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3 familias sin ayuda; sus esposos murieron

Nancy López Mendoza, afligida, recuerda que hace un año vio por última vez a su esposo, Modesto Bailón, uno de los tres pescadores de Súa desaparecidos entre las costas de Esmeraldas y Tumaco, Colombia.

El 6 de marzo de 2009 Bailón, acompañado de Francisco Bone y Boris Enrique, salió a una faena de rutina. Tres días después sus familiares recibieron una llamada anónima desde Colombia que los reportaba como fallecidos.

La embarcación fue encontrada en Cabo Manglar, una población fronteriza, ubicada a doce millas de Palma Real, jurisdicción ecuatoriana.

Desde entonces, la vida cambió para las familias de los tres pescadores. Al dolor de la pérdida de sus seres, se sumó la pobreza. “Mi esposo era la cabeza de hogar, yo nunca antes salí de mi casa para trabajar, pero ahora voy a cocinar y a limpiar en departamentos de turistas para subsistir”, relata López.

Darío, su hijo de 15 años, ahora pesca para conseguir dinero en favor de la educación de sus tres hermanos menores.

La promesa de ayuda del Gobierno se cumplió a medias. La Subsecretaría de Recursos Pesqueros le entregó a cada familia un motor fuera de borda. El que recibió López lo usa un pescador que tiene embarcación, quien le entrega, por cada faena, entre USD 10 y 15.

Las familias aún esperan becas de estudio y vivienda. “Han quedado desamparados”, dice Hugo Chila, secretario de la Cooperativa de Producción Pesquera Artesanal Nuevo Porvenir de Súa, parroquia del cantón Atacames.

Para él, sería justo que el Gobierno colombiano reconociera una indemnización a los dolientes de los pescadores ecuatorianos, que presuntamente fueron asesinados en territorio del vecino país.

López y las otras dos familias de los pescadores se mantienen en expectativa de que las autoridades les ayuden.

Incluso no pierden las esperanzas de que se puedan repatriar los restos de los fallecidos y poder sepultarlos.

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