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El drama de personas que viven en situación de indigencia ronda el Centro Histórico de Quito

El personal del programa Habitantes de la Calle trabaja a diario con quienes viven en la indigencia en el Centro. Las adicciones y las enfermedades mentales son comunes. Fotos: Diego Pallero / EL COMERCIO

El personal del programa Habitantes de la Calle trabaja a diario con quienes viven en la indigencia en el Centro. Las adicciones y las enfermedades mentales son comunes. Fotos: Diego Pallero / EL COMERCIO

El personal del programa Habitantes de la Calle trabaja a diario con quienes viven en la indigencia en el Centro. Las adicciones y las enfermedades mentales son comunes. Fotos: Diego Pallero / EL COMERCIO

“Extraño ser otra persona. Ya no quiero más esto”, dice un joven en una reu­nión del programa Habitantes de Calle, que impulsa el Patronato San José y la Alcaldía, en el Centro Histórico. Es viernes y este día él no consumió. Está triste y quiere saber dónde y cuándo velarán a su amigo que, la noche del jueves 7, fue hallado muerto.

Al parecer no tenía documentos, y cuando falleció usaba poca ropa. Sería “un caso de patología dual, común en quienes viven en la calle”, dice Paúl Túquerres, uno de los 16 brigadistas que a diario recorren la ciudad para abordar a este grupo vulnerable. “Son enfermedades biológicas y mentales sumadas a los efectos del consumo crónico de sustancias”.

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El hombre que falleció vivía en los cambuches levantados para guarecerse de la lluvia o pasar la noche en El Censo, pero el 17 de enero fue desalojado junto a nueve personas que buscan a diario dónde dormir. Según sus cercanos, llevaba varios días en situación de drogadicción o consumo. Lo más probable es que los efectos no le hayan permitido tener conciencia del frío y en esos casos, explica Túquerres, solo se quedan dormidos y no despiertan más.

Quienes lo conocían calculan que tenía 29 años y si no aparece un documento de identidad, sus amigos no podrán velarlo y se quedará como un NN.

La identidad es un derecho que ahora el Patronato San José y otras entidades, como La Toca de Asís, quieren restituir a quienes son conocidos con apodos como ‘Coco’, ‘Rata’ o ‘Negro’. A otros, los brigadistas los llaman ‘brothercito’, ‘mi seño’ o ‘mi don’, en general.

Se organiza una jornada de cedulación para este mes, explica Marcela Moscoso, directora de Otras Temáticas, del Patronato. Así, estas personas pueden acceder a servicios básicos como salud en un hospital público. O, simplemente, para recordar ellos y contarles a otras personas que tienen un nombre y una historia distinta antes de su llegada a la calle.

En Quito, la incidencia de extrema pobreza es mayor que en otras ciudades como Cuenca o Guayaquil. Y, si bien en toda la ciudad hay personas que buscan espacios para dormir, el Centro Histórico es el más concurrido, especialmente en sitios como Santo Domingo, el Colegio Mejía, La Basílica o las gradas de un local de la Benalcázar y Chile.

Pasa porque hay más espacios de asistencia como la Iglesia del Robo o la Escuela San Andrés. Además, hay quienes les reparten comida en la calle.

Quien sepa de una persona en situación de calle puede informar a la línea 1800 Qontigo.

No hay una cifra exacta de mendicidad, pues se trata de una población flotante, explica María Fernanda Pacheco, presidenta del Patronato. La Policía calcula que solo en la zona Manuela Sáenz hay unos 700.

Pacheco afirma que un 80% son adultos y 20%, niños. El 89% de estas personas -que reciben ayuda del programa de forma ambulante o interna- es adicto a la base, al crack, a la marihuana o a la ‘creepy’.

La mayoría también bebe alcohol o inhala pegamento. En una dosis pueden gastar entre USD 1 y 5. Para conseguir el dinero pueden llegar a delinquir.

Las palabras del joven que no quiere vivir así son alentadoras para quienes a diario trabajan con ellos. Es muy difícil lograr que acepten ayuda para superar su adicción, dice Marvin Velasco, quien desde hace 15 años hace estos abordajes.

Se acostumbran a vivir en la calle, bajo su propia ley, pero el trabajo de las brigadas es generar empatía, restituir sus derechos y reducir el daño. Logran avances hablándoles en su mismo lenguaje y sin una actitud compasiva sino solidaria.

El programa no sigue la lógica de la reinserción social. Túquerres, especializado en educación de calle, dice que parten del concepto de que la mendicidad existe y quienes la viven son parte de la comunidad.

Algunos, después de muchos años de batallar con su adicción, logran victorias gratificantes. Como Jonatan Alvarado. Él vivió en la antigua terminal desde los 7 años y hasta los 16 entró y salió de La Casa de la Niñez. Un día no se fue más.

Hoy tiene 20 años. Se graduó del colegio, fue abanderado y desde hace dos meses trabaja como brigadista del Patronato. Quiere ser psicólogo o abogado. De la mayoría de su familia prefiere no hablar. Quiere evitar recuerdos de la violencia y del origen de sus adicciones.

Ahora solo habla de la ayuda que ofrece a quienes viven lo que él vivió por años y de su hermano de 13 años, a quien pronto quiere llevar a vivir en un departamento que él pagará con el fruto de su trabajo. “Es un caso en 100”, dicen los brigadistas, pero por esos logros, aseguran, vale la pena cualquier esfuerzo.

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