5 de September de 2009 00:00

La edición pública se difunde poco

valore
Descrición
Indignado 0
Triste 0
Indiferente 0
Sorprendido 0
Contento 0

LEA TAMBIÉN

LEA TAMBIÉN

Redacción Cultura
cultura@elcomercio.com

Las  instituciones  públicas   editan   todos los años  una muy buena cantidad de  publicaciones que deambulan por el  mercado editorial ecuatoriano con suerte desigual.  ¿Cuál es la  política editorial a través de la   cual se distribuyen   estos  libros entre el público? Los proyectos más importantes, por su envergadura  y su duración, los han hecho los municipios  de   Guayaquil  y de Quito.

Hace poco se presentaron  los  últimos  10 títulos de la Colección de  novelas ecuatorianas contemporáneas, publicadas por  la Municipalidad de Guayaquil  y editadas por Javier  Vásconez.  En total son 29 títulos, con
 
1 000 ejemplares de cada uno.

¿Por qué ni uno de esos 29 000 libros  está en las librerías de Quito?  Melvin Hoyos,  director de Cultura  y Promoción Cívica de la Municipalidad, responde:  “No están porque  las  librerías no han querido  vender los  libros a  precio de costo como les  hemos propuesto. Pues se trata de un servicio  público y  no está  pensado como un negocio”.

El precio de costo (entre USD 8 y 14)   busca recuperar el capital y nada más.  Solo un local   aceptó  vender   los libros sin obtener  ninguna  ganancia: la librería  Vida Nueva. Allí y en dos  lugares más se   pueden conseguir esas colecciones:  en la Librería general de la U. Laica de Guayaquil,  y en la   librería del propio Cabildo.
 
Otro medio de difusión es  el  obsequio.   Las novelas se regalan entre los principales colegios y universidades de la ciudad. La proporción entre obsequio y venta directa es del 40% y 60%.
 
En el Municipio de Quito, el programa de publicaciones  ha estado manejado por el Fondo de Salvamento del Patrimonio Cultural (Fonsal). Desde  su creación, en 2003,  esa institución  ha publicado  cerca de 50  títulos, con  un tiraje  individual de entre   1 000 y 1 500 ejemplares.

En su caso, la distribución  sí permite  un margen de ganancia  para las librerías.  Alfonso Ortiz, encargado de ese  programa  editorial, explica que “los precios de los libros se establecen de acuerdo al costo de impresión.  Y, en otros casos, incluso menos. La inversión   es a fondo perdido, pues la intención del Fonsal no es necesariamente recuperar el dinero sino  difundir  los estudios sobre la ciudad”.

Dos títulos  han agotado su reserva de ejemplares: ‘Púlpitos quiteños’, de Ximena Escudero;  y ‘El sabor de la memoria’, de  Julio Pazos. Según datos del Fonsal,   en su bodega conservan  18 800 ejemplares de 45 títulos.

Los libros también se difunden  gratuitamente  entre las bibliotecas de  colegios  públicos de Quito. “También se han hecho entregas de   colecciones completas del Fonsal a 250 colegios públicos, en 2007 y 2008”.
 
Otro caso interesante es el de los  libros que ganaron la primera  convocatoria de premios literarios que lanzó el Ministerio de Cultura en 2007.  La  impresión, según el editor Xavier Michelena, quien participó en el proceso,  se  hizo en noviembre de 2008, mediante fondos de la  Cuenta Especial de Reactivación Económica, Productiva y Social (Cereps).
   
Según la normativa de esos fondos, los productos de la   inversión social no podían comercializarse. “Por eso es que las publicaciones no pudieron llegar a las librerías”, dice  Michelena.   La distribución se solucionó  así:  de los 1 000 ejemplares  se entregaron  300 a cada autor  y  el resto se obsequia en ferias  internacionales  y en  actos  institucionales del Ministerio. Además,   otros programas de esa Cartera  se han desarrollado con una  difusión masiva. La colección  Bicentenario, que circuló el año pasado,   publicó 10 000 ejemplares de 20 títulos  ecuatorianos; se vendieron a  USD 0,75 cada  uno.

Punto de Vista 
Pablo Cuvi / editor y escritor

Los libros nos pertenecen a  todos

He editado pocos libros y un par de folletos para instituciones  públicas, en los últimos 20 años.   No es mi campo la distribución. Pero lo primero que se debe aclarar es   para qué se hace un libro, para quiénes, con qué objetivos. Los buenos   libros deben superar las disputas políticas coyunturales, las   necesidades inmediatas, están hechos para perdurar, nos pertenecen a   todos. Una propaganda coyuntural puede matar a un libro.

Creo que  está bien que estas publicaciones no busquen ganancias, no es ese el papel del Estado.   Hace algunos años propuse que formen un fideicomiso, que se venda la  mitad de la edición a precio de costo, y con el dinero que se  recupere, se reimprima el libro sin costo para el Estado, y se siga   vendiendo. Suena bien y razonable, pero vaya a convencer a los   burócratas.

Descrición
¿Te sirvió esta noticia?:
Si (0)
No (0)