14 de September de 2009 00:00

Equinoccio y erupciones en la urbe

valore
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0

LEA TAMBIÉN

LEA TAMBIÉN

Hugo Burgos/ Antropólogo

Quito, como ciudad colonial, no ha tenido una vida tranquila en el acaecer del tiempo. Ha asumido más bien un ritmo de reconstrucción, cada vez que repetidos cataclismos, erupciones o terremotos la dejaban asolada.

La urbe  ha tenido que cambiar, sean las torres de sus templos o bienes arquitectónicos. Lo que no ha cambiado es la fe religiosa, pues el 24 de septiembre se celebra todavía la fiesta de la Santísima Virgen de las Mercedes, y hasta donde se puede verificar, la fecha se remite a tiempos prehispánicos, pues, a la par que el 23 de septiembre se produce el equinoccio, en el mundo andino se hacían rituales antiguos.

Parece que hay una coincidencia ritual y festiva en ese mes. El 8 de septiembre de 1575 se dio en Quito una erupción del volcán Pichincha,  que obligó al Cabildo a declarar esa fecha como día de la Natividad de Nuestra Señora. “Reventó este volcán de Pichincha con tanta furia de truenos, fuego y ceniza, y tantas tinieblas, que no acertaban hombres y mujeres a entrar en este templo”, refiere Sánchez Solmirón.

(Hay otro terremoto en Quito el 30 de agosto de 1587). Pasarían 85 años, para que una nueva y violenta erupción se repitiera y causare más daños, a punto que se colocara en las breñas del Pichincha una bendecida imagen de piedra, largamente venerada, señalándose que el 27 de octubre de cada año se celebrase la fiesta de la Virgen del volcán. Un siglo después (1660), en el Libro del Cabildo Eclesiástico de Quito, se sancionaba: “Auto para que sea día de precepto el 24 de septiembre y vigilia en hacimiento (sic) de gracias por haberse suspendido los terremotos mediante la protección de la Virgen de la Merced”. Desde entonces se fortalecería el 24 de ese mes como fiesta más sonada de Quito,  pues no había otra advocación protectora, como postula  la historia eclesiástica de dignísimos escritores.  

He podido colegir que el culto quiteño se dividió en dos, una protectora de las erupciones y un protector de los temblores, con sendas festividades en el mismo mes. El 24 de septiembre para la “patrona y protectora de las erupciones de esta ciudad”, Virgen de la Merced. Y como Patrón y Abogado de los temblores el señor San Jerónimo, estatua desconocida hoy en la Catedral. Observaremos un triángulo místico que hacía como escudo de divina salvaguardia. 1er. ángulo: 8 de septiembre, fiesta de la Natividad de N.  Señora; 2º ángulo: 24 de septiembre, fiesta de la patrona de las erupciones; 3er. ángulo: 30 de septiembre, fiesta del Patrón de los Temblores, San Jerónimo.

La explicación puede ser dada conociendo a los obispos de Quito del siglo XVI, Garci Diez Arias, Pedro de la Peña y Luis López de Soliz, miembros de los concilios limenses. Fueron testigos de la campaña de extirpación de idolatrías emprendida en Perú. Su experiencia limeña la habrían transpuesto  a Quito, queriendo precautelar que las idolatrías peruanas, con motivo del Quilla Raimi (Pascua de la Luna) del 23 de septiembre, no se repitieran en Quito. Efectivamente, no desaparecieron del todo los rituales incas en Cusco, con el mes de la Sítua, dedicado a las aguas, a la mujer, a la Luna. “Todo era quemado y lanzado al río, sacrificio de ovejas, mucha coca molida, chicha y flores”. Los sacrificios de la Sítua ahuyentaban las enfermedades y el mal, alrededor del 23 de septiembre, concurrente con el equinoccio de la modernidad.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (0)
No (0)