26 de junio de 2019 00:00

Poco control a ventas informales en buses de Quito

una vendedora autorizada junto a la mercadería de colegas informales.

Una vendedora autorizada junto a la mercadería de colegas informales. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

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Ana María Carvajal
Redactora (I)

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Largos discursos u ofertas rápidas. Todo depende del estilo de cada vendedor para llegar a su clientela en las vías de Quito. El producto varía según el clima, la hora del día y el monto disponible para invertir. En un bus convencional, un trole o un articulado hay de todo: golosinas, agua, energizantes, mandarinas, hilos, discos, accesorios para celulares.

La venta informal es común en el transporte público, pero se ha intensificado con la migración y el desempleo. Según el INEC, a marzo de este 2019, 9,6 personas de cada 100 residentes en Quito no tenían empleo. Esta tasa creció en 2,6 puntos con respecto del mismo mes del año pasado.

Según el urbanista Hernán Orbea, es lógico que estas actividades surjan cuando hay problemas de desempleo. Pero la situación en buses es una evidencia de que no hay un control sobre los sistemas de transporte ni políticas claras sobre las actividades dentro de las unidades. Por eso sugiere que se generen planes que le den al conductor la posibilidad de no permitir el ingreso de comerciantes, por ejemplo.

Jorge Gallo usa el sistema municipal entre la Villa Flora y Guamaní. Él entiende la necesidad que obliga a cientos de personas a vender cosas en los buses y prefiere que se dediquen a eso que a delinquir. 


Pero pide más control, “porque hay niños que suben mendigando u ofreciendo caramelos. Hay delincuentes disfrazados de vendedores”. Valora que “usualmente son respetuosos” y dice que pocas veces hay gente agresiva al vender.

En las estaciones municipales abundan los vendedores. Se calcula que en Quito había, a fines del 2018, 11 000 comerciantes informales en al menos 38 sectores de la ciudad, pero no se conoce cuántos en buses.

Ahora, la Empresa de Transporte de Pasajeros trabaja con la Policía Nacional y el Cuerpo de Agentes de Control en operativos disuasivos para explicar a los vendedores que se necesita un permiso. En paradas, estaciones y biarticulados hay 136 cámaras que se emplearán en estos operativos.

Ayer y anteayer hubo controles de venta informal y de seguridad en La Marín, El Recreo y Quitumbe y seguirán de forma aleatoria. Aunque la presencia de uniformados reduce el número de vendedores, ellos vuelven, como en el juego del gato y el ratón. Una mujer que prefirió no revelar su nombre vende rosas en El Recreo. Dice que es difícil cuando los uniformados le piden irse, pero vuelve por necesidad.

vendedores entregan productos a los pasajeros de un bus en la av. Amazonas.

Vendedores entregan productos a los pasajeros de un bus en la av. Amazonas. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO


Cuenta que el jueves pasado vio una discusión entre vendedores, porque algunos reclaman ‘su zona’ y que esos episodios se dan al final de la tarde, cuando las estaciones se convierten en “mercados”.

En cambio, en avenidas como la Amazonas, el control es más difícil. La Agencia Metropolitana de Control tiene potestad sobre el uso del espacio público, pero no puede intervenir en los buses. Sin embargo, ha realizado 43 operativos entre el 2018 y lo que va del 2019 en terminales. Además, ha hecho 930 operativos este año en distintos sitios, incluyendo paradas de buses.

Algunos buses tienen letreros con frases como “prohibido vendedores y charlatanes”. Aunque quienes llevan meses o años en la calle ya saben en cuáles buses podrán trabajar. Según Jorge Yánez, dirigente de transporte, esa es la única medida que pueden tomar. Años atrás, se probó con distintivos para vendedores autorizados, pero eso ya no funciona.

Quienes venden agua, como Luis Hernández, se suben por unos segundos, ofrecen el producto y se bajan. Y cuando saben que no les dejarán subir, entregan por las ventanas. “Ahora que hace calor vendo agua, en invierno, les ofrecemos chocolate”. Sus ventas pueden ir de USD 6 a 20 en jornadas de más de 12 horas.

José Luis Haro conduce una unidad de la compañía Catar y dice que hay gente a la que conoce hace años y se han vuelto amigos. Pero prefiere no dejar que nadie se embarque porque algunos incomodan a los pasajeros, otros se quedan todo el trayecto y no pagan el pasaje y pocos intentan amedrentar a la gente para que les compre. “Pero son necios, se suben por la puerta de atrás aunque sea”.

La competencia ha afectado a quienes llevan años en esto. Rafael Yumbi ofrece mandarinas en el verano, papel de regalo en Navidad y en fiestas como las de Quito, dulces y cigarrillos. Pero ahora no le va muy bien. Pasó de vender 1 000 mandarinas en un día a 400.

Es un medio de sustento aceptable, para el pasajero Luis Lema. Rechaza a quienes tratan mal a la gente. “Me han tocado casos en que el vendedor, si no le compro, me lanza las cosas. Pero también hay gente muy educada que ha tenido tino con los clientes y a esas personas con gusto ayudo”.

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