26 de September de 2009 00:00

El cacao es la vida para 3 familias

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Vanessa Vera. Red. Guayaquil

La pepa de oro registra un récord en la cotización internacional. Durante este mes, el precio en la Bolsa de Nueva York superó los USD 3 000 por tonelada. Hace tres días se ubicó en 3268,58, según la Organización Internacional del Cacao. 

La curva se mantiene ascendente desde inicios de este año. En enero, la tonelada de cacao se cotizó en USD 2 626 en la Bolsa de Nueva York. Entre junio, julio y agosto, el precio osciló entre USD 2 700 y 2 956.

En junio de 2008 se registró el pico en el precio internacional (USD 3021,7). Aunque la curva fue descendente a fines de 2008, la recuperación vino de la mano con el nuevo año.

Askley Delgado, de la Asociación Nacional de Exportadores de Cacao (Anecacao), dice que el comportamiento ascendente de los precios incide en el pago al productor. Entre enero y septiembre, el precio del quintal fue de entre USD 100 y 127. “El costo de producción está sobre USD 45, el resto es utilidad para el productor”.

En el país hay 600 000 personas que se dedican a la actividad cacaotera. En el campo, las historias son similares: los buenos precios permitieron pagar las deudas o mejorar sus cultivos. Los Mosquera, Alfonso y Molina cuentan sus historias.

La familia Morales

Tres generaciones junto al cacao naranjal

Camina pausado. Un bastón de madera lo sostiene. Don Humberto Morales recorre  pocos metros de su plantación; el mal de Parkinson le impide realizar la  actividad de toda una vida: cultivar cacao.

Morales nació en una hacienda cacaotera. Por eso, a sus 84 años, solo habla de las mazorcas, la cosecha y el cuidado de las plantas. Antonio, el padre, trabajaba en La Roma, una hacienda de Naranjal (Guayas).   

En 1980, a raíz de la reforma agraria, esa misma tierra se distribuyó a pequeños productores que formaron la Nueva Unión. Humberto obtuvo 14 hectáreas de cacao fino, su único sustento.

“Nací y me crié entre el cacao”, dice con suave voz. Ahora sus hijos y nietos  trabajan en la finca  desde las 06:00.

Renso Morales (38 años) recoge las mazorcas. La labor la aprendió desde los 5 años, cuando acompañaba a su padre al campo. A lomo de caballo, Jonatan (13 años) cuida el cacao en baba (fresco) que  cosecharon su abuela Delia y su tía Esperanza.

Los diplomas colocados sobre una pared de su casa son el mayor orgullo de don Humberto. Uno de ellos fue un reconocimiento por tener la mazorca con la mayor cantidad de almendras (56) en cacao nacional puro. “De esto vivo yo y les doy trabajo a mis hijos”, dice el anciano.

Sus botas aún tienen rastros de lodo, aunque desde hace seis meses ya no recoge mazorcas. Pero es feliz en su bosque. Eso sí, de  la mano de su nieta Deina (6 años) vigila de cerca el mejoramiento de la finca.

La limpieza del matorral, la construcción de canales y compuertas y la poda de los árboles fueron parte de los trabajos que hicieron por el repunte en el precio.

En las dos últimas semanas, el quintal estuvo en USD 118. “Hemos podido pasear y comer un poco mejor”, sostiene Delia, de  74 años. Ese precio  les permitió en estos meses pagar el 90% un préstamo de USD 5 000.

Después de almorzar salen a trabajar, hasta las 17:00, en medio de las plantas que les traen sombra,  aroma a chocolate y la satisfacción de seguir una tradición que es su identidad.

La familia Alfonso

Blanca es cacaotera desde hace 34 años

Blanca Alfonso tiene apenas 2,5 hectáreas de cacao. Menos de media hectárea es nacional (fino) y  el resto  es de otra variedad llamada CCN51 .

Ella tiene 37 años viviendo en Naranjal (Guayas). Hasta ahí se mudó, desde un pueblo cercano, Balao, junto con su esposo para emprender en la agricultura.

