está ubicada en una subida por el sector de La Ofelia. A unas tres cuadras, pararon y uno de ellos bajó a comprar cerveza en una tienda. Querían que beba el licor. Yo no quería, mi pequeño estaba ahí. Me forzaron a hacerlo.

Con el segundo vaso, comencé a sentirme mal.
Ya no sabía en dónde estaba. Sentía que mi cuerpo empezaba a dormirse pero no quería cerrar los ojos. Mi hijo estaba a mi lado. Lo abracé. 

Avanzaron una cuadra más. No puedo decir mi ubicación exacta porque no lo puedo recordar con lucidez. Pero sí me acuerdo a dónde me llevaron.

Era una casa de dos pisos, color anaranjado. Había un portón negro enorme. En ese lugar me amenazaron con un cuchillo y me violaron frente a mi hijo...

Comenzaron a tomar solos porque creo que se dieron cuenta de lo que mal que estaba. No sabía qué hacer. Estaba encerrada en cuatro paredes. Quería escapar.

Mi pequeño me decía que quería ir al baño que estaba en la misma habitación. Cuando lo metí, me encerré. Tenía mi celular y, aunque no tenía saldo, pude conectarme a Facebook. Le escribí a mi hermano menor y le pedí que por favor me ayudara. Después supe que él le avisó a mi madre y ella, a la Policía Nacional.

Ellos seguían bebiendo. Les pedí que me abran la puerta para poder tomar aire. Aceptaron. Tomé a mi hijo en brazos y cuando salí, corrí lo más rápido que pude. Uno de ellos, el que manejaba el vehículo, me siguió. Cuando salí, todo estaba oscuro. Serían las 19:00. Me escondí detrás de un vehículo. No pudieron verme.

No sabía qué hacer. Le escribí a un amigo y él me llamó. Le describí más o menos en dónde estaba y pudo llegar. Me di cuenta de que él estaba tomado. Subí en el auto. Él conducía muy fuerte, parecía que iba a dormirse. Me dio miedo. Le pedí que me lleve a algún UPC pero a cada momento cerraba los ojos.

Entonces, me llevó al lugar en el que estaba bebiendo con otro amigo. Él ya no avanzaba. Y se durmió. Yo decidí salir con mi pequeño, aunque no podía pararme. Hablé con la Policía y le dije que estaba en Carcelén, aunque no sabía el lugar exacto. Los agentes lograron rastrear mi celular y pudieron rescatarme.

Cuando llegaron, me desmayé y comencé a convulsionar. Perdí el conocimiento. Mi familia y los agentes me llevaron a la Judicatura y me practicaron varios exámenes. Tomaron mi testimonio varias veces. Me sentía confundida, presionada. 

Mi madre me acompañó a hacer la denuncia en la Fiscalía. La Policía detuvo a mi amigo, aunque en realidad me ayudó. No sé que me hubiese pasado si él no me encontraba. Pero mis agresores siguen libres. Por favor, que se haga justicia”.

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