13 de septiembre de 2020 00:00

Cisjordania, la disputa sin fin

Un enfrentamiento, el 4 de septiembre, entre manifestantes palestinos y fuerzas de seguridad israelíes en Kfar Qaddum, Cisjordania.

Un enfrentamiento, el 4 de septiembre, entre manifestantes palestinos y fuerzas de seguridad israelíes en Kfar Qaddum, Cisjordania. Foto: AFP

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María Carvajal
Editora (I)

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No importan los cálcu­los electorales en Washington ni las voces que señalan las supuestas secretas intenciones del premier israelí Benjamín Netanyahu, tras la normalización de las relaciones de su país con Emiratos Árabes Unidos (EAU), hace justo un mes, o con Baréin el pasado viernes. Los continuos reportes fotográficos de las agencias internacionales de noticias hablan de una región donde los términos paz y armonía se ven tan lejanos como en los días de Jesús de Nazaret: Cisjordania.

El pie de foto ha sido casi siempre el mismo a lo largo de los años: enfrentamientos entre palestinos y fuerzas de seguridad de Israel por una protesta. En los últimos meses, la escena ha sido más frecuente tras el anuncio del plan para anexar, unilateralmente, la conocida como Zona C al territorio israelí. Otro ejemplo de este tipo de reclamo de soberanía, prohibido por las leyes internacionales, fue el intento de Rusia por anexar la península de Crimea en el 2014.

El capítulo 4 del evangelio de San Juan ya enfatizó hace dos mil años un hecho: “judíos y samaritanos no se tratan entre sí”. Eso es precisamente a
lo que, en pleno siglo XXI, se ven obligados los habitantes del territorio que por siglos se conoció como Samaria y Judea; con todas las diferencias políticas, culturales y religiosas que eso implica.

No resulta precisamente fácil comprender el mapa del ‘occupied West Bank’, como se conoce en inglés a esta región en virtud de su ubicación respecto del río Jordán. Fue una división establecida en el Acuerdo de Oslo II, que este mes cumple 25 años.

En 1995, Shimon Peres, entonces primer ministro de Israel, y Yaser Arafat, presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), firmaron un documento con vigencia hasta cuatro años después, pero las partes lo han ido renovando “tácitamente” hasta ahora, según la cadena alemana Deutsche Welle.

Hay una Zona A, bajo control palestino, que en el croquis aparece mimetizada con una Zona B de control mixto (autonomía palestina, pero control militar israelí), ambas rodeadas de la Zona C, de la discordia en este 2020, que está controlada de facto por Israel. Todo en una superficie de 5 650 kilómetros cuadrados (datos de la Enciclopedia Británica), apenas un poco menor que la provincia de El Oro.

Esta división administrativa tan singular buscaba dar un primer paso a la resolución de los cabos que quedaron sueltos luego de la Guerra de los Seis Días de junio de 1967, cuando este territorio pasó de las manos de Jordania a Israel. Sin embargo, la obligada convivencia con una población palestina que reclama el reconocimiento de su Estado en esa misma zona es causa de tensiones políticas y religiosas, que en este sector de Oriente Medio van muy de la mano.

Quizá uno de los ejemplos más evidentes sea Hebrón, de 200 000 habitantes, en el sur de Cisjordania. Se encuentra bajo la autoridad palestina, pero desde 1997 su centro histórico está ocupado por el Ejército israelí, que hasta hace tres años tenía desplegados a 1 500 soldados, que se sumaban a la presencia de unos 500 colonos. Es una localidad que reviste importancia para tres de las grandes religiones del mundo, puesto que ahí se encuentra la Tumba de los Patriarcas para los Judíos, o la Mezquita de Ibrahim para los musulmanes. La tradición dice que ahí están los restos del patriarca Abraham, su hijo Isaac y su nieto Jacob, además de sus respectivas esposas (Sara, Rebeca y Lía).

Muy similar al caso de la también disputada Jerusalén, el conjunto arquitectónico está dividido entre un templo del islam y una sinagoga. Los palestinos expresaron ante la Unesco su preocupación sobre un presunto vandalismo a su patrimonio por parte de los colonos, y pidieron que Hebrón fuese inscrita en el Patrimonio Mundial, solicitud acogida en el 2017, agregando la declaración de un lugar “de un valor universal excepcional en peligro”, según reportes periodísticos de esa fecha.

Esta declaración, que incluía los términos “ciudad islámica”, fue tomado desde Tel Aviv como una afrenta y una negación a 4 000 años de presencia de los judíos en el lugar.

Con o sin anexión, será lo mismo. Aunque, en teoría, el acuerdo entre Israel y los EAU suscrito en agosto supone un compromiso israelí de no seguir adelante con el plan de anexión de la zona C, en la práctica, muy pocas cosas van a cambiar. Actualmente, para construir un asentamiento de colonos judíos en Cisjordania es necesaria la aprobación del Ministerio de Defensa israelí o del Primer Ministro, lo cual podría tomar años por tratarse de territorios ocupados. Una anexión volvería el tema un asunto local, lo cual simplificaría el trámite.

Pero eso no significa que no sigan construyéndose, para alojar en su mayoría a comunidades ultraortodoxas que, en la defensa a rajatabla de su fe, vuelven más marcadas las diferencias con las comunidades palestinas árabes. Y, como analiza la cadena británica BBC, el Ejército israelí continuará imponiendo su autoridad, algo que los palestinos afirman ha despojado a varias genera­ciones de su pueblo de sus derechos civiles.

En Occidente, estos dos acercamientos en corto tiempo entre Netanyahu y dos naciones árabes se ven como una victoria diplomática para Donald Trump, que busca sumar puntos para su examen electoral de noviembre, cuando su plan para apalancar el proceso de paz en la región aparece estancado y no fructificaron sus intentos por poner fin a la guerra de Afganistán.

En Tel Aviv, opositores hablan de una pantalla para cubrir las acusaciones de corrupción contra su Premier y su manejo de la pandemia. Y en Cisjordania, hoy sería muy difícil que Jesús se siente a charlar con una samaritana...

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