Su finca es pequeña. Está rodeada de una plantación bananera. Los chorros que riegan los racimos también alcanzan el terreno de la mujer, de 51 años. Tiene siete hermanos, pero  su padre Eloy y sus sobrinos  le ayudan en las labores desde que su esposo murió. 

Las botas de caucho son la muestra de su trabajo. Desgastadas y llenas de lodo le permiten abrirse camino entre la hojarasca. Un machete le sirve para limpiar el monte. Su nuevo compañero, Humberto Flores,  también le ayuda a mantener la finca. Recolectar las mazorcas, rozar el campo y sacar el cacao para venderlo son las tareas diarias.

Cada tres meses juntan entre cuatro y cinco quintales. “Están pagando USD 118”, dice Blanca mientras recorre la finca.

De pelo corto y con manos ásperas, la mujer no esconde en el rostro el paso de los años. “Cuando recién empezamos fue muy duro. Esto era montaña y tuvimos que aplanar el terreno”.

Era 1982, recuerda. Junto con  su esposo alquilaban unas cuantas cuadras a los vecinos para sembrar mientras preparaban su pequeña finca. “Él tuvo que ir a otras haciendas en busca de trabajo y yo me quedaba cuidando lo poco que teníamos”. Al principio sembraban productos de ciclo corto: plátano verde, habas, yucas y verduras.

A partir de 1994, la situación económica mejoró. Su esposo decidió invertir en la siembra del CCN51, que le dio mejores rendimientos. Los buenos precios también le ayudaron para construir su casa de cemento. Ahí vive con su hija y nietos. “Desde que mi esposo falleció mi padre me ayuda. Estas plantitas son mi sustento”, dice  Blanca. La mujer recoge las herramientas y cruza el terreno lodoso. Con los sacos en el hombro Eloy y Humberto se retiran a casa.

La familia Molina

El olor a cacao atrajo a Edmundo  

Edmundo Molina aprendió de agricultura a los 13 años. Empezó en la cañicultura. Trabajó en el ex ingenio Astra (ahora La Troncal),  en la provincia de Cañar, de donde es oriundo.

Ahí trabajó durante 16 años: fue cortador de caña, ayudante de supervisor y luego supervisor de transporte. Con la indemnización que recibió al salir compró las 14 hectáreas de cacao que ahora le sirven de sustento.

Molina es alto y tiene  un mostacho. No para de hablar. Mientras camina en medio de los cacaotales explica que él mismo niveló la tierra, compró las plantas y luego las sembró. También construyó su propio sistema de riego basado en la experiencia que tuvo cuando trabajó como jornalero en otras haciendas cacaoteras de Naranjal.

Su hijo, de 27 años, lo acompaña todas la mañanas a recorrer las plantaciones. La hojarasca se levanta  con las fuertes pisadas de los Molina y el trote de media docena de perros.

Con un tumbador (palo con una especie de cuchilla metálica) corta  las mazorcas maduras. De los palos de cacao nacional y de la variedad CCN51 tumban los frutos enfermos. “Aquí nos ataca mucho la monilla por el frío. A veces nos queda el 20% de la producción sana”.

Aún así saca entre cinco y seis quintales cada tres semanas. La cosecha se coloca en baldes y luego las pepas se guardan  en saquillos. Con una carreta transportan el producto hasta una especie de choza. Ahí se fermenta por tres días. Después se coloca en una gran bandeja de cemento, lugar donde se seca el grano, a través de calderos. Ambas estructuras fueron construidas por el propio Edmundo.

El hombre tiene 65 años y vive en la Cooperativa Nueva Unión Campesina, a 10 minutos del centro poblado de Naranjal. “Como hace tres años el precio cayó. Nos pagaban apenas USD 50 ó 60 por quintal”. 

Ahora, la rentabilidad mejoró. En las comercializadoras pagan al agricultor hasta USD 118 por quintal del grano seco. Con los recursos extras, Molina piensa construir una nueva casa, lejos del campo.

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