31 de marzo de 2021 00:00

‘El covid-19 casi se lleva a mi familia, 20 parientes nos contagiamos’: Patricia Benalcázar

Roberto Moncayo, de 62 años, junto a su esposa, Patricia Benalcázar, de 53. Ambos se recuperan.Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO

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Mariela Rosero

Patricia Benalcázar, una educadora, compartió con EL COMERCIO, su testimonio. Es la historia de una imprudencia, que pudo terminar mucho peor:

"Este virus se expande como pólvora. No dejó libre más que a una pequeña de mi familia. Veinte personas: los cuatro hermanos, esposos, un par de suegros y también nuestros hijos nos contagiamos de covid-19. Mi mami Rosi, de 80 años, fue la más afectada; pasó 28 días en terapia intensiva, 17 intubada. Recién el domingo le dieron de alta.

Mis hermanos Elena, Jorge y Geovany, de 52, 43 y 42 años, respectivamente, y yo, Patricia, la mayor, de 53, decidimos compartir nuestra historia. Buscamos que las personas aprendan de lo que nos pasó, para que no se confíen.

Jorge piensa que lo que vivimos fue resultado de una imprudencia. Creíamos que por ser familiares no nos pasaría nada al reunirnos, aunque el covid-19 circula ya un año en el país.

Mis papitos vivían por la América, en un condominio. Algunos meses del año anterior se quedaron con mi esposo y mi hijo en nuestra casita en San Rafael.

Pero mi mami Rosi quiso volver a su espacio. Tiempito después mi papito se puso mal y falleció. Ella prefirió quedarse allá.

Todos somos unidos, pero por la cercanía, Geovany iba seguido a visitarla. Es un hijo amoroso, siempre se sometía a pruebas diagnósticas para saber si tenía coronavirus, porque trabaja presencialmente. Pero cualquiera pudo traer el virus. El 7 de febrero todos nos juntamos. Comimos pastel. Yo llegué más tarde.

Días después, mi mami se puso mal; el médico no detectó que se encontraba infectada de covid-19, le envió medicina. Y yo decidí llevármela a mi hogar, para cuidarla. Pasó mal tres días; para entonces mi hermano Geovany recibió un resultado positivo. Y todos nos sentimos en jaque; nos hicimos la prueba y mi mami resultó contagiada.

La llevamos a una clínica. Por su edad no se sentía bien ahí, decía que le iban a pasar el virus y le explicábamos que ya lo tenía, pero repetía que quería volver a casa.

El especialista nos recomendó que compráramos oxígeno y que la tratáramos en nuestro domicilio, con apoyo de enfermeras. Fue una mala decisión. Ella empeoró y cuando quisimos buscarle un espacio no había. La ambulancia nos dirigió al Hospital del IESS Quito Sur. La recibieron en cuidados intermedios.

Ahí pasó cuatro días, hasta que nos explicaron que mi mami necesitaba terapia intensiva. Y que era la paciente número 39 en la lista de espera, por una cama en esa unidad. Literal no era prioridad por su avanzada edad.

Con esa urgente necesidad de encontrarle un lugar dimos con otra clínica privada. Nos dijeron que podían aceptarla, pero que el día en la unidad de terapia intensiva (UCI) costaba USD 2 000, más otros gastos sumaban 3 000. Mi papito -fallecido en noviembre- le dejó una herencia, en una póliza. Y la usamos.

Pero el tiempo pasó y de pronto nos acercábamos a una cuenta de USD 50 000. Ya se terminaba el fondito, pensamos en vender el auto, la casa. Amigos y familiares ayudaron económicamente y con oraciones.

Hasta que mi hermano le escribió un mensaje en Twitter, a Jorge Wated, que ya había dejado la dirección del Seguro Social, pero le respondió. Al siguiente día hicimos el trámite y el IESS se hizo cargo del resto de la cuenta, para los siguientes días, ya que mi mami recibe el montepío y además mi papi siempre le pagó una extensión, para que esté protegida. Se atendía en sus hospitales y recibía su medicina.

Esta enfermedad es terrible. No deja nada a su paso. Obviamente, días después de que confirmáramos el diagnóstico de mi madre, mi esposo y yo nos hicimos otra prueba y ya éramos positivos. Mi hermana y mis hermanos también y sus familias.

Nos estábamos tratando en casa, con el apoyo de un médico. Pero una noche mi esposo presentó fiebre de 40°C. Lo llevamos al Hospital San Francisco, del IESS. Mi hijo condujo, los tres contagiados. Nos dijeron que desarrolló una tremenda neumonía. Pasó siete días internado.

Mientras, yo seguía en casa, con fármacos. Un día no podía respirar bien. Mi hijo estudia Medicina y veía que mi saturación de oxígeno estaba bajísima.

Me trasladó a una clínica, ya que tengo seguro privado, que cubre el 90% de gastos. Me quedé nueve días internada. El 50% de los dos pulmones estaban afectados, más que nada el izquierdo. Me sentía tan cerca de la muerte, que le pedía a Dios que me lleve pero que cuide de mi marido, que tiene 62 años.

En la clínica, unas cortinas separaban un cubículo de otro. Estaba débil, una enfermera me ayudaba para ir al sanitario, llevábamos el tanque de oxígeno. Yo no sabía si era de día o de noche. Comía y todo me sentaba mal. No perdí el olfato ni el gusto.

Cuando me reponía un poco intentaba revisar el celular, para saber de mi esposo y de mi mamita. Sentía mucho miedo por ambos. Cuando nos dirigíamos al San Francisco vomitaba, la fiebre altísima le afectó hasta al oído y perdió el equilibrio.

El covid-19 afecta emocionalmente. Miras de cerca tu sepulcro pues no respeta edades. En la clínica yo escuchaba lo que vivían los demás pacientes, su dolor. A uno le informaron que debían drenarle el pulmón urgente.

Se me rompía el corazón con la historia de un español que vino a trabajar en Ecuador y se contagió al poco tiempo, aquí estaba solo. Un día a un señor le dieron de alta a las 10:00 pero tuvo que esperar hasta las 20:00 pues su familia se tardó en conseguir el dinero para sacarlo.

Cuando salía de la clínica, una niña de 11 años ingresaba. Ya entendí, no debemos reunirnos más. Veo en mi barrio a jóvenes en fila para ingresar a un gimansio. Mi mamita ya salió el domingo. Viene la etapa dura, la de recuperación, pero será acá. Tenemos secuelas, pero mantenemos la fe. Les pedimos unirse a nuestras oraciones, pero también cuidarse sin salir de casa innecesariamente”.

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