14 de julio de 2019 00:00

Un bono de USD 100 al mes ayuda en algo a 270 000 adultos mayores

María Rudesinda Collahuazo, de 70, nunca tuvo hijos; un sobrino está pendiente de ella. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

María Rudesinda Collahuazo, de 70, nunca tuvo hijos; un sobrino está pendiente de ella. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

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Mariela Rosero
y Elena Paucar
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Se llama María Rudesinda Collahuazo. Y al preguntarle por su edad, saca la cédula de una cartera que guarda en el delantal. El documento muestra que cumplió 70 años en abril.

Solo un intenso sol la acompaña en una pequeña vivienda de bloques -sin una capa de pintura y piso de cemento- que dice que es de un sobrino. No tiene agua ni baño; la electricidad, como otros servicios, se los presta un vecino de Rumicucho, zona rural de San Antonio de Pichincha, en Quito.

Desde agosto del 2018, esta mujer, que no tiene hijos, reci­be un subsidio. El bono, enfocado en los adultos mayores -población de más de 65 años- es de dos tipos: una transferencia mensual de USD 50 o de 100.

Desde junio, María Rudesinda cobra el monto mayor, que es llamado ‘Pensión Mis Mejores Años’. Recuerda que hace un par de meses le entregaron un papel. Pero al no saber leer ni escribir tardó en enterarse que debía actualizar sus datos para el incremento.

En Ecuador hay 1,2 millones de adultos mayores. De ellos, alrededor de
400 000 son pobres o extremadamente pobres. Eso significa que han tenido un acceso pequeño a empleo, educación y salud, es decir, lo que engloba el autocuidado. Son personas que no tienen seguro social.

Lo apunta Susana Tito, médica geriatra, docente de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y exsubsecretaria de Atención Intergeneracional/Adulto mayor.

“Sus condiciones de vida son difíciles -recalca- y se hace necesario que tengan el bono”.

En el país, 270 000 adultos mayores cobran cada mes ese subsidio de USD 100. Y otros 75 000 reciben 50, según el Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES).

En el cantón Durán, en Guayas, reside César Cagua, de 66 años. En el barrio era conocido por sus guardias nocturnas. Con su bastón y un silbato recorría la cooperativa Una Sola Fuerza, zona urbanomarginal.

La comunidad reunía entre USD 6 y 7 cada semana para su paga. Ese era su único sustento.

La casa de madera y caña que él mismo construyó en el 2003 es endeble. El frágil piso cruje con cada pisada y entre las hendijas formadas por el deterioro es posible ver el agua negruzca acumulada debajo.

Esas condiciones pesaron en la encuesta socioeconómica que le aplicaron en diciembre, antes de la aprobación de la pensión de USD 50 que otorga el MIES a los adultos mayores que viven en condiciones de pobreza extrema.

Ahora también es parte del programa Mis Mejores Años, que aumentó ese beneficio a USD 100 al mes. “Ha sido un alivio”, dice César, mientras recibe a los técnicos del MIES.

La trabajadora social Tania García llegó hasta allí por referencia de los vecinos. En las visitas, dos al mes, lo guía sobre cómo distribuir sus ingresos, evalúa sus destrezas y a la vez coordina la atención médica con el Ministerio de Salud.

“El apoyo económico es vital, pero vamos más allá, buscando nexos con organizaciones para cubrir más necesidades”, explica Daniel Vásconez, director distrital del MIES en Durán. El pasado miércoles, tras una visita, trataron de ayudarlo a conseguir material de relleno para que su terreno no volviera a inundarse.

María Rudesinda, la habitante de San Antonio, trabajó gran parte de su vida cargando grandes canastas de hortalizas al hombro. Y por eso pensó que los dolores que sentía eran producto de ese pasado. Finalmente le detectaron cáncer en el útero; pasó por sesiones de quimioterapia en Solca.

“Me siento arruinada, era gorda y ahora casi no como; no puedo dormir: me acuesto a las 19:00 y a las 23:00 o 24:00 me despierto y no cierro los ojos”, dice, y llora al recordar que su mamá falleció cuando ella tenía 8 años y se crió con una madrastra. Su papá hacía que ella y sus hermanas se escondieran cuando brigadas de profesores llegaban a la zona.

“¿Para qué quieren aprender? Para escribir cartas”, les repetía insistentemente. Lo cuenta y se entristece, hasta que habla de su sobrino, quien le llama a diario a un celular muy pequeñito que le regaló.

“Una pensión enfocada a los adultos mayores es una medida positiva”. Pero -anota Carlos Larrea- sigue siendo parte de la política de entregar subsidios, que empezó en 1998.

Para el economista y catedrático de la U. Andina, el Gobierno debe mantener medidas de protección social frente a la crisis económica. Pero además, desarrollar políticas que combatan el desempleo y generen opciones al llegar a la edad de esa población.

Susana Tito, geriatra y especialista en esta población, dice que es tiempo de pensar en el futuro. Ahora -señala- Ecuador está en fase de envejecimiento pleno, con solo 7,2% de adultos mayores.

Pero para el 2033 seremos ya un país envejecido, sostiene, y cita un estudio de Cepal y el BID. Por ello cree que hay que actuar para que la población llegue a vieja con salud, actividad cognitiva y patrimonio.

Hace siete años don César enviudó. Y desde hace mucho tiempo no tiene noticias de sus tres hijos. Su salud está tan deteriorada como los cimientos de su casa; un derrame cerebral limitó su movilidad.

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