5 de noviembre de 2018 00:00

Falsa alarma de plagio cambió la rutina en Alluriquín

La mamá de Sheila contó lo sucedido con los dos sospechosos, el pasado septiembre. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO y archivo

La mamá de Sheila contó lo sucedido con los dos sospechosos, el pasado septiembre. Foto: Juan Carlos Pérez para EL COMERCIO y archivo

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Redacción Santo Domingo

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En el poblado ya no se escucha el ruido de los niños que corrían detrás de otros en improvisados juegos. Se los veía escabullirse entre las filas de personas que se formaban alrededor de los puestos en los que se venden dulces en Alluriquín, una parroquia de Santo Domingo de los Tsáchilas. Ahora, poco salen de sus casas. Sus padres los acompañan cuando van a la escuela y están siempre pendientes.

Desde el pasado 29 de septiembre, que se conoció sobre el intento de secuestro a una niña de 11 años en esta zona, los padres tomaron medidas para evitar que sus hijos se expusieran ante desconocidos.

Todo comenzó a mediados de ese mes, cuando dos hombres comenzaron a preguntar por Sheila. En una primera ocasión la niña estaba sola en el local de dulces, porque su madre realizaba una diligencia. Entonces un hombre se bajó del carro a comprar. Sheila lo atendió y habló con él. Le preguntó su nombre y el nombre de la escuela en donde estudiaba. Ese día le dejó una propina adicional por la venta de dulces.

La semana pasada, este Diario volvió a Alluriquín y habló con la madre de la menor. La mujer contó que los desconocidos volvieron al puesto de ventas. Allí estaba la tía de la menor y el hombre preguntó nuevamente por la niña.

Para entonces, Sheila ya había contado a su madre que desconocidos la buscaban. Por eso, todos estaban en alerta. La noche del 29 de septiembre Neila, la madre de la menor, estaba a poco de cerrar el establecimiento porque iba a celebrar su cumpleaños con sus familiares. De pronto el hombre apareció y preguntó por su hija. Allí comenzó todo. La madre se enojó y le reclamó

Durante el cruce de palabras, un tío de la niña avisó a la Policía lo que ocurría. Los agentes llegaron, retuvieron a los hombres y pronto en todo el poblado se activaron las alarmas comunitarias que suenan por una emergencia. La noticia de un intento de secuestro se había expandido en todo Alluriquín. Fue entonces cuando los pobladores se aglomeraron en las afueras de la Unidad de Policía Comunitaria (UPC), hacia donde habían trasladado a los sospechosos. Pedían a gritos que les entregaran “para hacer justicia”. El vehículo en el que se movilizaban fue apedreado y terminó volcado.

Esa noche en la UPC había cinco policías. Ahora solo recuerdan que todo estaba convulsionado. La gente quería abrir la puerta principal. Por eso pidieron ayuda y llegó un equipo antimotines.

Hasta entonces, los policías no se habían enfrentado a una turba. Lo máximo que habían atendido eran las emergencias por evacuación cuando se desbordaba el río o por los deslaves en época de invierno.

Los policías pudieron protegerlos y así fueron llevados para investigaciones. En ese proceso, los abogados de los dos detenidos argumentaron que ellos acostumbraban a comprar melcochas para sus hijos que viven en Los Ríos. Entonces, por falta de pruebas, el juez dispuso que los involu­crados recobraran su libertad el 25 de octubre.

La Dinapen-Santo Domingo (Policía especializada en niños) recordó que este caso se investigó como un intento de secuestro. Pero sus agentes saben que en esa provincia no se han reportado plagios de menores.

Jorge Robles, director de esta dependencia, asegura que de las 90 personas desaparecidas este año, ninguna fue secuestrada. Ahora, los vecinos tienen desconfianza. Una madre de familia que vive frente a la UPC lleva a su hijo, de 5 años, a su negocio y no lo deja en casa como solía hacerlo antes.

Esta mujer, junto a la madre de Sheila, pide a la Policía que realice controles de ciudadanos. Ella lidera el comité de vigilancia de la zona y lleva un registro diario de los niños que van a la escuela. Esta medida entró en vigencia luego de los pedidos que hicieran los padres. Según el último reporte, unos 120 niños estudian en el plantel de Alluriquín y otros, en Santo Domingo.

La madre de Sheila retiró a la niña de la escuela en la que estudiaba, en Santo Domingo, y pidió que la trasladaran al plantel de Alluriquín. Quiere estar más cerca de ella. Ahora tiene miedo. A pocos días de haber denunciado el caso pidió a su abogado que desistiera de la acusación, porque frente a su negocio comenzaron a llegar carros sin placas.
 

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