2 de febrero de 2020 00:00

Eloy Alfaro y ‘La inevitable sentencia del destino'

El busto de Eloy Alfaro se erige junto a una decena de personajes, en la Universidad de Ankara (Turquía).

El busto de Eloy Alfaro se erige junto a una decena de personajes, en la Universidad de Ankara (Turquía).

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Amílcar Tapia Tamayo

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Eloy Alfaro Delgado es uno de los más destacados, al tiempo que controvertidos, personajes de la historia nacional. Sus partidarios lo califican como uno de los más notables hombres públicos que desde la Presidencia de la República cambió las viejas estructuras políticas reinantes en el país, a finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Otros acusan su gestión militar y de gobierno como cruel y déspota, ignorando las circunstancias de las luchas políticas de la época.

La vida y obra de Alfaro exigen de un sereno y detenido estudio histórico, político y sociológico, para comprender a ciencia cierta su obra y pensamiento, con el que pudo impulsar su Revolución Liberal, la cual ha dado lugar a que historiadores y hombres de letras escriban numerosos ensayos.

Se le atribuye al ‘Viejo Luchador’ la idea de que la única forma de lograr sus objetivos era a través de las armas, y la violencia era parte de la estrategia para gobernar.

“La fuerza era el único medio para cambiar las viejas estructuras imperantes en el Ecuador, que estaba condenado al infortunio, la pobreza y el atraso social, cultural y económico, razón por la que Alfaro no dudó un instante en aplicar con energía el uso de las armas con las que, a la postre, lograría llevar al país a un rumbo de crecimiento y desarrollo como no lo había tenido otro país de Sudamérica a finales del siglo XIX” (Miguel Sánchez, La Revolución de Alfaro, (folleto) 1928, p. 23, BAEP).

En el otro extremo político se hacían reflexiones parecidas: “¡Devotos, hijos de la Iglesia! Las armas y vuestra fe son las únicas herramientas que permitirán contener a este demonio de Alfaro que, salido del Averno, pretende cambiar las santas y nobles costumbres de paz, devoción y buen vivir que hemos gozado durante los gobiernos conservadores. No hay otra alternativa que luchar y, si en esa lucha llegan a morir, Dios y su Santa Providencia los acogerán en el cielo y premiará por su ofrenda de vida. ¡No teman dejar a sus hijos y familias, Dios los cuidará! ¡Muerte al tártaro!” (Carta del fray Manuel de la Torre, cura de Machachi, a sus feligreses. Octubre 14 de 1897, Archivo de la Curia Diocesana de Quito. Cartas y varios, 1895-1900).

Estas posiciones dividieron al país en esa época, en la cual conservadores y liberales libraron duros combates militares y políticos.
Cuando el 11 de agosto de 1911 Alfaro entregó el poder a Carlos Freile, quien se desempeñó también como rector de la Universidad Central del Ecuador, el país “se abría lentamente al progreso: el teléfono presidencial era el número tres. Guayaquil estrenó tranvías eléctricos y Quito, una planta eléctrica en Guápulo. Se creó la Cruz Roja y se estableció la Sanidad Pública.

En 1909 se celebró el centenario del Primer Grito, con la inauguración del monumento a los Héroes de la Independencia, en la Plaza Mayor de Quito y con una Exposición Internacional. En 1906 se fundó Diario EL COMERCIO, y lloró la efigie de La Dolorosa en la capilla del internado del Colegio San Gabriel de los jesuitas de Quito” (Simón Espinosa, Presidentes del Ecuador, Vistazo, 1996, p. 99).

Cuando Freile Zaldumbide llamó a elecciones para elegir al sucesor de Eloy Alfaro, se produjeron varios hechos que llevaron a duros y graves enfrentamientos militares entre tropas alfaristas y gobiernistas, estas últimas comandadas por los generales Julio Andrade y Leonidas Plaza. Los combates de Huigra, Naranjito y Yaguachi fueron sangrientos, sobre todo este último, puesto que murieron cerca de 3 000 soldados.

Vencedor el Gobierno, tomó represalias contra los jefes alfaristas, entre ellos Eloy, Flavio y Medardo Alfaro, Ulpiano Páez, Manuel Serrano y Luciano Coral, y se decidió que debían ser trasladados desde Guayaquil a Quito, para su enjuiciamiento.

La madrugada del 26 de enero de 1912, los presos fueron conducidos desde Guayaquil hasta Durán para tomar el tren que los llevaría a la capital. El 27 llegaron al pueblo de Alausí y se detuvieron por orden del Gobierno, que buscaba regresar a los penados a Guayaquil.

“Tuve la oportunidad de tener como paje a Miguel Guamán, quien me acompañaba en mis recorridos por diferentes lugares de Alausí, a los que por mi condición de párroco encargado debía visitar. Miguel gustaba recordar lo que le había contado su padre sobre el episodio del traslado de Alfaro y sus compañeros cuando eran llevados como prisioneros a Quito, lugar donde una muchedumbre les daría una dolorosa muerte.

“Cuando el tren llegó a Alausí, hubo un remolino de gente que estaba indignada por la presencia de los presos, por cuanto semanas atrás llegaron al pueblo varios jefes militares alfaristas que iban de casa en casa sacando a hombres, jóvenes y viejos para llevarlos a la guerra, entre ellos a don Juan Roldán, don Miguel Llerena y otros que pasaban de 70 años y ni se diga a los pobres indios que los llevaban amarrados. De los cientos que se fueron creo que no regresaron ni diez, toditos murieron, sobre todo en Yaguachi.”

“Como mi papacito se había corrido y escondido en la quebrada del Molino, fue llamado por el gringo don Catani, que tenía un hotelito en la plaza del pueblo, ya que uno de sus peones fue obligado a ir a la guerra y no regresó. Papacito decía que los presos fueron llevados al hotel del gringo y a él le encargaron atender al señor Alfaro, preparándole café y algo de comer. Contaba que el general Alfaro era un hombre pequeñito, medio gordo, que fumaba mucho, que estaba bien vestido, llevaba un sombrero de esos que hay en la Costa, así como un bastoncito con empuñadura de oro.”

“El señor Catani le había dicho ‘Cuidarás al viejo Alfaro. Si se corre, te caigo a palos. No lo dejarás solo un momento’. Claro, cómo lo iba a dejar solo si había un montón de soldados que también cuidaban a los presos.”

“En el cuarto en que fue metido el señor Alfaro había una cama, dos sillas y una lavacara. El señor Alfaro no quiso acostarse a pesar de que el viaje había sido largo y se sentó en un pequeño banco junto a la puerta. Enseguida se había puesto a conversar con papacito, averiguando su nombre y algunas cosas del pueblo. Papacito, con todo el temor, le había preguntado qué va a pasar con él y los otros señores, entonces el señor Alfaro le contestó: ‘Voy al encuentro de la inevitable sentencia del destino. Así paga la humana ingratitud a quien con tanto desvelo cambió a este país…’. Papacito dijo que se había quedado callado y sorprendido, entonces con el pretexto de ir a traer una taza de café, cogió un papel y un lápiz y escribió para no olvidarse lo que le dijo el señor Alfaro” (Carta del padre Joaquín Murgueitio, párroco de Alausí al obispo de Riobamba, febrero de 1935. Archivo de la Curia de Quito. Diócesis de Riobamba, Cartas y varios, hoja Nº 18).
Eloy Alfaro y sus compañeros fueron asesinados en Quito por una multitud, el 28 de enero de 1912.

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