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Eduardo Vega: ‘Toda la vida fui un observador de la naturaleza’

Fue el primer Director del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural para el Austro. Foto: Archivo / EL COMERCIO

Eduardo Vega es conocido como uno de los ceramistas más destacados del país. A esta faceta de su vida habría que sumar su no menos importante trabajo como muralista, empresario, gestor cultural y amante de los bosques. Desde la montaña de Turi, donde está ubicada su casa, rememora detalles de una existencia inagotable.

¿Qué lo impulsó a dejar sus estudios en química y dedicarse al mundo del arte?

En el colegio descubrí un gusto especial por la química así que entré a la universidad para seguir esa carrera, pero enseguida me di cuenta que lo mío era el arte. Me fui a España a estudiar bellas artes en la Academia de San Fernando de Madrid. De ahí pasé a Inglaterra, que era el primer mundo, a estudiar diseño en la Brixton School of Building de Londres. Luego regresé al país para estar con mi madre, que estaba muy delicada de salud.

¿Cómo fue ese primer encuentro con el arte cerámico?

Cuenca siempre ha sido una ciudad de mucha cerámica. Hay varios barrios de alfareros. Comencé a trabajar con ellos, sobre todo, con los que estaban en la zona de la calle Mariscal Lamar, para arriba, introduciendo mi arte. Al cabo de unos años me di cuenta que eso era a lo me quería dedicar.

¿Por eso se fue a Francia?

Justo por esos años entré a la Alianza Francesa de Cuenca, que ha sido una institución que ha impulsado el desarrollo cultural de la ciudad. Ellos me ayudaron a conseguir una beca del gobierno francés para estudiar cerámica. Finalmente, al cabo de unos meses, me fui a la Escuela de Bellas Artes de Bourges, una ciudad que está a dos horas de París. Era una zona en la que el arte y la industria de la cerámica estaba muy desarrollada.

Su estancia en Francia coincidió con Mayo del 68, ¿fue parte del movimiento estudiantil que salió a protestar a las calles?

Llegué a Francia en septiembre de 1967. En abril del siguiente año empezaron las revueltas de los estudiantes en todas las ciudades de Francia, pero el movimiento se desarrolló, de manera especial en París. Justo durante mayo y junio de 1968 me hospedé en la casa de Luis Enrique Jaramillo. Él y su esposa, que era francesa, vivían en una casa de la avenida Víctor Hugo.

¿Entonces estuvo en el epicentro de uno de los acontecimientos que marcaron la historia de la segunda mitad del siglo XX?

El epicentro estaba en la zona de las universidades y en el Barrio Latino. Con Julio Jaramillo, que por esos años estaba estudiando su doctorado en París, y otros amigos íbamos a esa zona a escuchar los discursos políticos. Recuerdo los del estudiante alemán Rudi Dutschke, que era uno de los líderes del movimiento. En algún momento también cogimos adoquines y los lanzamos a la policía.

¿O sea que vivió en carne propia esa famosa frase de los estudiantes: ¡Bajo los adoquines, la playa!?

Era algo increíble porque sacabas un adoquín y el resto se desgranaba con tremenda rapidez. Como no pesaban eran fáciles de lanzar. Nada que ver con los de acá de Cuenca que son enormes. Lo que sí tenías que hacer después era salir corriendo porque si te cogían ibas directo a la cárcel. Para junio, el movimiento perdió fuerza y comenzaron las negociaciones con el presidente francés De Gaulle.

¿Esos años franceses influyeron en su trabajo artístico?

Cuando estuve en Francia me dediqué a observar el trabajo de los estudiantes y de los ceramistas de Suecia y Dinamarca. Sus creaciones estaban llenas de relieves y tenían distinta profundidad. El primer mural que hice fue para el hotel El Dorado de Cuenca. Durante dos años trabajé todo el diseño interior de ese hotel y al final quedó una pared grande. Los dueños tenían la idea de negociar con Oswaldo Guayasamín, para que les haga un mural. Ahí les dije que también sabía hacer murales y les mostré el trabajo que hice en Francia. Aceptaron y el resultado es una obra de siete metros de ancho y siete metros de largo que está en el lobby del hotel.

¿Cómo recuerda esa primera experiencia muralística en Cuenca?

Como no tenía taller me fui a vivir unos meses en Chordeleg, que es otro sitio del Austro muy rico en alfarería. Durante cuatro meses trabajé con dos artesanos. Para ellos era rarísimo que la obra que estábamos haciendo fuera a terminar pegada en una pared. Como la mayoría de alfareros, ellos estaban acostumbrados a hacer cosas para el servicio de la casa. Después de esa experiencia supe que comenzaron a crear pequeños murales.

Hay artistas que reniegan del arte como algo utilitario, pero usted no, ¿por qué?

Cuando terminé el mural de El Dorado me comenzaron a llamar para hacer murales en otros lados dentro y fuera del país. En Guayaquil hice uno muy grande que está en el Hotel Continental. Al mismo tiempo me dediqué a la producción de cerámica utilitaria porque quería piezas con diseños muy nuestros. No copiaba, sino que sacaba de la naturaleza temas para aplicar en vajillas, floreros, o en piezas con formas de animales. Mucha de mi producción es resultado de haber observado la naturaleza.

Y de ser amante de los bosques.

Toda la vida fue un observador de la naturaleza. En el lugar donde vivo, en la montaña de Turi, mantengo un experimento muy interesante. Durante años he dejado que alrededor de la casa crezca un bosque natural. He sembrado muy poco la verdad, con la intención de que la propia naturaleza salga y haga lo suyo. Lo que sí he hecho es cultivar bromelias y orquídeas.

¿Fue complicado dedicarse al arte y ser empresario?

Artesa fue un invento mío. Hice esa empresa con dos amigos, uno sabía mucho de hornos, herramientas y máquinas para la cerámica y el otro, uno de sus hermanos, de la parte administrativa. Entre los tres creamos una empresa que duró 19 años. Salí porque mi ilusión era abrir un taller al lado de mi casa. Es algo que vi mucho en Francia. Allá los talleres siempre estaban ligados a los hogares.

Trayectoria

Tiene una larga carrera como ceramista y muralista. Fue el primer Director del Instituto Nacional de Patrimonio Cultural para el Austro. Junto a Alexandra Kennedy, su esposa, creó la Fundación Paul Rivet. Asimismo, fue concejal y vicealcalde de Cuenca.