3 de diciembre de 2018 00:00

Chicos invidentes aún sortean barreras en el sistema educativo

La docente Karina Coellar trabaja con chicos con discapacidad visual del Instituto Mariana de Jesús, en Quito. Galo Paguay / EL COMERCIO

La docente Karina Coellar trabaja con chicos con discapacidad visual del Instituto Mariana de Jesús, en Quito. Galo Paguay / EL COMERCIO

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Valeria Heredia

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La clase de la docente Karina Coellar arranca con un abrazo general y una canción. Sigue con la ubicación de la fecha en un ábaco gigante. Luego, con una actividad lúdica, sus niños se insertan en el tema del día. Parece una clase cualquiera y lo es. La diferencia es que sus alumnos no pueden ver.

Karina es maestra de un grupo de niños de entre 5 y 10 años, del Instituto Mariana de Jesús, en el norte de Quito.

Ahí, los chicos con discapacidad visual parcial o total desarrollan habilidades psicomotrices y para reconocer formas y también colores. Lo hacen a través de sus otros sentidos (oído, tacto o gusto).

Delanys, alumno de 8 años, se divierte en el aula. Ya reconoce el círculo. Es redondo, dice, y traza la forma en el aire. Distingue el “amarillo-yellow”. Hábilmente lo saca de la caja cuando lo nombran. Usan un material con el que los colores no se identifican visualmente sino con texturas.

En Ecuador hay 127 305 niños, adolescentes y jóvenes de 0 a 29 años con discapacidad. De ellos, 8 161 son invidentes. En total hay 451 931 personas con alguna discapacidad.

Los datos nacionales constan en la página del Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades (Conadis). Hoy se conmemora el Día de este segmento de la población.

Los chicos, según su condición de salud, pueden educarse en dos tipos de planteles: especializado, solo para personas con discapacidad, o regular, según la Ley Orgánica.

En el ciclo 2017-2018 hubo 10 983 chicos con alguna discapacidad insertados en el sistema educativo ordinario. 1 344 son invidentes, es decir el 12,2%. Las cifras son inferiores al 2016-2017, con 1 530 alumnos que no ven, según el Ministerio de Educación.

Christopher, de 10 años, cursa el cuarto de Básica de un plantel regular, la Unidad Educativa Forestal, en el sur.

Su profesora Gladys Chauca es de gran ayuda. Ella conoce el sistema de escritura braille y sobre el manejo del ábaco para personas no videntes.

En la clase de matemáticas, el jueves, el niño aprendía los números con ese material. Cantidades como el 600 o el 900 eran fáciles de ubicar para el pequeño, quien asiste dos días a una escuela especializada y tres a esa regular.

Su madre Viviana afirma que es la mejor opción para complementar la formación de su hijo. En su mochila guarda una regleta braille y un punzón, para escribir en altorrelieve en las hojas y un ábaco especial. Todo costó USD 70.

El año anterior, el Ministerio de Educación entregó 700 textos en braille para niños de primero a cuarto de Básica en áreas como lengua y literatura y entorno natural y social. En este año Christopher no los ha recibido, relata su madre.

Ese es uno de los inconvenientes en escuelas y colegios regulares, comenta Diana Banchón, presidenta de la Federación Nacional de Ciegos del Ecuador (Fence). Cuenta que la Cartera de Educación entrega libros gratuitos a todos los estudiantes, “pero justamente el niño invidente no tiene uno accesible o en braille, por lo que no podemos hablar de una educación inclusiva”.

Banchón, además, señaló que es necesario que se capacite más a los docentes en inclusión educativa. La Fundación brinda talleres. “Las clases son empíricas. La Ley está escrita, pero falta trabajar en las adaptaciones curriculares”.

La historia es diferente en el tercer nivel. Marco Celorio perdió la vista a los 15 años por una operación. Nunca dejó su formación académica. Con 28 años cursa el octavo semestre de Psicología Organizacional en la Universidad Salesiana.

Durante estos años ha enfrentado una serie de retos en el sistema educativo. Antes, cuando le tomaban pruebas, los docentes le leían la pregunta y él contestaba de forma oral. Le daban entre 15 y 20 minutos. En ocasiones debían repetirle la interrogante. La situación -dice- era “fastidiosa”.

Ahora las condiciones son diferentes: le entregan la prueba digitalizada para que él pueda escuchar los ítems y resolverlos, a su ritmo.

Incluso disponen del programa Jaws. Se trata de un lector de pantalla de computadora, que les nombra el contenido de los documentos. Hay opciones para el celular. La Salesiana tiene además la Tiflobiblioteca, opción para transformar textos escritos en orales. Es gratuita y abierta al público. Recursos como esos aún están lejos de las escuelas y colegios.
 

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