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Ney Farías, hace 21 años lleva una prótesis y nada la frena

Ney Farías muestra la cuarta prótesis que ha utilizado en estos 21 años sin su extremidad. Foto: Bolívar Velasco /EL COMERCIO

El accidente de tránsito en la vía Alóag-Santo Domingo le dejó una secuela para toda la vida.

En el 2000, Ney Farías perdió su brazo derecho tras el accidente que tuvo el bus en el que viajaba, a la altura del kilómetro 47, sector La Virgen.

Ese trágico capítulo lo recuerda al pie de la letra y, pese a los años, no se le escapa ningún detalle, porque son escenas que quiere mantener para explicar a otras personas cómo logró superarlo.

Ella cuenta todo lo sucedido como parte de una iniciativa que emprendió para que su historia sea conocida por quienes perdieron alguna parte de su cuerpo en diversas circunstancias.

Farías, de 39 años, sabe que la depresión y la no aceptación de no tener algo vital en el cuerpo es difícil de superar.

Con sus consejos y orientaciones ayuda a muchos para que sigan correctamente el proceso que implica llevar una extensión artificial o quizás nada.

Digna Tutizar y Esperanza Zambrano la contactaron luego de que encontraron su relato en redes sociales. Ellas no se habían animado a utilizar una prótesis porque creían que les incomodaría o les causaría un mayor impacto psicológico.

Ambas perdieron sus piernas tras una amputación por un cuadro de diabetes. Ahora, y tras las explicaciones de Farías, buscarán más asesoría en la Fundación Hermano Miguel, donde Farías también acudió para que le realizaran su cuarta extensión artificial de su extremidad.

Lorena Suárez, directiva de esta organización, dice que conoció a Farías con un optimismo muy alto. Ya había superado fases anteriores sobre su proceso de aceptación por la pérdida del brazo.

Entonces, no fue tan complejo avanzar con la implantación del accesorio, una situación que resulta problemática en otros casos, en los que se debe trabajar previamente con apoyo profesional.

Farías ha logrado aceptarse tal y como quedó, tras la cirugía que le practicaron ese miércoles 18 de octubre en el hospital Eugenio Espejo, en Quito.

Esa decisión era de vida o muerte. Si no se amputaba el deteriorado brazo, se hubiese complicado su salud por una infección que la exponía a perder la vida. De hecho, padeció de gangrena por la demora que hubo antes de la intervención.

En el siniestro ocurrido entre los buses de las cooperativas Transandina y Occidental, también perdió una parte de la piel del lado derecho de su rostro y del brazo izquierdo que no quedó tan afectado. La mandíbula y el hueso de esa área quedaron totalmente expuestas.

Entonces, los galenos tuvieron que implantar una parte de lo que quedaba de la piel del brazo mutilado. Farías lo narra sin quebrarse. Su semblante siempre está radiante y una sonrisa se le escapa luego que da cada detalle de lo ocurrido.

Cuenta que aquel día un policía la ayudó a salir de entre la humareda y los fierros retorcidos del bus, que luego del impacto contra la otra unidad terminó precipitándose hacia una peña.

El agente la cargó en sus brazos, la llevó a una ambulancia que, en principio, fue a un centro de salud del cantón Mejía y desde ahí la trasladaron a la casa de salud de la capital, donde fue intervenida.

En todo el trayecto, el policía estuvo siempre presente. Le decía que se calmara y que se mantuviera despierta; tenía una pérdida excesiva de sangre, que la había debilitado y que le causó un desmayo. Farías nunca supo más del uniformado. Ni siquiera su nombre consta en el registro del informe policial, que obtuvo para recopilar datos de su historia.

La mujer cree que fue un ángel enviado por Dios y que llegó al lugar para mantenerla a salvo de todo el riesgo.

La madre de familia de dos hijos, de 16 y 8 años, insiste en que la clave está en aprender a tolerar, primero, que eso que se perdió ya no está y jamás se restituirá.

En uno de los muebles de su vivienda, en el barrio El Libertador en Santo Domingo, sigue denotando jovialidad, en medio del repaso que aborda momentos que para ella ya dejaron de ser trágicos.

Las dificultades fueron parte de su rutina y supo tomarlas como tal, para seguir su nuevo ritmo de vida, con apoyo de su esposo y de su familia.

La falta de un brazo le supuso un desequilibrio para mantenerse de pie, o para levantarse de la cama a diario. Era todo un suplicio cada despertar y para lograr hacerlo pedía ayuda de su familia.

Recuerda a su hermano Ramsés, quien siempre estuvo a su lado apoyándola en actividades y con consejos. Es a quien más extraña. Él murió hace 10 meses en un accidente en la vía a Quinindé.

Su vida

En sus ratos libres acude a donde personas que necesitan motivación ante la pérdida de algún órgano o miembro del cuerpo. Ella les da consejos para que lo superen. Su número para contactos es el 096 955 4311.

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