4 de marzo de 2020 10:02

La esperanza sobrevive al infierno del campo para refugiados de Moria

Los migrantes huyen de la policía antidisturbios después de ser empujados a regresar al campamento de Moria desde el puerto de Mytilene, en la isla de Lesbos, donde esperaban tomar un ferry a Atenas el 3 de marzo de 2020. Varios grupos de ayuda en Lesbos

Los migrantes huyen de la policía antidisturbios en el campamento de Moria, después de que varios grupos de ayuda en Lesbos suspendieron el trabajo con refugiados y evacuaron al personal  a raíz de la violencia y las amenazas por la crisis migratoria. Foto: AFP

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Agencia EFE

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Algunos llevan ya cuatro años en el infierno de Moria (en la isla de Lesbos), otros, como el nigeriano Clemens, siete meses. A todos, independientemente de su procedencia, les une la esperanza de que algún día lograrán su propósito de empezar una vida mejor en Europa.

Niños rodeados de inmundicia que corretean en medio del barro e intentan jugar con lo que sea saludan con una sonrisa de oreja a oreja y el típico "hello" que han aprendido para usar con los voluntarios o medios de comunicación. Moria está repleta de niños. Conforman el 34 % de la población de los campos de refugiados en el mar Egeo. Son las víctimas más vulnerables de esta crisis migratoria sin visos de solución.

El campo de refugiados más grande de Europa
En este campo, que actualmente acoge a más de 20.000 personas, predominan los afganos, como en el resto de los campos del Egeo. Según las últimas cifras del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), el 49 % de la población de los campamentos en las islas está formado por afganos. Sólo el 20 % son sirios.

Muchos llevan aquí desde el comienzo de la crisis en 2015. No tienen casi ninguna posibilidad de poder salir legalmente de Grecia, ya que aquí Afganistán es considerado un tercer país seguro.

Aun así, no pierden la esperanza, bien sea porque creen que el servicio de asilo acabará reconociendo su caso o porque confían en salir por sus propios medios, alentados por las noticias que les llegan de familiares o amigos que lo han logrado.

Otra de las fuentes de las que bebe la esperanza en este campo son los rumores.

Ayer 3 de marzo de 2020, la noticia de la llegada de un barco a Lesbos para recoger al medio millar de personas que arribaron desde el fin de semana del 1 de marzo de 2020 -tras la apertura de la frontera por parte de Turquía- movilizó a más de dos millares de migrantes. Equipados con sus pertenencias o simplemente con lo puesto, acudieron rápidamente al puerto.

Todo se quedó en una ilusión. El barco es una prisión flotante para acoger a esos recién llegados, personas que ni siquiera tendrán derecho a solicitar asilo, al menos durante marzo de 2020, según un controvertido anuncio del Gobierno griego.

El norte de Europa, destino favorito
Clemens, un nigeriano de 28 años que estudió Ciencias de la Comunicación en su país y llegó hace siete meses a Moria -pasó primero un par de meses encarcelado en Atenas por haber entrado ilegalmente al país- sigue confiando en que obtendrá el asilo y que podrá desplazarse a su destino anhelado, alguno de los países nórdicos.

Asegura que tiene suficientes argumentos para obtener la protección internacional, pues pertenece a una minoría étnica perseguida en el sur de Nigeria.

Clemens está sólo en Moria pero tiene familiares en el Reino Unido, Alemania e incluso en Mallorca (España), pero él sueña con Finlandia, Suecia o Noruega.

Mientras habla de su vida, nos guía por este campamento compartimentado por zonas. En algunas predominan los afganos, en otras hay más africanos. En 2020 sirios se ven ya pocos.

El lavadero es uno de los pocos lugares donde se dan cita mujeres de distintas nacionalidades. Situado junto a las duchas en las que las colas duran todo el día, las mujeres lavan la colada en pequeños barreños y sentadas en el cemento.

Uno de los caminos de cemento que separa la parte del campo original de Moria, diseñado para 3.000 personas y rodeado de una verja, de la megalópolis crecida a su alrededor está tan raído y resbaladizo por el constante ir y venir que cada paso se convierte en un juego de equilibrio para no acabar en el suelo.

Mateen, un joven afgano, nos cuenta a nuestro paso que es la segunda vez que pasa por Grecia. Estuvo algunos años en Hamburgo (Alemania) -los suficientes para aprender bastante bien el idioma- pero las autoridades alemanas le deportaron a Grecia. Fue el país por el que entró a la Unión Europea y a él debió volver al no obtener permiso de asilo. Así lo estipula el anacrónico reglamento de Dublín.

A pesar de todo, Mateen sigue decidido a volver a Alemania y convencido de que lo logrará.

Mejor creer en las "fake news" que claudicar
Muchos, incluso personas como Clemens, llegado a Grecia en el cuarto año de la crisis, aseguran que nadie les avisó que este iba a ser su destino final.

"Cuando llegas a Turquía y preguntas cómo están las cosas aquí, te dicen que muy bien. Nadie te cuenta la verdad, nadie te dice cuán difícil es todo aquí. Nadie te dice nada. Los traficantes, a los que pagamos 1.000 dólares, te dicen que te van a traer a Grecia, no a una isla", explica.

Es un relato que se repite. Cuesta creerlo en tiempos en los que todo el mundo, también los habitantes de Moria, tienen acceso a internet. Pero cuando la esperanza es el principal motor de la supervivencia, quizás lo mejor sea creer solo en las buenas noticias.

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