6 de enero de 2019 00:00

El comerciante autónomo se adapta a cualquier época

Cristina Guachambosa (izq.) y su hija, Alexandra Díaz, en su puesto de La Marín. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Cristina Guachambosa (izq.) y su hija, Alexandra Díaz, en su puesto de La Marín. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Diego Bravo
Redactor (I)
dbravo@elcomercio.com

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En apenas dos días, Cristina Guachambosa pasó de vender monigotes y caretas a manzanas, peras y mangos en su puesto de La Marín, una populosa zona comercial ubicada en el centro de Quito.

Una vez que se terminaron las fiestas por fin de año, ella madrugó, a las 05:00 del 2 de enero, al Mercado de San Roque para adquirir las frutas que ahora ofrece al público en plena avenida Pichincha.

“Atrás quedó diciembre y tenemos que seguir”, asegura esta quiteña de 51 años, cuyo rostro luce una fina capa blanca de bloqueador solar que se unta, para protegerse de la radiación UV mientras trabaja, de lunes a domingo, hasta las 18:00. Siempre la acompaña su hija, Alexandra Díaz, quien la ayuda a comprar los productos y mantener el negocio familiar.

Ambas conocen cómo funciona el comercio en las vías. Están al tanto de los lugares en donde se puede adquirir los productos a bajo costo, al por mayor. Y así varían de acuerdo al cambio de temporada y fechas especiales. Por ejemplo, ya viene el 14 de febrero y planifica comprar flores en una hacienda de Cayambe, cuenta Guachambosa.

En ese cantón localizado en el norte de Pichincha, las 25 rosas se adquieren a USD 2 y con eso arman ramos de diferentes colores que se comercializan a un dólar. Para Carnaval comprarán bombas, frascos de espuma y pistolas de agua en una importadora mayorista del barrio El Tejar. Luego prevén viajar a Guaranda, capital de Bolívar, para vender la mercadería y de paso pasearse en familia.

Jacinta Almeida es una de las comerciantes autónomas del sector de La Marín. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO


Historias como estas son frecuentes entre los 11 000 comerciantes autónomos no regularizados que registra la Agencia Metropolitana de Control del Municipio (AMC). Su dinámica laboral es la misma: adquieren toda clase de productos de acuerdo con las exigencias del mercado, la moda y la temporada. Luego los distribuyen de forma ambulatoria en las calles, plazas y avenidas, otros los entregan en los quioscos y puestos localizados en diferentes puntos de la ciudad.

Así lo vive el quiteño Johny Darquea, de 58 años, quien expende en su auto Renault Sandero gris, zapatos deportivos en la intersección de la avenida Amazonas y Villalengua, norte de la urbe. De lunes a viernes, él parquea su vehículo con la mercadería en esa esquina y la exhibe a los transeúntes.

“Hace ocho meses vendía bisutería, pero todo tiene su tiempo y ya pasó de moda. Ahora me dedico al calzado”, dice este hombre que vive en el barrio tradicional La Chilena del Centro Histórico y trabaja desde las 07:00. Cada par para hombres se comercializa a USD 26, mujeres a 23, y vende unos cinco al día. “Con eso me alcanza para mantener a mi esposa”. Trae los zapatos de Ambato a USD 16 cada par.

En otros casos, los comerciantes alternan productos en el transcurso del año. Por ejemplo, desde 1979, la comerciante transexual María Jacinta Almeida vende desde un cepillo de dientes hasta ropa usada o relojes de mano en su puesto de La Marín.

Debido al hollín de los vehículos que circulan en el sector, todos los días tiene que lavar lo que comercializa. A las prendas las coloca en la lavadora, mientras que a las cajas de otros productos los limpia con un trapo húmedo.
También se enferma de la garganta por el excesivo calor y el humo de los automotores.

Con orgullo, dice que es la primera comerciante LGBTI que trabaja en la vía pública.

Lo hace sola, sin la ayuda de sus familiares. Sin embargo, asesora a las personas de su gremio que buscan hacerlo de forma independiente y comienzan sus emprendimientos.

Cada mes, ella tiene un ingreso de USD 390 aproximadamente, con lo cual le alcanza para alimentarse, pagar la renta del departamento que alquila en el mismo sector y comprarse ropa o maquillaje.

Luz Ramírez, presidenta de la Asociación de Trabajadores Autónomos Organizados (Asotrab), comercializa pan de cholas en las calles del Centro Histórico de Quito. Sus sobrinos expenden pan de leche, galletas y bizcochos.
Todos los días, a las 06:00, en la Plaza Grande, ellos le compran los productos a su hermano, quien tiene una panadería ubicada en el sur de la ciudad.

Luego de eso comienzan a laborar durante la mañana. Quienes le consumen son las personas que desayunan a esa hora en el centro. “Mis hijos no trabajan, prefiero que estudien y que no sean humillados. Quiero que obtengan una carrera universitaria”, manifiesta la dirigente de 35 años. Dependiendo de la época, ella también aprovecha para vender otro tipo de alimentos.

Por ejemplo, en la última Navidad se dedicó a expender cerezas. Hace cinco años atrás, ella comercializaba ropa a los servidores de instituciones. No obstante, el negocio desmejoró y se dedicó al comercio autónomo no regularizado para mantener a su familia.

A esto se suma que sufrió un robo en su vivienda, lo cual le generó una fuerte pérdida económica. Ahora, su prioridad es recuperarse y trabajar.
A USD 0,50 compra cada bolsa de pan y la vende a 1. Entre 15 y 20 oscilan las ganancias que percibe diariamente. Siempre lo hace en la mañana, pues “en la tarde no se vende”.

Otra comerciante que madruga es Elvia Gines, de 47 años, quien se moviliza desde Chillogallo (sur) hasta las avenidas Amazonas y Naciones Unidas para vender jugo de naranja, todos los días. Lo hace porque los últimos días han sido soleados en Quito.

Antes comercializaba espumillas y frutas, lo cual no le genera ganancias suficientes para mantener a su familia. “La gente se enferma de gripe y busca mi producto porque es natural”. Cuenta que el incremento de los combustibles le ha perjudicado. Antes adquiría el quintal de naranjas a USD 12 en el Mercado Mayorista del sur. Ahora, dice, está a 22.

Sin embargo, ella no piensa subir el precio de cada botella de jugo que vale un dólar porque no quiere perder clientes.

Guachambosa no pudo hacer eso. La caja de manzanas que antes le costaba USD 22 ahora, dice, que vale 40. Ante esa realidad, le toca vender la bolsa de tres manzanas a 1. Antes eran cinco por ese precio.

Mientras ella continúa con la venta de frutas en La Marín, su hija Alexandra alista el presupuesto para la compra de las flores por San Valentín. No quieren perder lo invertido.

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