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Rita Loreto: ‘El Seseribó fue un lugar donde eras auténtico’

Rita Loreto, una de las fundadoras del Seseribó, con el cuadro del artista Ramiro Jácome, el primero de una gran selección de obras plásticas. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Rita Loreto, una de las fundadoras del Seseribó, con el cuadro del artista Ramiro Jácome, el primero de una gran selección de obras plásticas. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Rita Loreto, una de las fundadoras del Seseribó, con el cuadro del artista Ramiro Jácome, el primero de una gran selección de obras plásticas. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Del otro lado de la pantalla en este diálogo por Zoom está Rita Loreto. Detrás de ella hay un cuadro de Ramiro Jácome, el primero que tuvo el Seseribó. Ella es una de las cuatro fundadoras de esta salsoteca que irrumpió en las frías y conservadoras noches quiteñas de los años 80 y dejó una impronta en la ciudad durante 30 años, a tal punto que hubo un sustantivo: los ‘seseriboseros’.

¿Cómo se les ocurrió crear el Seseribó en el Quito de ese tiempo?

Fue una aventura total. Éramos dos parejas amigas: Roberto Rubiano y Alma Proaño; José Rafael Vallejo y yo. Nosotros andábamos con los discos bajo el brazo de una casa a la otra. Nos reuníamos a bailar salsa porque nos gustaba mucho y no había a dónde ir. Un buen día, pensando en no seguir destrozando nuestros pisos y porque teníamos hijos chiquitos, quisimos ponernos un lugar donde pudiéramos bailar salsa durante seis meses.

¿Solo por seis meses?

Inicialmente sí. Un año quizá. Nunca pensamos que esto iba a funcionar. Para nosotros era tener a dónde ir.

Ustedes cuatro y quizá unos cuantos amigos más…

No tanto. En esa época preguntamos a los amigos qué les parecía la idea y decían que sí, pero no muy convencidos porque no eran muy salseros. Pero lo cierto es que nos pusimos a buscar locales y encontramos el primero en la Salazar e Isabel la Católica.

¿Cómo fue la primera noche?

¡No teníamos mezcladora! Se sentía un tiempo eterno entre canción y canción. Al día siguiente salimos corriendo a comprar una. Desde el primer día fueron todos los amigos para sorpresa nuestra. Parece que había un gran deseo de bailar salsa pese a que no la conocían. Después, con el boca a boca se fue llenando.

Lo que impresionaba era la calidad de los cuadros. El Seseribó fue una gran pinacoteca…

Las paredes eran de piedra. Dijimos que había que poner algo porque el ambiente era triste, aunque con la música se iba la tristeza. Ramiro Jácome hizo el mural, que me lo quedé yo con la repartición cuando cerramos. Luego muchos querían estar ahí. Nos entregaban obras a consignación o nos las prestaban. Nuestros clientes eran heterogéneos, de todos los grupos sociales, muchos intelectuales, políticos, periodistas y artistas. Por eso abrimos el espacio para exposiciones. Creo que la primera fue de Carlos Monsalve, en el 88, en el local antiguo. Y luego hicimos más (Stornaiolo, Jácome, Barragán, Camacho, entre otros). Nuestro compromiso con los artistas era correr con todos los gastos (invitaciones, cóctel, local) y nos dejaban una pieza a elección de ellos. Por eso tuvimos muchas obras. Además, cuando nos gustaba algo, comprábamos de vez en cuando porque Seseribó se convirtió sí, en un negocio, aunque esa no fue la intención original.

Al mismo tiempo aparecían Rumbasón y otras bandas de son.

Sí, y definitivamente influyó mucho para que se escuche salsa en la radio. La gente primero venía y no tenía ni idea. Se paraba a mirar bailar y poco a poco se animaba a bailar. La salsa tiene la ventaja de que si tienes buen oído y cierto ritmo, puedes bailar. Después empezaron a hacer la rueda del casino, que no me gustaba. La salsa es algo muy libre y podías bailar como quisieras. Seseribó llegó a ser tan famosa que los turistas les pedían a los taxistas que les llevaran al bar más emblemático de Quito y llegaban al Seseribó. Y tal vez no era el bar más quiteño; no era muy típico.

Era un lugar alternativo en una ciudad de poca vida nocturna.

Y una cosa chévere era que todo el mundo se sentía ‘parte de’. Nadie se sentía raro, como que se sentía parte de la onda. Era como un lugar donde se podía ser “auténtico”. Hasta nos tocaba hacer de psicólogos porque había amigos que se ponían a llorar en la barra. Salieron muchas parejas en el Seseribó, y también se deshicieron muchas parejas… Era muy democrático, la gente se sentía muy libre.

Juana Guarderas decía que era un lugar de seducción…

Por la música, el ambiente. Las personas, los dueños y los que trabajaban éramos personas súper libres en el sentido de no ser curuchupas. Tolerábamos, éramos y seguimos siendo muy diferentes al quiteño común. Y eso permitía que la gente se sintiera como en un lugar donde no tenía que pretender ser algo que no era.

Si bien era un lugar para bailar, también era para conversar…

Y mirar. Yo me paraba en una esquina a mirar a la gente bailar. Muchos se pasaban dando las vueltas, como buscando, viendo qué había, con mucha curiosidad y disfrutaban de eso.

Decían que en música, en el Seseribó el cliente no tiene la razón.

Eso decía Juan Pablo Patiño (que se había incorporado como socio). Los demás eran más complacientes. Yo siento que mientras ponías música que no era necesariamente la que todo el mundo quería pero era muy buena, la gente bailaba y bailaba. Cuando se ponía salsa para escuchar y no para bailar, la gente comenzaba a pedirte cualquier cosa, como la salsa erótica, que no es de mi estilo. Nosotros buscábamos actualizar la música dentro de unos mismos parámetros de salsa, que era más bien clásica. Había muchos grupos nuevos. Sí había salsa nueva, pero la gente quería también otra cosa, que no era propia del Seseribó para mi gusto.

Era un lugar donde se juntaban generaciones diferentes…

Nos encontrábamos a los hijos que iban a farrear.

Y los padres a portarse bien…

Y los hijos también (risas). Así pasaba hasta que los más viejitos dejamos de ir y quedaron los jóvenes. En una reunión de socios decíamos cómo hacer para que vuelvan amigos y antiguos clientes. Y Rubiano decía para qué, si esos no van a volver: si salen les da gripe, si se toman un trago les da agriera.

¿Les costó acomodarse a las nuevas generaciones?

No creo que ese fuera el problema, sino que más bien se cerró un ciclo. Hubo un declive y hubo un momento para cerrar.

TRAYECTORIA

Nació en Venezuela y llegó a Quito hace 39 años. Fue una de los cuatro fundadores del Seseribó, un lugar que funcionó por 30 años también como un sitio para el encuentro cultural de los quiteños. Tiene como profesión Ingeniera de sistemas.

Esta entrevista se publicó originalmente en la edición impresa de EL COMERCIO, el 5 de mayo del 2021.