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La caída de dos tiranos abrió el camino de la paz

La icónica foto en Times Square (Nueva York), tomada tras la rendición de Japón (14 de agosto de 1945). Fotos: archivo particular

La icónica foto en Times Square (Nueva York), tomada tras la rendición de Japón (14 de agosto de 1945). Fotos: archivo particular

La icónica foto en Times Square (Nueva York), tomada tras la rendición de Japón (14 de agosto de 1945). Fotos: archivo particular

Fue en mitad de semana, un miércoles. El 8 de mayo de 1945 las rotativas del mundo occidental se preparaban a publicar a seis columnas la noticia más esperada: los nazis se rendían y la guerra que asoló Europa y de alguna forma afectó a todo el orbe terminaba.

Tres cuartos de siglo después, la mitad de la humanidad está confinada, como si viviera otro gran conflicto global. Y la conmemoración de esta fecha que marcó un antes y un después en la historia contemporánea se limitó, según los reportes de las agencias internacionales de noticias, a nada pomposos homenajes de líderes mundiales como el del galo Emmanuel Macron, colocando una ofrenda floral en un Arco del Triunfo casi vacío.

A lo largo de los años, todas las ceremonias de recordación del fin de la Segunda Guerra Mundial han tenido como eje transversal la consigna de que todo el horror vivido desde 1939 hasta la victoria de los aliados no puede repetirse. Pero es imposible no preguntarse hasta qué punto está vigente dicha ilusión, cuando en las últimas elecciones de la Eurocámara -celebradas en mayo del 2019- en las listas italianas aparecía en dos ocasiones el apellido de uno de los grandes protagonistas de la conflagración.

Alessandra y Caio Julio César Mussolini, bisnietos de Benito, no alcanzaron entonces un escaño en Bruselas. Pero resulta más que una anécdota el hecho de que este último se haya postulado por Hermanos de Italia, descendiente del posfascista Movimiento Social Italiano, formado por veteranos y exlíderes de la negra era liderada por ‘Il Duce’.

Los partidos nacionalistas europeos intentan recuperar espacios impulsándose, por ejemplo, en el discurso antiinmigración. Es como si la huella de Mussolini y su gran aliado, Adolfo Hitler, se resistiera a desvanecerse a pesar de que sus finales podrían describirse de cualquier forma menos como heroicos.

Los últimos tres días del dictador italiano, que ansiaba convertirse en la versión moderna de los grandes emperadores del Imperio Romano, fueron de decepción. Según recuenta el autor de libros de historia Cristopher Klein, el 25 de abril de 1945 Benito Musso­lini se enteraba con furia en Milán que el Tercer Reich estaba negociando una rendición incondicional sin avisarle.

Todo el culto a su imagen cultivado durante años a través de afiches y fotos en los periódicos terminó jugándole en contra. Fue mucho más fácil para un grupo de miembros de la resistencia a su régimen reconocerlo cuando se dirigía al lago de Como y la frontera con Suiza acompañado de su amante, Clara Petacci, de 33 años. Ambos se habían unido a un grupo de fascistas y soldados alemanes que intentaban escapar a bordo de un convoy.

Los partisanos no quisieron correr el riesgo de que se repitiera la Operación Roble, del 12 de septiembre de 1943, cuando un comando de paracaidistas alemanes lo liberó de su encierro en un hotel en los Apeninos. Un mes y medio antes había sido destituido por los malos resultados en la guerra, pero tras el rescate fue llevado a Alemania y recibió el apoyo de Hitler, que lo nombró líder de la República Social Italiana, establecida bajo auspicio alemán en el norte de Italia, controlado por los nazis.

Por eso lo escondieron junto a su joven pareja en una casa de campo, para el 28 de abril de 1945 ejecutar a ambos en la pequeña localidad de Giulino di Mezzegra.

A 992,1 kilómetros de ahí, en Berlín, Adolfo Hitler estaba decidido a no tener un fin similar, y mucho menos que su cuerpo sufriera la vejación de ser exhibido de cabeza en una gasolinera, como le ocurrió a su colaborador.

Benito Mu­ssolini recibió en 1943 el apoyo de Adolfo Hitler, cuando había sido destituido en su país.

Ante la inminente llegada de las balas y las bombas del Ejército soviético, tomó la decisión de quitarse la vida. En el búnker construido a 15 metros de profundidad bajo la Cancillería contrajo matrimonio con su compañera, Eva Braun. El 30 de abril, diez días después de cumplir 56 años, comió como último almuerzo un plato de pasta sin ningún acompañamiento, y se retiró junto con su ya esposa al dormitorio, cada uno llevando consigo una pastilla de cianuro.

Los miembros de su círculo íntimo que no habían desertado escucharon un disparo, y al entrar en la habitación encontraron a la mujer muerta a causa del veneno y al líder del Tercer Reich con un tiro en la sien, de acuerdo con las investigaciones históricas de Anthony Beevor y Joachim Fest.

Lo que Hitler nunca se imaginó fue que, como su deseo de ser incinerado inmediatamente solo se cumplió a medias debido a la irrupción de las fuerzas soviéticas, sus restos se convertirían en materia de especulación y hasta de leyenda popular. A Moscú llegaron parte de su cráneo y sus piezas dentales para corroborar su identidad, cotejando estas últimas con los archivos de su dentista. Y en 1999 Sergéi Kondrashev, un exagente del enigmático KGB, reveló que lo que quedaba de los cadáveres fue incinerado discretamente en 1970, tras pasar años en una fosa común de la entonces A­lemania del Este.

El titular del día siguiente del diario The New York Times decía que Karl Doenitz, sucesor del Führer, había dispuesto que la guerra continuaba. Pero siete días después la rendición se consumaba, dejando a EE.UU. la tarea pendiente de la rendición de Japón, lo cual se produjo el 14 de agosto de 1945.

El viernes, la reina Isabel II de Inglaterra dijo, a la misma hora en que lo hizo su padre -el rey Jorge VI– en su ‘Discurso de la Victoria’ hace 75 años: “Nos espera mucho trabajo duro”, otra frase para un mundo que quiere levantarse: “No bajen nunca los brazos, no hay que perder la esperanza”.