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El sombrero de paja toquilla volvió a bajar de costo por la pandemia

En la parroquia cuencana de Sidcay, las hermanas Carmen y María Sánchez, viven del tejido de sombreros de paja toquilla. Foto: EL COMERCIO

Las manos hábiles de las tejedoras cuencanas, que heredaron la técnica de elaborar los sombreros de paja toquilla, siguen entrelazando las fibras naturales, pese a que con la pandemia del covid-19 el valor del producto y las ventas cayeron.  

Lo hacen las hermanas María y Carmen Sánchez, en los improvisados talleres que se abren espacio en las pequeñas salas o portales de sus viviendas, en la parroquia Sidcay. Ellas combinan el oficio del tejido con las tareas del hogar y el campo. 

Con cierto dejo de tristeza dice María: “Nosotros seguimos tejiendo con el mismo amor y empeño de siempre, pero hemos retrocedido a lo que ocurría hasta el 2012, cuando los intermediarios nos pagaban menos de USD 4 por un sombrero”.  

Esta situación mejoró con la declaratoria del tejido del tradicional sombrero de paja como Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad, por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco)

El acontecimiento ocurrió el 5 de diciembre del 2012 y a partir de eso, se revalorizó el oficio artesanal y las tejedoras vendían el sombrero de puntada normal hasta en USD 8. Con esos ingresos mantenían a sus familias.  

La elaboración de este accesorio de ala ancha comprende un proceso largo. Inicia con la cosecha, por parte de los agricultores, de las hojas de una palmera peculiar que crece en la costa del Ecuador, como en la provincia de Manabí.  

Para la elaboración de los sombreros artesanales, se requiere que la fibra de los tallos de toquillas estén verdes. Foto: EL COMERCIO

La recolección se produce cuando la fibra está verde. De allí los flexibles tallos de la toquilla son abiertos y separados, y pasan a un proceso de cocción en grandes ollas. Cuando están listos les polvorean azufre y son colocados en tendederos a la intemperie. 

En ese estado se vende la materia prima a las artesanas y en manos de ellas hay otro proceso laborioso. Solo con la habilidad de los dedos, las finas pajitas son dobladas y entrelazadas, y se va formando el sombrero. Esta tarea empieza en el centro de la copa.  

Una artesana elabora un sombrero de puntada normal en dos o tres días y los más finos demoran meses. El producto final lo vende sin acabar y en las fábricas, con ayuda de máquinas menores, le dan los toques finales de remate de puntadas, lavado, secado, horneado y planchado.  

Solo allí está listo para la venta y exportación a Estados Unidos y Europa, explica Susana Cabrera, de 57 años, quien aprendió a tejer este accesorio cuando era niña y ahora trabaja en una pequeña fábrica dando los acabados finales.  

Las artesanas Rosario Lema y Tránsito Campoverde enumeran otras causas que inciden sobre las pocas ventas. “Las exposiciones, ferias y fiestas tradicionales donde vendíamos el producto están canceladas, han caído las exportaciones y es escaso el ingreso de turistas extranjeros, que movían las ventas”.  

Aunque no existe un censo oficial, se calcula que en la capital azuaya hay más de 2 000 familias de las parroquias rurales de Octavio Cordero, Checa, Chiquintad y Sidcay que mantienen esta tradición artesanal y son quienes abastecen a las fábricas de la ciudad, almacenes artesanales y ferias.   

Las hermanas Sánchez, quienes heredaron la cultura ancestral de sus abuelos y padres, venden dos sombreros semanales cada una; y antes de la pandemia comercializaban el doble.  Los intermediarios nos pagan USD 3 y las fábricas USD 4, dice María. 

Pero a veces las fábricas no nos comprar porque dicen que tienen bastante producto embodegado, comenta su hermana Carmen.  Los hijos de ellas también aprendieron la técnica y viven de este oficio para mantener a sus familias.