26 de September de 2009 00:00

El cazador de brujas

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Rubén Darío Buitrón

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Un nombre ha quedado grabado para siempre en la memoria norteamericana: Joseph McCarthy.

El siniestro personaje era un mediocre e irrelevante legislador hasta que su obsesivo deseo de figurar en la escena política hizo que asumiera, con enorme éxito mediático, el rol de cazador.

Su nefasto paso por la legislatura estadounidense, entre 1950 y 1956, marcó una tragedia histórica llamada macartismo.

Basado en la intolerancia y el fanatismo como ejes de sus ataques a la oposición, McCarthy disfrazó sus odios y revanchas bajo la defensa de la democracia,  la soberanía, los “valores cristianos” y la necesidad de construir “un futuro próspero y justo para la nación”.

La persecución desencadenó un tenebroso proceso de irregularidades: denuncias falsas, inculpaciones sin pruebas, delaciones, escuchas telefónicas, acosos laborales, interrogatorios, juicios sumarísimos y ‘listas negras’.

El éxito de la estrategia mediática de McCarthy fue crear en la sociedad norteamericana la idea de que la crítica era peligrosa para la estabilidad del Gobierno y que  podía ser el punto de partida de una conspiración contra el sistema.

Instalada esa percepción en la sociedad era fácil poner bajo sospecha a cualquier artista, escritor, intelectual, periodista o ciudadano que se atreviese a mostrar su desacuerdo con el Régimen o con los principios ideológicos del poder y el concepto oficialista de democracia.

McCarthy sabía el impacto y el efecto de la televisión sobre el pueblo y usó esta herramienta con astucia y perversidad. Para penetrar más en la conciencia ciudadana seleccionó cuidadosamente a quienes sometería a escarnio público frente a las cámaras.

En 1954, el todopoderoso senador mantuvo durante 36 días -187 horas de transmisión televisiva- audiencias a las que asistieron más de 100 000 testigos directos que dejaron testimonios por un total de  dos millones de palabras.

La cacería de McCarthy, que llevó al dramaturgo Arthur Miller a escribir su extraordinaria obra  ‘Las brujas de Salem’ en referencia a la era de la Inquisición, destrozó la carrera de  grandes artistas y sembró la censura y la autocensura en el cine, el teatro, la televisión, la literatura, las universidades y el periodismo.

El macartismo dejó una profunda huella de dolor, soledad, desconfianza, exilio y muerte. Sus acusaciones y condenas se volvieron una suerte de terrorismo de Estado que afectó a la vida de miles de ciudadanos.

Un día, cuando EE.UU. empezaba a coquetear con el fascismo, el mismo ‘establishment’ político que  aplaudió a McCarthy le quitó apoyo y lo relegó al ostracismo.

Pero la técnica macartista de atemorizar, desprestigiar, acusar, descalificar, amenazar y perseguir a quienes discrepan no quedó en el olvido: por el contrario, en este siglo XXI es mucho más potente, selectiva  y sofisticada.  

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