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Una campesina logró el retorno progresivo de los niños a las aulas

Victoria Carlosama llegó a la escuela de la comunidad Naranjito, para una ceremonia ancestral. Foto: José Luis Rosales / El Comercio

Victoria Carlosama llegó a la escuela de la comunidad Naranjito, para una ceremonia ancestral. Foto: José Luis Rosales / El Comercio

Victoria Carlosama llegó a la escuela de la comunidad Naranjito, para una ceremonia ancestral. Foto: José Luis Rosales / El Comercio

Aunque Victoria Carlosama no tuvo oportunidad de ir a la escuela cuando era niña, ama la educación.

Su padre, Luis, trabajaba en el campo. Lo que ganaba no le alcanzaba para educar a sus hijos. Victoria es la quinta de siete hermanos. A inicios de 1970, en la comuna de Naranjito, de Imbabura, no había escuela. Los niños iban a planteles lejanos.

La mujer aprendió a leer y escribir durante una campaña de alfabetización, cuando tenía 22 años y estaba casada. Su esposo, Miguel Ricardo Túquerres, la animó a capacitarse.

Con 1,51 metros de estatura, expresiva al dialogar y orgullosa de la cultura indígena, confiesa que le gusta más hablar en su idioma originario, kichwa, que en castellano.

Para Carlosama, la educación es la mejor herramienta que puede tener una persona. Eso inculcó a sus ocho hijos. Cinco son profesionales.

Hoy, a sus 56 años, dirige la comisión de educación del Pueblo Karanki, con presencia en Ibarra y Pimampiro. Está en el cargo desde el 2019.

Lenin Farinango, integrante del Consejo de Gobierno, ha sido testigo de su lucha en defensa de los derechos de la mujer y la educación. Ella fue una de las opositoras al proceso de fusión de escuelas en el 2014.

La lideresa incursionó en la dirigencia a los 26 años. Ha estado al frente de la comisión de educación de su comuna Naranjito por seis ocasiones. La última vez en ese cargo fue cuando fusionaron el Centro Educativo Comunitario Intercultural Bilingüe Juan de Dios Navas con la Unidad Educativa Caranqui.

Un profesor resalta que gracias al impulso de Carlosama, el plantel de Naranjito se reabrió tras seis meses de cierre. Esa experiencia le permitió a ‘Mama’ Victoria, como la llaman sus allegados, ser reconocida como la defensora de la educación intercultural de su pueblo.

Con la mirada en las lomas vecinas de su casa, cubiertas de sembríos de maíz y papas, la campesina explica que en algunas comunidades (o parcialidades) karanki, como El Abra, Cochas, Chilco y Zuleta, no hay servicio de Internet.

A los estudiantes se les dificultó el nuevo sistema de clases virtuales. Por esos inconvenientes, los dirigentes solicitaron el retorno de los chicos a las aulas.
Carlosama viste anaco plisado, de tonos claros, blusa blanca con bordados multicolores y sombrero.

En junio pasado retomó el recorrido por La Esperanza, Angochagua y Mariano Acosta. Los padres de familia de esas zonas, en donde hay 11 escuelas, querían saber cuándo podían retornar a las aulas sus hijos.

Apelando al estatuto de la organización indígena, Carlosama solicitó a los profesionales karankis que la asesoraran para cumplir este anhelo.

En un diagnóstico identificaron que había instituciones que tenían máximo cinco estudiantes, como en Cochas, de Angochagua. El plantel de Chirihuasi, en La Esperanza, tenía seis. Pero ahora hay 82, gracias a que Carlosama convenció a los padres de familia para que llevaran nuevamente a sus hijos de otros planteles.

Verónica Silva, coordinadora Zonal 1 de Educación, resalta el liderazgo de Carlosama. Este primer plan piloto de la zona dio resultados. Los dirigentes comunitarios y funcionarios de educación formaron una mesa técnica para dar seguimiento.

En los 11 centros educativos karankis, integrados por 567 estudiantes y 46 profesores, alternan las clases en entre la casa y las aulas. Ellos son parte de los 2 077 alumnos y 152 docentes, de la Zona 1, que se acogieron voluntariamente al plan de continuidad educativa que se aplica en este tiempo de pandemia.

Carlosama alterna la dirigencia con la confección de prendas de vestir de mujeres indígenas, que vende en el mercado de Ibarra. Antes se ganaba la vida lavando ropa. Su esposo y su hija Danae, de 16 años, son el principal soporte de la mujer.

Un día a la semana visita sorpresivamente las escuelas, para verificar que todo marche bien. El último miércoles recorrió los planteles de El Abra, San Clemente y Chirihuasi. La mayoría de veces lo hace en el auto de Nelly Colimba, otra integrante de la mesa técnica de educación.

Para el Pueblo Karanki, Carlosama es una autoridad que está presente en actos relevantes. Por el nuevo año andino fue invitada a una ceremonia, en Naranjito, el 19 de marzo.

Hilda Herrera, exconcejala de Ibarra, admira la fortaleza de la campesina. La conoció hace ocho años. Recuerda que siempre participa en los proyectos comunitarios. Aportó con ideas para la Ordenanza de Pueblos y Nacionalidades, que está vigente.

Por una gestión de Carlosama, la Fundación Illary Imbabura envió voluntarios a las escuelas rurales karankis, para que dictasen clases de educación artística, cultura física e inglés. Ahora alista un nuevo plan para que el aprendizaje digital también llegue al campo.