2 de June de 2009 00:00

Cuba y la OEA

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Carlos Alberto Montaner

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La batalla diplomática en torno del posible regreso de Cuba a la OEA es un laberinto de paradojas.

Venezuela y sus aliados quieren que regrese a la institución, de donde fue expulsada en 1962 por su vinculación al marxismo leninismo. EE.UU. y Canadá se oponen, porque la Carta Democrática, firmada en 2001 por todos los Estados miembros (incluida la Venezuela de Chávez), exige que las naciones miembros tengan pluralidad política, elecciones libres y respeten los derechos humanos.

En medio se encuentra el chileno José Miguel Insulza, secretario de la OEA. Cuba puede ser una dictadura, como reconoce, y simultáneamente pertenecer a una institución que rechaza las dictaduras, como manda la OEA.

¿Por  qué lo hace?  Según los malpensados, porque le debe su cargo a Hugo Chávez. Según sus amigos, porque desde la OEA sería más fácil impulsar cambios democráticos dentro de la Isla.

Los Castro no tienen interés en reingresar a la OEA. Fidel siempre la ha insultado llamándola “ministerio de colonias”, “prostíbulo de los americanos”, “maloliente”, entre otras lindezas. La última andanada  le negaba el derecho a juzgar la realidad cubana desde una perspectiva ética.

Esta batalla, que tiene cierto costo para el chavecismo, tampoco beneficia al Gobierno cubano, que percibe el conflicto como una humillación. Todo sucede en el peor momento para los Castro, inmersos en una aguda crisis económica de la que pretenden salir, con mayores controles y represión, pese a medio siglo de experiencias negativas, y cuando se palpa una total frustración de los cuadros y militantes comunistas.

Ese desánimo general se comprobó en la encuesta secreta realizada por el partido en la Universidad de La Habana a fines de 2008: de 30 000 personas, supuestamente simpatizantes, solo el 8% de los profesores y administradores y apenas el 22% de  estudiantes, apoyaba al Gobierno. La mayoría quería acabar cuanto antes ese viejo y desacreditado disparate. La encuesta fue una de las causas de la expulsión de Juan Vela, Ministro de Educación Superior, quien la autorizó convencido de que los resultados serían   una llamada de atención frente al inmovilismo del Gobierno.

La paradoja mayor es la relación entre la supervivencia de Fidel y la creciente deslegitimación de Raúl como heredero. Mientras más tiempo continúe vivo Fidel, con su terco estalinismo, más débil y repudiado llegará Raúl al “gran entierro”, y menos posibilidades tendrá para organizar la transmisión de la autoridad.

Con casi tres años ya de gobierno, la situación ha empeorado intensamente. Fidel construyó a su antojo la vida de su hermano Raúl. Ahora le está cavando una fosa profunda e innoble.

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