15 de September de 2009 00:00

EE.UU. no quiere, Brasil no puede

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Carlos Alberto Montaner

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Estados Unidos no tiene interés en seguir siendo la potencia responsable de la estabilidad y el buen gobierno en Latinoamérica. Esa fue una incómoda tarea del siglo XX. Desaparecida la URSS, los políticos norteamericanos ya no sienten ningún peligro potencial para la seguridad nacional procedente de la región. Cuba les parece una dictadura decrépita que desaparecerá a corto o mediano plazo. A Chávez lo ven como un loquito pintoresco, exportador de petróleo, capaz de hacer mucho daño a los venezolanos y a sus vecinos, pero no a ellos.

Es verdad que Castro y Chávez están en una cruzada delirante encaminada a revivir la conquista del planeta para el socialismo del siglo XXI, pero ese disparate (por ahora) solo afecta a las víctimas directas de sus maquinaciones. Incluso, en un conflicto como el de Honduras, a Washington no le importó coincidir con los objetivos de sus enemigos, aunque el control de ese país por el chavismo eventualmente signifique otro par de millones de hondureños ilegales en Estados Unidos huyendo de la hambruna, el cierre de la base de Palmerola y otra pista de despegue para los narcotraficantes. 

Naturalmente, Estados Unidos preferiría que los países latinoamericanos fueran democráticos, prósperos y sensatos, como los de la Unión Europea, por ejemplo, pero Washington ya no siente ninguna urgencia de guiarlos en esa dirección. Le gustaría, eso sí,  que Brasil lo sustituyera en ese  liderazgo, pero es una ilusión absolutamente irreal.

Brasil es del tamaño de Estados Unidos, tiene 200 millones de habitantes y posee zonas parcialmente desarrolladas, pero dista mucho de ser una potencia. Basta revisar el CIA Fact Book para comprobarlo: su economía no resulta  innovadora y tiene apenas dos billones de dólares.

Más del 30% de su población es muy pobre. Tiene una de las distribuciones de ingresos más desiguales del planeta (56,7 en el índice Gini), mientras su per cápita anual es de apenas USD10,000. Ocho países latinoamericanos lo superan en este rubro.

Su nivel de corrupción es peor al de varios países africanos. Mantiene una economía protegida. Su burocracia es lenta y torpe. Sus universidades son mediocres, con muy pocos centros de excelencia.

Liderar cuesta dinero, a veces hay que utilizar la fuerza, y Brasil, que no consigue poner orden ni en las favelas, lleva demasiado tiempo volcado hacia dentro para reinventarse ahora como los Estados Unidos de Sudamérica. No lo desea. No puede. No tiene fuerzas. Pretende ser importante, pero sin asumir responsabilidades internacionales. Nada de esto quiere decir que Brasil no sea un sitio agradable y divertido para vivir, más grato que muchos países hispanoamericanos, sino que es absurdo pedirle peras al olmo. Nunca funciona.

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