9 de September de 2009 00:00

Construir una democracia radical

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Víctor Granda Aguilar

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Uno de los rasgos de la nueva izquierda y de quienes se autodefinen como “socialistas del siglo XXI” debería ser su compromiso teórico y práctico con  la democracia radical.

La democracia radical implica construir una nueva economía, fundamentalmente productiva, sustentada en la explotación de los recursos naturales, que genere empleo y  garantice formas efectivas de redistribución de la riqueza, recuperando el papel del Estado  sin distorsiones burocráticas y centralistas. Implica también construir un régimen  garantista de  derechos de todas y todos, sin afán de controlar verticalmente las instituciones públicas.

El ejercicio político de quienes gobiernan debería evidenciar un real cambio de época, diferenciándose claramente de regímenes autoritarios de derecha y ejerciendo un liderazgo no solo electoral sino moral,  que incorpore, en la conducción del Estado, a ciudadanos y  organizaciones sociales y políticas alternativas, cuyo acumulado y lucha históricos facilitaron su ascenso al poder.

El ejercicio del poder en nuevas manos debería caracterizarse por el pluralismo, la tolerancia, la formación de nuevos líderes y la valorización de lo colectivo, controlando todo ímpetu caudillista que distorsiona un proceso real de cambio y lo convierte en un instrumento más de la recomposición del capitalismo global.

El gobierno del presidente Correa es progresista y cuenta con una Constitución que puede permitir el cambio, pese a sus errores, contradicciones y vacíos. 

Ningún ciudadano sensato -y para ello no se requiere ser de derecha o izquierda-  estará en desacuerdo en combatir la extrema pobreza; tampoco se opondrá a una recuperación del espacio público frente a la absurda e interesada privatización del Estado, ni a una mayor redistribución de la riqueza con reformas tributarias y reformando los ineficientes sistemas de salud y educación pública y, mucho menos, desaprobará las tesis integracionistas y las acciones de defensa de la soberanía nacional.

Sin embargo, el Presidente, asediado por escándalos de corrupción de su entorno, polariza inútilmente a la sociedad enfrentando a las organizaciones sociales e indígenas y a los medios de comunicación, usando un estilo verbal agresivo, con visos autoritarios, que son, obviamente, aprovechados por la oposición para magnificar sus errores y crear un clima de inestabilidad y escepticismo que conspira para que los propósitos reales del cambio, si realmente existen, puedan concretarse en pro de la mayoría.

Con preocupación vemos que el Régimen se aleja cada vez más de un ejercicio de democracia radical; debería realizar urgentes rectificaciones que signifiquen una profundización y democratización de su revolución para no provocar una frustración popular  más en la historia nacional.

Columnista invitado

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