27 de September de 2009 00:00

En Buenos Aires se oculta una aldea: Velatropa

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La nación
Argentina, GDA

La ciudad de Buenos Aires esconde una aldea. Sí: una aldea de verdad, con personas y construcciones rudimentarias; huertas, ritos y todo eso.  Un extraño rincón de la ciudad que permanece fuera del sistema y donde el tiempo no tiene tiempo. O, por lo menos, eso es lo que desearían quienes lo habitan.



La danesa Christiania es la aldea más famosa 
Aunque en una escala todavía celular, la aldea Velatropa, en Ciudad Universitaria, tiene puntos de contacto con el barrio o ciudad libre de Christiania, en Copenhague, Dinamarca, donde viven 900 personas. La razón que los convierte en parientes  básicamente  es el enclave urbano, a diferencia de las ecoaldeas tradicionales, que se ubican en zonas rurales.  Christiania comenzó a gestarse entre 1971 y 1972, cuando un grupo de hippies y personas sin propiedades   tomaron las instalaciones del campo militar de Cristianshavn  que se encontraban abandonadas.    Cristianshavn era un área defensiva del siglo XVII, durante el reinado de Christian IV en Dinamarca. En este lugar se proclamó la inauguración de la Ciudad Libre de Christiania, en torno a Pusher Street, una calle con tramos de asfalto y otros de tierra.   Después de muchos años, las autoridades de Copenhague reconocieron los límites de la zona ocupada, definiéndola como “experimento social cooperativo autogestionado”. La propuesta en Christiania es mucho más radical que la de Velatropa en muchos aspectos organizativos. Hoy, esa comunidad  de 34 hectáreas y  850 habitantes es uno de los lugares turísticos más visitados del país.Velatropa comenzó a levantarse hace dos años en los cimientos de lo que iba a ser el pabellón cinco de la Ciudad Universitaria, frente al estadio de River Plate.  El espacio, abandonado desde hace décadas, pertenece a la Universidad de Buenos Aires (UBA), que tolera su presencia.

Oculta entre los árboles, la vegetación y el hormigón, la curiosa ecoaldea es un secreto para la mayoría de los porteños, pero bastante difundido entre los estudiantes y las autoridades universitarias. “Sí, claro, los pibes de la aldea están por allá”, indicó el encargado del  estacionamiento del complejo universitario.
Un sendero por detrás de los pabellones paralelo a la orilla del río lleva hasta una especie de portal del que cuelgan unas cintas de tela y un cartel que dice: ‘Bienvenidos a la ecoaldea Velatropa’.

El camino sigue hacia las entrañas de un espacio en constante construcción. Allí surge de la nada un “refugio de invierno” que conjuga salón, mesas, sillones y sillas, un espacio de estudio, una cocina de barro y el guardabicicletas comunitario. Cuentan, también, con un panel solar para proveerse de luz y una canilla de agua corriente cedida por la UBA.

Puede parecer increíble, pero el proyecto gestado por  algunos estudiantes creció al punto de que los velatropenses ya son casi   un centenar. Los fines de semana cocinan comidas naturales que comparten entre todos y, al caer el sol, plantan un árbol frutal (hay cerezos, aguacates y ciruelos). Esos retoños pugnan por crecer en una tierra generada a partir de los rellenos sobre el río.

La mayoría de los velatropenses tienen  entre 20 y 30 años, no viven allí y trashuman entre sus casas céntricas y esta especie de vergel ultraecológico donde no se puede fumar  ni beber alcohol.  Las construcciones están proyectadas a partir de barro y materiales  reciclados -botellas, maderas, plásticos-, con diseños libres con aires gaudianos o modelos físicos.

También hay carpas. Y un sistema informal de riego para la huerta. Los aldeanos se llaman entre sí ‘hermanos’ y  se guían por el calendario maya.

En la Argentina existen otras ecoaldeas, como Gaia, en la localidad bonaerense de Navarro; o Jardín Paz Mundial, en Epuyén. Pero aquí el contexto es bien distinto. Mientras los velatropenses meditan en círculo, un avión pasa a muy baja altura y ruge sobre sus cabezas antes de aterrizar en el Aeroparque. El ruido del tránsito de la avenida Leopoldo Lugones trastoca, por momentos, el silencio  que anhelan los aldeanos.

Pero a Flor, una de las velatropenses, no parece importarle. “Queremos enseñar que se puede vivir de otra manera con respeto a la tierra, en paz y en armonía con la naturaleza”, dice esta estudiante de Física. “Mi familia dice que soy otra persona desde que estoy acá y están recontentos, porque antes de encontrar este lugar alquilaba un departamento con amigas, trabajaba de camarera y ni siquiera había terminado el secundario. Acá encontré un sentido a mi existencia”.

Velatropa está regida por una organización compuesta por dos consejos que toman las decisiones en reuniones  dos veces por semana. Incluso tienen un blog (aldeavelatropa.blogspot.com) donde difunden  técnicas de producción, reciclaje y construcción.

La idea es que quien desee participar de la iniciativa realice tareas concretas. “No podés caer con una carpa y quedarte sin hacer nada”, susurra uno de ellos con el ceño bastante serio.

¿Y de qué viven? Ellos aclaran que tienen un nivel de gasto casi nulo, aunque también cocinan empanadas que venden entre los alumnos de la universidad. Todos son vegetarianos y buena parte de los productos que consumen son el fruto de las huertas.

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