11 de August de 2009 00:00

Las bases de la ira

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Carlos Alberto Montaner

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El presidente Álvaro Uribe y el Departamento de Estado norteamericano anunciaron la utilización conjunta de siete bases militares colombianas. Inmediatamente, Hugo Chávez, Fidel Castro, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega comenzaron a chillar.

Uribe era un traidor y la presencia militar norteamericana una amenaza para el continente. 

La dosis de cinismo  que encierra este episodio es antológica. Nadie pareció preocuparse cuando Chávez, hace unos meses, dijo que pensaba crear 20 bases militares en Bolivia. Ningún país  denunció su amenaza militar a Honduras tras la brusca remoción del poder de Zelaya.

Súbitamente, se olvidaron las bases soviéticas en Cuba, entre ellas la mayor del planeta dedicada al espionaje electrónico, y los cuarenta mil militares de ese país que llegaron a residir en la Isla durante  la Guerra Fría.

Hay que admitirlo: el antiamericanismo parece ser una pulsión ideológica mucho más fuerte que la preocupación por el destino de una sociedad como la colombiana amenazada por la peor pandilla del mundo. Ningún país latinoamericano jamás le ha ofrecido ayuda en su lucha contra los narcoterroristas de las
FARC o del ELN. 

La verdad es que Uribe tiene que buscar la solidaridad norteamericana porque sus “hermanos” latinoamericanos se la niegan y sus vecinos intentan hundirlo. Y ni siquiera se trata de una actitud nueva. Hace unos años, en tiempos de Pastrana, cuando Washington y Bogotá anunciaron el Plan Colombia para asistir militarmente al país, sus vecinos  protestaron. Les traía sin cuidado que miles de colombianos fueran secuestrados o asesinados por las narcoguerrillas  o por paramilitares.  Lo único que parecía preocuparles era que el conflicto se expandiera, algo que ya había sucedido, pues ésa era  la principal fuente de recursos de las FARC, el ELN y, hoy, los  desbandados paramilitares.

Por supuesto, estos revitalizados vínculos militares entre Estados Unidos y Colombia no están fundados en la solidaridad  sino en una evidente coincidencia de intereses. Para los dos el narcotráfico es un enemigo. Colombia quiere erradicarlo porque es la savia de la que se nutren las guerrillas mientras EE.UU. lo combate, fundamentalmente, porque los carteles de la cocaína ya operan en 209 ciudades norteamericanas y son una amenaza para la seguridad del país.

Es asombroso que las genuinas democracias latinoamericanas se preocupen por la presencia militar norteamericana y no adviertan que los dos grandes peligros para la supervivencia de las libertades en el continente surgen del intervencionista  chavecismo y de las bandas de narcotraficantes, dos fenómenos fuertemente vinculados. Es muy triste que el único aliado real de Colombia sea Estados Unidos, pero así son las cosas. 

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