9 de diciembre de 2018 00:00

Los ‘chalecos amarillos’ son de todos y a la vez de nadie

Los ‘chalecos amarillos’ surgieron de una convocatoria por redes sociales, sin filiación política. Se los ha querido vincu­lar a grupos de derecha. Foto: AFP

Los ‘chalecos amarillos’ surgieron de una convocatoria por redes sociales, sin filiación política. Se los ha querido vincu­lar a grupos de derecha. Foto: AFP

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Santiago Estrella
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Emmanuel Macron no tuvo con quién hablar. El Presidente francés quería reunirse con los líderes de los ‘chalecos amarillos’, si es que cupiera el término líder en un movimiento que apareció como de la nada, una suma de individuos enfurecidos contra una serie de medidas impositivas y un decrecimiento económico, que comenzaron a juntarse gracias a las convocatorias en redes sociales.

El Gobierno quiso dialogar con los más moderados de entre los visibles. La mayoría le dijo amablemente que no. Hubo una inevitable desconfianza: creían que serían detenidos. Solo uno aceptó ir. Pero uno solo de una masa -que desde el 17 de noviembre cada fin de semana parecen animados hasta a incendiar París- no representó a nadie para finalizar las protestas sociales.

No deja de ser una curiosa señal. Se pudiera pensar que los ‘chalecos amarillos’ ignoraban cómo son las negociaciones: la bandera blanca en medio, la garantía de que ninguno traicionaría las intenciones.

Con una buena parte de la población a favor de las demandas de los ‘chalecos amarillos’ (más del 70% según las últimas encuestas), encarcelar a quienes son considerados líderes de una población levantada es una pésima idea política. Macron, un hombre que pasa como democrático y ambientalista, no se hubiera animado a tanto. Pero igual desconfiaron, seguros de que la lógica más perversa se impondría sobre ellos porque el Estado, en sí, no les es confiable.

Esta ausencia de diálogo trajo la primera gran derrota política al Presidente. Tuvo que ceder. Inicialmente suspendió por seis meses una medida que había generado esta ola de protestas y que se expandió a Bélgica. Luego tuvo que hacer una concesión mayor para frenar las movilizaciones: eliminó del Presupuesto del 2019 lo que habría ingresado al Estado por ese impuesto. No fue suficiente y el Gobierno teme más fines de semana de violencia.

El ambientalismo de Macron provocó esta revuelta. El Presidente quiso crear un impuesto mayor a los combustibles, para que la población migrara más rápidamente hacia una energía menos contaminante. Macron, es cierto, es uno de los conspicuos defensores del Pacto de París contra el cambio climático. Y desde ahí ha desafiado a Estados Unidos que, bajo la administración de Donald Trump, se separa “lo más pronto posible” de este acuerdo global.

La ‘tasa de carbono’ proponía un incremento de 6,5 céntimos de euro por litro para el gasóleo y de 2,9 céntimos para la gasolina desde el 1 de enero. Pero ya en este 2018 que termina, los franceses tuvieron una subida de 7,6 céntimos para el gasóleo y 3,9 céntimos para la gasolina. Era una medida parte de un plan mayor del Gobierno para combatir las emisiones de gases. El Estado habría recaudado unos 3 000 millones de euros en el 2019.

Hasta el martes pasado, Macron creyó que los argumentos ambientales convencerían a la población de que las medidas eran necesarias. Se refirió a las “alarmas ambientales” y arengó a todos bajo el principio del “fin del mundo o fin del mes, debemos tratar los dos”. Y además llamó a consultas para debatir la “transición ecológica y social” francesa. Nada de eso valió.

En Washington, el presidente Donald Trump se enteraba de los resultados de la revuelta de los ‘chalecos amarillos’. No pudo menos que sentir satisfacción: el mundo se aliaba con él ante la idea de que el cambio climático es una farsa. Y no pudo sino correr a su vehículo de expresión favorito, el Twitter para, según no pocos europeos, mofarse de Macron. “Me alegra que mi amigo Emmanuel Macron y los manifestantes en París hayan llegado a la conclusión a la que llegué yo hace dos años”, escribió. Y luego: “El Acuerdo de París es completamente defectuoso, porque eleva el precio de la energía para los países responsables mientras encubre a algunos de los más contaminantes del mundo”.

“Los estudiosos podrán analizar con la perspectiva del tiempo cómo una combustión por generación espontánea puso en jaque al líder que debía comandar la respuesta global al populismo”, dice uno los análisis de la agencia EFE.

Pero por el momento se sabe poco y se sabe nada de lo que son los ‘chalecos amarillos’, un movimiento que, como muchos de estos en tiempos de crisis de representación, no responde a los partidos políticos, a organizaciones sociales ni nada que parezca militancia. Nace de una indignación que exige el fin del impuesto (algo ya logrado) y, los más radicales, la renuncia de Macron y la abolición de la V República.

Nadie puede decir qué son los ‘chalecos amarillos’, que han usado como distintivo los chalecos amarillos –valga la redundancia– que la ley impone vestir al conductor cuando el auto sufre alguna avería o accidente en la ruta. Se ha querido ver en ellos la presencia del populismo, sobre todo de derecha, cercano al nacionalismo de los Le Pen (estar en contra de medidas impositivas permite esta asociación).

Se ha buscadola semejanza con ‘los indignados’, pero estos son generalmente jóvenes urbanos y preocupados por la falta de oportunidades. Los ‘chalecos amarillos’ provienen de la clase trabajadora, de ciudades pequeñas o de zonas rurales, trabajadores precarios, según Jérôme Sainte-Marie, director del instituto de sondeos PollingVox. Provienen de los territorios que “han sufrido una disminución de los servicios públicos en los últimos años.

Sus habitantes se sienten abandonados por los poderes públicos e ignorados por los políticos”, cita El Espectador a Alexis Spire, director de investigaciones del Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia.

Sin un origen cierto y ni una pertenencia concreta, pareciera que la rebelión de los ‘chalecos amarillos’ tiene algo más de vida en el tiempo. A los temores del Gobierno por más protestas, se suma la presión de algunas organizaciones, como la de los productores agropecuarios y los estudiantes.

Las imágenes de decenas de alumnos secundarios de una escuela en las afueras de París han sacudido la opinión pública que cada vez está dando más la espalda a Macron, cuya popularidad ha caído cuatro puntos, para ubicarse en el 23%, y sin que pueda dar una respuesta cierta a esta crisis.

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