6 de September de 2009 00:00

El camino de los griegos

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Gonzalo Maldonado Albán

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Todos los sábados, desde algún lugar del país, el presidente Correa despotrica y pontifica sobre todo. Llama corrupto o ignorante a cualquiera que le contradiga; invoca a la violencia cuando se refiere a quienes no piensan como él; insinúa que los que no simpatizamos con su Régimen somos unos débiles morales que nos hemos entregado al servicio de la oligarquía y de los yanquis.

Es un verdadero show del odio que miles de compatriotas escuchan puntualmente porque el Mandatario ecuatoriano goza todavía de buenos niveles de credibilidad. ¿Qué hacer para combatir esa atmósfera de rencor y dogmatismo que amenaza con tomarse a la sociedad ecuatoriana?

Lo más importante es impedir que nuestro fuero interno se contamine con tanta maledicencia. En la medida en que permanezcamos inmunes a esa cultura del resentimiento que se instiga desde el poder tendremos la posibilidad de razonar y mantener una posición sensata frente a lo que sucede en el país.

Para lograr aquello -o para intentarlo, al menos- yo recurro a un libro que se ha convertido en una suerte de breviario para mí: ‘El camino de los griegos’, de Edith Hamilton. Lo leí hace un par de años y, desde entonces, lo hojeo casi todos los días.

“Cuando el mundo se ve azotado por tormentas (…) necesitamos conocer las fuerzas del espíritu que los hombres (de la antigua Grecia) construyeron”, dice la autora. ¿Cuáles son esas fuerzas?

La fuerza de la libertad es la primera. Saber que uno no es esclavo de nadie y que apoya a un Estado por decisión propia y que obedece las leyes que son justas. Esquilo y Herodoto expusieron este principio tan esencial para occidente, explica Hamilton.

El imperio de la razón, es la segunda. No fijar límites al pensamiento ni creer irrebatibles los argumentos de quienes dicen poseer una verdad superior. “Todo estaba en el caos hasta que la mente surgió y puso orden”, era un dicho común entre los griegos de la antigüedad, cuenta Hamilton.

El arrojo en situaciones difíciles es la tercera. Mantener el optimismo, cultivar el gusto por la vida y tomar la iniciativa fueron las principales guías de comportamiento de los atenientes. Antes de la batalla leían a Homero y, si sobrevivían, festejaban con música y vino. “(Tenemos) la capacidad de adaptarnos a las más variadas formas de acción con la más perfecta versatilidad y gracia”, cuenta Hamilton que decía Pericles.

Sensatez y prudencia es la cuarta. Píndaro -el poeta de los deportistas- fue uno de los grandes exegetas del esfuerzo y del sacrificio prudentes. “Quiero seguir amando lo que es bello y esforzándome por lo que es alcanzable”, escribió.

Ante el odio, la razón; ante el autoritarismo, la libertad; ante la violencia, el arrojo y el gusto por vivir. Este fue el camino de los griegos y debería ser el nuestro.

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