22 de September de 2009 00:00

Chávez y EE.UU.

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Carlos Alberto Montaner

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Comenzó la reacción del ‘establishment’ norteamericano contra  Chávez. Ya era hora. Hace casi 11 años que este caballero anda haciendo fechorías por medio planeta. El pistoletazo de salida lo dio el pasado 8 de septiembre Robert Mortgenthau, fiscal general de Manhattan. Mortgenthau hizo su denuncia ante el Brookings Institution de Washington,  influyente ‘think-tank’ próximo al Partido Demócrata, de manera que sus revelaciones no fueran ignoradas por la Casa Blanca y el Congreso, los dos poderes responsables de la seguridad nacional.

¿Qué dijo? Habló de los lazos de Venezuela e Irán y del desarrollo de armas nucleares entre los dos países con el objeto de amenazar a Estados Unidos, como sucedió con Cuba en 1962 durante la Crisis de los Misiles. Contó cómo el sistema bancario venezolano se había convertido en un lavadero de narcodólares y en un atajo para que Irán burlara las restricciones impuestas por Washington a las transacciones  iraníes.

Las consecuencias de la charla de Mortgenthau fueron inmediatas. Los tres grandes diarios  -The New York Times, The Washignton Post y The Wall Street Journal- publicaron artículos y editoriales. La televisión y los blogs más influyentes se hicieron eco. Ya no hay ninguna persona intelectualmente solvente que no admita que  Chávez es un tenaz enemigo dedicado a perjudicar a los norteamericanos en todos los escenarios posibles, lo que no deja de ser una ironía,  ya que EE.UU. compra a Venezuela 80% de su petróleo.

Chávez se está convirtiendo en el Noriega del siglo XXI. Manuel Noriega fue el narcodictador panameño, ex colaborador de la CIA, que estableció fuertes lazos con Cuba y los narcotraficantes colombianos, alquilando el territorio nacional como pista intermedia para el envío de cocaína a EE.UU. y el sistema bancario para lavar dólares, mientras imprudentemente acosaba y amenazaba a los militares norteamericanos que entonces ocupaban las bases situadas en la zona del Canal de Panamá. Tras muchas vacilaciones, y con una administración dividida sobre el tipo de respuesta que debía dar EE.UU., finalmente el presidente George Bush (padre) ordenó la invasión. Comenzó el 19 de diciembre de 1989 y el día 20 ya había concluido exitosamente.

Los gobiernos latinoamericanos protestaron sin energía: nadie quería colocarse junto a un narcodictador totalmente desacreditado. La inmensa mayoría de los panameños respaldó el hecho.

¿Se volverá a repetir esa vieja historia? Es difícil que suceda de la misma manera, pero es probable que un sector importante del gobierno norteamericano ya le esté sugiriendo al presidente Obama que arbitre medios para desalojar del poder a este peligroso enemigo de la democracia.

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